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13/08/2011  8:19:04 AM

 

Por Mercedes Rodríguez García 


¿Cómo reciben los cubanos exiliados en Venezuela la noticia de la huida de Fulgencio Batista? ¿Qué sucesos los conmueven y los unen a pocos días del triunfo revolucionario? ¿Por qué  decide Alejo Carpentier regresar a su patria? ¿Cómo influyen en él las palabras pronunciadas por el líder rebelde de 33 años, a quien escucha en su primera alocución, recién llegado a Caracas? Él mismo lo relatará en una novela que se adentra en algunos de los más destacados acontecimientos sociales y políticos del siglo XX, y exalta el vigor colosal de las fuerzas del arte y de la revolución para renovarse y rejuvenecer los procesos históricos.


 

«La Revolución Cubana hizo cristalizar los ideales de los mejores hombres de mi generación, dándome en mis años maduros, una plena conciencia de mi razón de ser».

 

(Alejo Carpentier, en carta a Fidel, 1978)

 

                

Alrededor de las 11 de la mañana del 1º de enero de 1959, las estaciones de radio venezolanas —sin muchos pormenores— reiteran una y otra vez la noticia, y se adelantan a los acontecimientos. «Fulgencio Batista  ha huido de Cuba y Fidel y los chivúos (barbudos) de la Sierra Maestra entrarán hoy mismo a La Habana».

En camiones, autos y en los pocos autobuses que habían salido a las calles ese día, los cubanos residentes en Caracas se dirigen al aeropuerto de Maiquetía. Bajan por centenares hacia el mar y todavía desconocen si existen vuelos hacia la Isla.

Cuenta Alejo Carpentier —residente en la capital venezolana desde 1945— que muchos de los que «cargaban con sus hatos, con sus maletas maltrechas, llevando una mujer dos niños en brazos, no tenían siquiera el dinero suficiente para pagar el pasaje. Y aún así, incluso a pie, iban llegando a la terminal aérea donde les esperaba la noticia de que todos los vuelos estaban suspendidos por tiempo indefinido».

Pero los chivúos no entrarían a La Habana aquella tarde, como lo habían anunciado los locutores. En la prisa que signa la noticia y la competencia por ser los primeros, las informaciones resultaban imprecisas. Se decía, sin embargo, que un piloto venezolano volaría por su cuenta y riesgo, y sin autorización oficial para el despegue.

«En medio de la confusión de las conjeturas —continúa relatando Carpentier— en un ir y venir del bar del primer piso a las butacas de la planta baja, […] el aeropuerto se fue poblando de durmientes ovillados en el piso, al pie de las paredes».

Mientras, enormes aviones internacionales despegaban uno tras otro con destinos diversos: Río de Janeiro, París, New York, «con su siempre renovado vaivén de aeromozas», vestidas de rojo las francesas; medio a lo cowgirls si eran de Texas; «tan elegantes como desabridas» si eran de la British Air Lines. «Detrás de las pistas, en la claridad enorme del primer sol de enero, el Peñón de Cabo Blanco cobraba una fulgencia de cristal de roca. Hoscas, obscuras, harto cubiertas de hojarascas peligrosas se hacían las montañas».

Pero arriba, en la ciudad, «tremendamente despierta», reinaba el clamor de miles de manifestantes saliendo a las avenidas y bulevares. De acuerdo con la descripción que hace Carpentier  en La consagración de la primavera, en mayor número del que él hubiese creído posible. Con brazaletes rojinegros del Movimiento 26 de Julio, «la gente solidaria en la alegría, celebraba con grandes aplausos».

Refiere el autor que todo el día se lo pasó de un lado a otro de la populosa ciudad «viendo pasar automóviles cubiertos de banderolas, oyendo sonar por primera vez al aire libre el Himno del 26 de Julio, hasta hoy clandestino y secreto en Cuba, y que aquí habían aprendido muchos, en música y letra, por boca de refugiados […].»

En días sucesivos, la prensa escrita, la televisión y los noticieros cinematográficos ofrecen con detalles el avance de la caravana rebelde hacia la capital cubana. Las imágenes son impactantes, y Alejo Carpentier las califica de «espejismo, cosa de conseja y romance».

 

EL IMPRESIONANTE ORADOR  ROMPE «EL SILENCIO»

 

El 23 de enero Fidel viaja a Caracas por primera vez para agradecer la solidaridad de la República de Bolívar contra la satrapía de Batista. Cuenta Carpentier que llegó escoltado por la multitud que fue a esperarlo al aeropuerto de Maiquetía, lo obligó a detenerse varias veces y a hablarle en el camino hacia la capital venezolana.

«Ha llegado acompañado de algunos de esos hombres nuevos, algo taciturnos, de andar un tanto campesino. […]  y que al parecer, ante la muchedumbre fueron alzados en hombros y llevados en triunfo».

Desde un balcón que domina la enorme extensión repleta de gentes, Fidel habla a la multitud. Carpentier, reclinado sobre una columna de la plaza El Silencio, escucha su voz «neta, clara, algo metálica a veces, que me llega a través de los zumbidos intermitentes de una brisa, venida de la montaña, que por momentos se le cuela en los micrófonos».

