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07/10/2011 4:58:13 AM

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Finales de septiembre de 1976. En  una mesa del restaurant Tía Pura, de la calle Los Manolos, muy cerca de la Avenida Andrés Bello, de Caracas, cuatro hombres conversan.

 

Uno de ellos, accionando con sus enormes manos, expresa: «Esto hay que estudiarlo muy bien, porque se trata de un golpe muy grande». Otro, el de perfil afilado, subraya: «Yo lo tengo que saber todo al dedillo, no me estén guardando nada. Si mi amigo y yo somos los responsables de la acción, o mejor dicho, de llevarla a la práctica, lo más lógico es que nos lo digan de una vez».

Un mesonero se acerca, y cambian de conversación: «Más cerveza fría», dice el negro fuerte y de pelo envaselinado. Una vez que el empleado se aleja, el comensal de la mancha en el labio, retoma la plática: «… Volviendo a la nuestro, lo mejor es colocar “el regalito” en el mismo lugar donde ustedes se van a sentar, de esa forma nadie podrá decir que los vio en gestiones raras».

El más callado, que parece ser el calculador y más frío del grupo expone su idea: Solo uno de ustedes llevará “el material”, así el otro estará más sereno para chequear cualquier movimiento del enemigo…».

Días después, el 4 de octubre, tiene lugar el último contacto, en una casa de la 5ta. del Este caraqueña. Quien parece el especialista del grupo, indica sacando una cajita de cartón: «Esto es lo más seguro que  existe para lo que queremos hacer; no hay falla posible, tampoco llamará la atención. ¡Esto es lo que nos permitirá dar el golpe con toda la fuerza que debe tener!».

En el atardecer del 5 de octubre solo habrá una reunión formal, apenas una conversación, con tensión y apremio, para ultimar detalles, en el interior de un auto. En el lugar convenido bajan los dos hombres que esa noche abordarían un avión para dirigirse a Trinidad-Tobago. «Ustedes son bueno en esto, demuéstrenlo otra vez», dice a modo de despedida el «experto» de la mancha en el labio.

Al día siguiente el negro fuerte de pelo envaselinado y el de perfil afilado, se acomodan en los asientos del centro del DC-8 de Cubana de Aviación. Los dos hombres parecen ignorar lo que les rodea. El de la piel negra, suda frío. «Cálmate. Voy un momento al baño, fíjate bien, al baño de atrás. Si tú vez que me demoro o ves un movimiento raro, tócame a la puerta; da dos toques, ¿okey?», le advierte el de perfil afilado.

«En unos minutos estaremos llegando al aeropuerto Seawell, de Barbados», se escucha la voz de una azafata, en español e inglés. En ese aeropuerto, se quedarían ambos hombres, llamados en realidad, Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano. Del aeropuerto van a la embajada de Estados Unidos y luego a un hotel, desde donde llaman por teléfono a Caracas. En la capital venezolana donde  esperaban anhelantes  Luis Posada Carriles (su jefe) y Orlando Bosch Ávila.

Luego de la breve escala la nave parte con destino a Jamaica. A bordo van 73 personas, entre ellos los 24 integrantes del equipo juvenil de esgrima de Cuba, ganadores de todas las medallas de oro en el recién finalizado Campeonato Centroamericano y del Caribe de ese deporte, 11 jóvenes guyaneses que viajaban a Cuba para estudiar Medicina, cinco integrantes de una delegación cultural de la República Popular Democrática de Corea, y 10 tripulantes que se encontraban hospedados en Bridgetown, la capital de Barbados, debido a la rotación del personal de la aerolínea cubana.

Todo transcurría dentro de la rutina acostumbrada en un vuelo regular. Nada hacía presumir a sus ocupantes que la muerte se les acercaba minuto a minuto. A las 12 y 23, cuando el capitán del CU-455 se disponía a informar el arribo, a nivel 180, como estaba pautado, un grito de alarma se escapa de su garganta:

—¡Cuidado!

Luego de un fragoroso estallido, el capitán se enfrenta a la situación. Emergencia total. Gritos, llantos, desesperación. Algunos piden calma. Asombro, miedo. Unos se pegan a los otros, juntan sus manos. Ojos desorbitados. Terror. Se  escapan en segundos los sueños, la alegría, la esperanza, las ansias de tierra firme. Abajo, el mar, azulísimo.

La explosión termina de hacer sus estragos. La cinta magnetofónica registra la conversación que mantuviera, en los minutos finales del vuelo, la tripulación del CU-455 con el aeropuerto de Seawell.

—¡Eso es peor! ¡Pégate al agua, Felo! ¡Pégate al agua!

Abajo los turistas, miran atónitos como un avión desciende echando humo y cómo, estremecedoramente, se despeña al mar, con su carga de vida… ¡y de muerte!

Días después la organización contrarrevolucionaria Comandos de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU) se atribuye la responsabilidad de la criminal acción.

El 14 de octubre los restos de los cubanos que pudieron ser rescatados son trasladados a La Habana y expuestos en la base del Monumento situado en la Plaza de la Revolución José Martí.

El pueblo «enérgico y viril», llora.

El crimen todavía permanece impune.

 

Nota: Los hechos narrados se basan en la información que diera en conferencia de prensa la periodista venezolana Alicia Herrera , depositaria de las confesiones que le hicieran Orlando Bosch y Freddy Lugo durante las visitas que, por casi tres años, ella realizó a la cárcel de San Carlos, y que describe en su libro «Pusimos la bomba…¿y qué?»