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15/03/2013 12:19:18

  

Tengo ante los ojos la Protesta de Baraguá,

que es de lo más glorioso de nuestra historia.

José Martí

 Por Mercedes Rodríguez García

En más de una ocasión Fidel lo ha referido: « [...] Algunas veces me han preguntado qué me parecieron esos jóvenes que vi por primera vez en la Sala del Pleno de la Audiencia de Santiago de Cuba cuando se inició el juicio del Moncada y mi respuesta no se ha hecho esperar: Creí que estaba viendo a los mambises».

 

Para entonces el joven abogado debió haber tenido en su cabeza el 10 de octubre de 1868, cuando Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos y —según cuentan— les dijo estas palabras: «Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar su independencia». Por eso él estaba allí, f rente al tribunal inquisidor, junto a sus compañeros de lucha, dispuestos a continuar la gesta iniciada en Yara, pero sin caer en los mismos errores que la llevaron al fracaso.

Bien sabía Fidel —estudioso profundo de Martí y la Historia de Cuba—, que aquella guerra que cobró 10 años «no fue el resultado de una concertación y unión de fuerzas en torno a un proyecto definido y una estrategia de lucha aceptada firmemente por todos», y por ello «careció de un grado de unidad suficientemente alto como para garantizar una estabilidad duradera» de quienes esgrimieron el machete liberador y ensangrentaron la manigua redentora.

Esa mañana del 21 de septiembre esbozaba una nueva estratégica para la liberación definitiva. En un gesto casi simbólico,

Fidel —puños cautivos en alto, protestaba enérgicamente por lo insólito de asumir su propia defensa esposado. La Sala repleta de guardias armados con fusiles y ametralladoras, acababa de presenciar otro gesto de rebeldía e intransigencia del líber rebelde. Como aquel protagonizado por el Titán de Bronce en Mangos de Baraguá, el 15 de marzo de 1878.

En esta oportunidad no se trataba del voluntarismo sublime de un hombre impelido por las circunstancias. Fidel  era el jefe reconocido del un movimiento bien articulado a lo largo y ancho del país. Porque si bien la diversidad de criterios y conceptos estratégicos prevalecientes en los inicios de la revolución encontraron un momento de conciliación en la asamblea constituyente de Guáimaro — allí se alcanzó la unidad entre las fuerzas orientales, camagüeyanas y villaclareñas—  la frágil unidad se lograba a partir de concesiones y compromisos que no resolvían las discrepancias, sino que las postergaban. El gobierno de la revolución nacido en esas deliberaciones resultó inconveniente, inadecuado, y a la larga, un sólido obstáculo para el desarrollo de la revolución que encabezaba.

Fidel —tal vez como pocos de los cubanos de su tiempo—, siempre ha tenido muy clara la necesidad de la unidad entre las fuerzas revolucionarias, unidad que se consolidaría para siempre  en la integración del Partido Comunista de Cuba, «alcanzada en tal alto grado como jamás se logró en la historia de nuestra Patria, esa unidad por la que suspiraron los combatientes durante casi un siglo (...) y que por primera vez nuestra generación logró», como él mismo señalaría.

Para Fidel no habría nunca «soluciones negociadas», ni «diálogo cívico» entre la oposición y el gobierno. Al poder llegaría libre de compromisos «para servir a Cuba en un programa de justicia social, de libertad y democracia, de respeto a las leyes y de reconocimiento a la dignidad plena de todos los cubanos, sin odios mezquinos para nadie, y los que la dirigimos, dispuestos a poner por delante el sacrificio de nuestras vidas, en prenda de nuestras limpias intenciones».

En tal sentido Maceo constituía su paradigma para la lucha, y como él, no cejaría. Los revolucionarios moncadistas conocían  las altas responsabilidades contraídas con la Patria, por lo que no cabía el cansancio, la desesperanza, la falta de fe en la posibilidad del triunfo. Los hombres de la Generación del Centenario, representantes de lo más extraordinario de aquellos años de cruenta lucha, habían jurado ya la defensa de los más sagrados derechos del pueblo y de la Patria.

