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15/08/2011 2:38:29 AM

 

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

No existen muchas diferencias sustanciales en lo relativo a la creencia en augurios entre los pobladores de la montaña y los de otros escenarios geográficos de Cuba, aunque las distintas condiciones de vida entre unos y otros habitantes pueden provocar  variaciones al respecto. Como mismo sucede con los refranes.

 

Recuerdo un día que subí sin previo aviso a Picos Blancos, punto bastante elevado del Escambray villaclareño, en busca de una mujer que cultivaba plantas medicinales.  La puerta de su casa estaba abierta, por lo que me limité a dar los buenos días en voz alta antes de traspasar el umbral. Pero me sorprendió por la espalda diciéndome:

«¡Sabía que tendría visita!, ayer andaba un moscón revoloteando por toda la cocina».

Pero ya ese agüero, yo lo conocía.

En otra ocasión, bastante fui a visitar a mi hija a Cordovanal, durante una de las escuelas  al campo. En un improvisado asiento, fuera del albergue, comimos las pizzas que llevaba y, como toda fumadora, después del cafecito, encendí un cigarro y apagué el fósforo soplándolo:

«¡No haga eso que trae mala suerte!», me dijo alguien de la zona, que apilaba unos sacos muy próximos a donde nos encontrábamos, debajo de unos árboles.

Ese vaticinio, no lo conocía.

Subiendo a lomo de mulo una mañana rumbo a Manantiales, hicimos alto a la vera del camino para tomar unas fotos. Sin percatarme en donde ponía los pies en busca del ángulo deseado, pisoteé unos trozos de carbón, al parecer caídos al paso. ¡Qué susto, dios mío! Por poco me lanza al vacío el arriero que me servía de guía:

«¡Quítese de allí rápido!, que pisar carbón le trae mala suerte.»

Ese «anuncio», me resultaba totalmente desconocido. Y así, que si me «exprimo» la memoria de tantos años de quehacer periodístico de oriente a occidente y de norte a sur de esta preciosa Isla, llenaría varias cuartillas con anécdotas similares.

Pero no quiero pasar por alto otros augurios  predominantes en el lomerío escambradeño, como romper un espejo o mirarse en uno que está roto; derramar o botar sal, aceite, pimienta o arroz; tener un cuadro inclinado colgando de la pared, encontrar un alfiler o escuchar el «canto» de la lechuza.  Todos poseen un origen.

Por ejemplo, la pérdida o vertimiento de un producto que en cierto momento era de lujo, muy necesario y muy caro, explica por qué se considera «mal agüero» romper un espejo o botar sal. De igual forma puede comprenderse el carácter de señal negativa que tiene pasar por debajo de una escalera o de un andamio al ser estas acciones peligrosas de por sí.

Igual sucede con el aullido del perro en casa del moribundo, considerado como señal inequívoca de la muerte del mismo, fenómeno que ya se sabe reside en la capacidad de los canes para oler enzimas y hormonas internas del ser humano como ocurre con la adrenalina. De ahí aquello de que el perro «huele el miedo de las personas».

Lo que el perro olfatea es una sustancia resultante de la descomposición de las proteínas, que tiene lugar —además de en los procesos de putrefacción—  en enfermos consumidos por un largo padecimiento que puede comenzar a producirse en «vida» del sujeto agonizante.

En cualquier caso los augurios, como otros muchos aspectos comprendidos dentro del catálogo de supersticiones del pueblo, no carecen de valor cosmovisivo, conceptual, que pretende satisfacer el vacío que la ignorancia —y el temor pueda provocar— deja en la mente y en la acción de la gente sencilla. Aunque, a decir, verdad, no solo los «sencillos» son portadores de tales supersticiones.

Se trata de la luz de los nuevos tiempos. De ahí que este tipo de interpretaciones solo se manifiesta en determinadas condiciones, y aunque  las personas conozcan los agüeros cada vez tienen menor repercusión en la conducta y en el pensamiento, pues ven y llevan vida de forma diferente a la de sus antecesores.

Y por si le ha gustado el tema, aquí les dejo una brevísima muestra de malos y buenos augurios, recogidos  en una investigación  que hiciera en 1983 la zona montañosa del Escambray mi colega profesor de la Universidad Central, Manuel Martínez Casanova, quien les puedo asegurar que en este asunto, sí no cree en lo que escribe.

Por sí o por no, grite «¡solavaya!» si escucha a una lechuza o ve pasar el carro de la funeraria; tire a la basura el espejo roto y cómprese uno nuevo; échele agua a la sal derramada; si no tiene otro camino, renuncie a pasar por debajo de una escalera. Recuerde que más vale precaver que tener que lamentar.

 

Malos:

 

1. Colocar un sombrero o vela encendida sobre la cama 2. Dejar moviéndose un sillón desocupado 3. Pronunciar la palabra «culebra»  4. Caerse una cuchara al piso 5. Dejar colgado el peine de la cabeza  6. Prestar la escoba 7. Clavar de noche 8. Casarse lloviendo 9. Remover las brazas de la candela con un cuchillo 10. Guardar loza rota.

 

Buenos:

 

1. Caerse una cuchara al piso 2. Presencia de hormigas en la casa 3. Encontrar un alfiler 4. Traer encima una piedra imán 5. Quemar cáscara de ajo 6. Echar agua de rosas en los rincones 7. Colgar un alacrán de un hilo 8. Que lo siga constantemente un perro ajeno 9. Soñar con piojos 10.Soñar con que uno mismo está muriendo