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31/08/2012 19:10:15


Por Mercedes Rodríguez García


El 29 de agosto de 1967 los hombres de la retaguardia, comandada por Vilo Acuña Núñez (Joaquín), salieron al Río Grande. Próximas las dos de la tarde del siguiente día, la agotada columna avanzó por la playa de arena húmeda y acampó a unos 150 metros de la casa de Honorato Rojas. Apremiados por la necesidad de alimentos y de encontrar un lugar seguro, decidieron pedir ayuda al campesino.



En su vivienda Honorato conversaba con Faustino García —sanitario del comando de la octava división del ejército al mando del capitán Mario Vargas Salinas— quien al divisarlos, esconde apresuradamente su fusil. De inmediato el hijo de Honorato parte a avisarles a otros dos soldados que se mantenían a la expectativa de cualquier acercamiento de los guerrilleros. Pronto la noticia llegará a Vargas Salinas.

Sin sospechar del campesino los guerrilleros le entregaron dinero para los víveres, ofreciéndoseles también los servicios del Médico (Freddy Maymura Hurtado) para que atendiera a uno de los «peones» enfermo. Rojas accedió y les brindó ayuda para conducirlos a un lugar seguro con una aguada, al otro lado del río.

Confiados, los guerrilleros pasaron la noche en el almaciguero de la finca. Mientras, el ejército enrumbaba hacia el vado. Armadas hasta los dientes llegaron al amanecer las fuerzas del capitán Vargas, quien ubicó a soldados en las dos orillas del vado denominado de Puerto Mauricio y no del Yeso como hicieron creer.

Se trataba de un paso de piso firme, donde el agua se embala y el río forma una media luna franqueada por peñones de tierra y vegetación de metro y medio de altura, ideal para ocultarse, pero fuera de la jurisdicción de la Octava División a la que pertenecían las fuerzas, según el artículo «La traición acechaba en la maleza», de la periodista cubana Elsa Blaquier Ascano.

De acuerdo con otro relato, esta vez del  escritor, periodista y pedagogo boliviano Víctor Montoya, Honorato les indicó el camino y guió un trecho a los guerrilleros. Pero de pronto, la columna hizo un alto debido a la advertencia de Braulio (Israel Reyes Zayas) de que había muchas pisada por el lugar. «Son mis hijos vigilando a los chanchos», argumentó, vacilante, Honorato.
«Los guerrilleros caminaron un trecho y, antes de que el sol declinara a su ocaso, el campesino se despidió dándoles la mano. Luego se alejó sin volver la mirada, mientras su camisa blanca servía como señal a los soldados agazapados en las márgenes del río, prestas a presionar el dedo en el gatillo», y consumar la traición.
 
Nadie pensó que el Honorato pudiera estar comprometido con las tropas del regimiento Manchego 12 de la Infantería del Ejército. El campesino boliviano había sido apresado dos veces por el ejército y conminado a denunciar a los guerrilleros. Sin embargo, lo que no lograron con maltratos, lo obtuvieron con la oferta hecha por el agente de la CIA Irving Ross: entregarle tres mil dólares y trasladarlo a Estados Unidos con toda la familia. La promesa nunca se materializó.

Solamente Che habría sido capaz de prever la felonía de Honorato, pues ya desde febrero, cuando lo conoció de parada en su casa, pudo calar la  psicología del personaje a quien clasificó «dentro del tipo incapaz de ayudarnos, pero incapaz de prever los peligros que acarrea y por ello potencialmente peligroso», según la narración de Montoya.

La traición de Honorato cobró la muerte de los guerrilleros: Juan Vitalio Acuña Núñez (Joaquín o Vilo), Haydée Tamara Bunke Bider (Tamara), Gustavo Machin Hoed de Beche (Alejandro), Israel Reyes Zayas (Braulio), Apolinar Aquino Quispe (Apolinario o Polo), Walter Arencibia Ayala (Walter), Freddy Maymura Hurtado (Ernesto o Médico), Moisés Guevara Rodríguez (Guevara o Moisés) y Restituto José Cabrera Flores (Negro o Médico).