Las premisas del pensamiento de Fidel ya le son conocidas, y habrá de exponerlas «con el tacto del huésped que en modo alguno pretende dar lecciones fuera de su casa ni erguirse en ejemplo, cuando sabemos todos que es acaso el único en América de hoy que, por su acción victoriosa, podría precisamente presentarse como ejemplo y dar muchas lecciones fuera de su casa».

Mas, le sorprende el estilo —para él insólito— de la oratoria del líder, «desprovista de toda retórica, donde el habla llana y directa, muy cubana siempre, no se exime, sin embargo, de una corrección gramatical ignorante de las viciosas apócopes y perezas de articulación que harto a menudo afean el habla nuestra sin añadirle gracia».

«A veces se va del tema —señala—,  pasa de lo esencial a lo accesorio, se nos escapa, se sale del propio razonamiento, y cuando creemos que se ha extraviado, dejándose arrastrar por una sucesión de ideas secundarias harto presurosas en salir, con inesperada elipsis regresa a su tema primero, cerrando lo que fue en realidad un paréntesis necesario para llevar adelante el razonamiento central. […]  Lejos estamos aquí de los rugientes tenores de la tribuna, con muchos trémulos y poco mensaje, que tanto habían proliferado en este continente».

Carpentier se siente impresionado por el orador. Tanto, que la idea de regresar lo más pronto a Cuba comienza a rondarle mientras camina hacia La Pilarica, donde espera que se despejen un poco las vías hacia el este de la ciudad. Y es ahí, en la grata taberna española, saboreando lentamente un licor blanco aragonés, especialidad de la casa, donde se sintió «terriblemente solo, solo ante lo visto y oído, solo ante una realidad histórica que directamente me concernía».

Agobiado por una evidencia debida a su imaginación, Carpentier se recriminaba por no haber «actuado, combatido, sufrido, caído, vencido junto a los chivúos de la Sierra Maestra». El licor le extirpaba el pensamiento y los reproches le hincaban como dagas. 

«Nadie podría negar que en algo había ayudado, consiguiendo lugares donde pudiesen celebrarse reuniones clandestinas, llevando y trayendo documentos, prestando ayuda económica, ocultando a un herido. Pero, en un momento dado me había apendejado, esa era la verdad. Había huido del país por temor a persecuciones imaginarias. Y acaso no tan imaginarias», pensaba ahora dando marcha atrás en el tiempo.

Por más que trataba de justificarse ante su conciencia, «debía admitir que un verdadero revolucionario habría procedido de distinta manera», y él «no pasaba de ser un burgués metido a conspirador —asunto de carbonario o «laborante»— extraviado en este siglo».

En adelante comenzaron a atacarle «lacerantes deseos» de volver a Cuba.

¿Qué le retenía? El contrato con una empresa venezolana «que había depositado en mí la mayor confianza», y también su amada amiga Irene, quien trataba a toda costa de aplazar su partida «con llamados a la cautela que afincaba en ejemplos tomados a la historia del Continente», de caudillos y presidentes que una vez en el poder «dejaban de ser hombres cualquieras para transformarse en vestidos/investidos»:

—Mira, valenzón, toda la gente nueva que llega al poder en estos fregados países, empieza siempre con magníficas intenciones: que si la honradez, que si la autoridad, que si el saneamiento de la hacienda pública, que si la decencia, la disciplina… El poder tiene sus servidumbres y el protocolo vence la resistencia. Sube las cuentas de sus trajes, chaqué, smoking, frac, mancuernas de oro; el automóvil para la esposa, el automóvil para llevar los niños al colegio, la quinta para la mamacita y las cuentas en bancos suizos… ¡La Gran Vaina, te digo, La Gran Vaina!

Pero el curso de los acontecimientos en la Isla le decía a Carpentier todo lo contrario: reforma agraria, nacionalización de empresas norteamericanas… Y otra vez Irene:

—¡Puro optimismo, valenzón!... El mucho optimismo es peligroso. Me parece que se están ustedes pasando de maracas… No están ya jugando con el fuego, están jugando con el Águila, y eso no lo aguantarán los musiús del Norte. Ya veo a los marines bailando en Tropicana, emborrachándose en El Floridita y trayendo otra vez sus ruletas, su póquer y sus dados…

Concluidos los trabajos de urbanización escalonada sobre áridos cerros, nada lo retendría. Ni el amor. «Yo estaba más que regustado ya de los frescos racimos, capulíes y pomarrosas de la isla Ogigia con música de Brahms en que Irene había tenido el arte de ofrecerme una grata vida afectiva, sin tormentos ni sturm und drang…»

Ese mismo año, después de despedirse de los amigos venezolanos, Alejo Carpentier dijo adiós «a la inteligencia y al cuerpo» de su amiga. A la mañana siguiente, voló a La Habana en un Constellation de la Aeropostal. «Yo estaba resuelto a mudar de piel y comenzar una existencia nueva».