Nada de «rendición vergonzosa», como calificó sin ambages el Titán de Bronce a aquel documento ominoso, suscrito sin haber sido consultadas todas las fuerzas insurrectas. Ningún argumento lo convenció:

—No estamos de acuerdo con lo pactado en el Zanjón; no creemos que las condiciones allí estipuladas justifiquen la rendición después del rudo batallar por una idea durante diez años, y deseo evitarle la molestia de que continúe sus explicaciones porque aquí no se aceptan.

Como era de esperar Martínez Campos respondió:

—No se puede conceder a Cuba la independencia, General Maceo,  y respecto a la abolición de la esclavitud es cuestión a resolver en las Cortes. Insisto, puedo leerle el texto del convenio, puede que sus muchos de los oficiales que le acompañan no lo conozcan.

Entonces Maceo le interrumpe nuevamente:

—Porque lo conocemos,  no lo aceptamos. Por favor, le ruego no se tome usted la molestia de leerlo.

Antes de marcharse, molesto por su fracaso, Martínez Campos pidió que el cese de las hostilidades se prolongara por un tiempo prudencial. Pero el general santiaguero le contestó:

—Ocho días ya son suficientes.

—Es decir, que no nos entendemos, dijo el español.

—No, no nos entendemos, fue la rotunda respuesta del Titán.

Una criollísima frase del oficial cubano Florencio Duarte selló la entrevista en los momentos en que se retiraba la comitiva española:

—« ¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo!».

El 22 de octubre de 1895, durante la guerra necesaria de Martí, el General Antonio Maceo iniciaba la conocida invasión del Oriente a Occidente cubano. Desde los mismos Mangos de Baraguá partieron las tropas. Combatientes de filas, hombres que salidos del campesinado, de las dotaciones de esclavos, de las ciudades y pueblos, abrazaron la causa de la independencia.

Las manifestaciones estudiantiles, la lucha clandestina, el Moncada, la prisión, el exilio, el Granma, la Sierra Maestra, la contraofensiva rebelde, la invasión a Las Villas, el triunfo del 1º de enero de 1959, dieron continuidad a la hidalga intransigencia maceísta. Y así será también la respuesta de los cubanos a quienes, luego un siglo de luchas, no respetan la independencia de una nación —o la traicionan—. Y será también contra aquellos que,  con sus actitudes egoístas, sus rencillas, su racismo, su indiferencia, sus indisciplinas, su individualismo, ponen en peligro los mayores intereses del pueblo y de la Patria.

Tal y como el reformismo autonomista, con su retórica «modernizadora y posibilista» podía confundir en la primera mitad de los años1880 del siglo XIX, los actuales ideólogos del anexo-reformismo intentan ahora rescribir la historia de Cuba y diseñar su futuro. No se diferencian mucho de sus antecesores. Pertenecen a la estirpe de los que destruyen, no de los que fundan.

Hoy, a 135 años de la Protesta de Baraguá, la unidad revolucionaria de la nación se afianza como nunca antes en una legítima concertación y unión de fuerzas en torno en torno a Fidel y el Partido. Con un proyecto definido y una estrategia de lucha aceptada firmemente por la gran mayoría de sus hijos.

La Protesta de Baraguá, continúa siendo «lo más glorioso de nuestra historia». Cuba, albergue de la esperanza, «cambia todo lo que debe ser cambiado», pero siempre mirando a los mambises, que ya parecen ir galopando por la América bravía. Brazos en alto —sin puños cautivos—, libre de cualquier atadura, asume la humanidad como patria y decide en legítima defensa, en aras de construir una sociedad diferente, más justa y solidaria.

Fuentes consultadas:

1. «Cuba: Las razones de Baraguá», artículo de Enrique Ubieta Gómez. Versión on line: http://www.rebelion.org/hemeroteca/cuba/040317ubieta.htm

2. «El pensamiento vivo de Maceo», José Antonio Portuondo. Ed.Ciencias Sociales, La Habana, 1971.

3. «La Protesta de Baraguá», artículo de Luis Acosta Brehal,  Investigador Agregado del Centro de Estudios Antonio Maceo Grajales. Versión on line: http://www.cultstgo.cult.cu/index.php?option=com_content&task=view&id=781&Itemid=87

4. «La revolución inconclusa: la protesta de los Mangos de Baraguá contra el Pacto del Zanjón», Rolando Rodríguez. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1999.

5. «Las ideas que sostienen el arma. Antonio Maceo». Eduardo Torres Cuevas, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1995