Sin tomar ninguna medida de precaución —en cuanto al orden de la marcha ni a la exploración de los puntos que dominaban el vado— el grupo se dispuso a efectuar el cruce del río. Braulio caminó golpeando el agua con el machete hasta llegar a la mitad del río, desde donde indicó avanzar.

Braulio caminó golpeando el agua con el machete hasta llegar a la mitad del río, desde donde indicó avanzar. Separados por seis o siete pasos penetraron en el vado Moisés, el Negro, Polo, Ernesto, Alejandro, él, Tania y, por último, cerrando la pequeña columna, Joaquín.

Cuando todos estaban dentro del agua, una avalancha de proyectiles inició la incontenible cacería. Los que no cayeron a las primeras descargas, se dejaron llevar por la corriente o se zambulleron. Joaquín logró regresar a la orilla, pero ahí pereció acribillado. Braulio alcanzó a fulminar con su Browning a un soldado enemigo ocasionando la única baja del ejército.
A lo largo de 600 metros los soldados corrieron por la orilla del río disparando contra cualquier bulto que se movía en la corriente. El cadáver de Tania siguió río abajo y sólo pudo ser recuperado días después. El Médico fue capturado con vida. Pese a las torturas, se negó a responder las demandas de los militares.

Mientras caminaba por la orilla del río para buscar alimento e intentar encontrar ayuda, el Negro chocó con la compañía Toledo de la Cuarta División, desplegada desde el trágico 31 de agosto para apoyar a la Octava División. Sus captores no respetaron el estado en que se encontraba y de inmediato lo asesinaron.

El único sobreviviente de este grupo fue José Castillo Chávez (Paco), uno de los que el Che denominó de la «resaca». Herido lo llevaron hasta Valle Grande. Fue enjuiciado junto a Regis Debray y Ciro Bustos. Fue amnistiado durante el gobierno del general Juan José Torres. Falleció en la Ciudad de La Paz, el 14 de marzo del 2008, de acuerdo con artículo suscrito por los investigadores cubanos Froilán González y Adys Cupull, y publicado en el blog del museo Che Guevara, en Argentina.

Paco actuó para la historia con el título del antihéroe y el Judas. Después de más de 35 años, confesó que «ante la muerte y con la presión y torturas de los militares» identificó los cadáveres de sus compañeros, información que permitió armar el rompecabezas del Ejército boliviano.

A Honorato Rojas, el entonces presidente de Bolivia, general René Barrientos, tratando de ganarse el apoyo de los campesinos en su lucha contra la guerrilla del Che, le entregó cinco hectáreas de tierra cerca de la ciudad de Santa Cruz, donde vivió oculto, lleno de pánico e incapaz de soportar los aullidos de su conciencia. Casi dos años después, el 15 de julio de 1969, el brazo largo de la justicia lo lo alcanza en su guarida y un comando del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia ejecuta la sentencia a muerte dictada contra el campesino traidor.

El capitán Mario Vargas Salinas fue condecorado con galones y promovido a mayor de ejército por su «fulgurante» carrera militar y, al mismo tiempo, declarado «víctima de trastornos psíquicos y pesadillas angustiosas», en las que decía ver a Tania «incorporándose con el fusil en alto, dispuesta a vengar su muerte».
En realidad agosto resultó el «mes más malo» […] en lo que va de guerra», tal y como anotara el Che, quien desde el 17 de abril perdió el contacto con la retaguardia.

En su Diario el  Guerrillero Heroico se refirió varias veces al grupo de Joaquín, pero solo en el resumen correspondiente al mes de septiembre, admitió la posibilidad de que el grupo hubiera sido exterminado.

La pérdida de Vilo Acuña y sus hombres resultó un duro revés para la guerrilla boliviana. Se trataba de luchadores valerosos y competentes, de invariable decisión de combate, de internacionalistas, de probada convicción revolucionaria.

Los restos de Joaquín, Alejandro, Braulio, Moisés, Apolinar, Walter y Ernesto, reposan desde el 8 de octubre de 1999 en el Memorial Comandante Ernesto Che Guevara, de Santa Clara, junto a los de Tania, depositados en su nicho el 30 de diciembre de 1998, y el Negro, el 8 de octubre de 2000.