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21/06/2011 1:11:07

 

Por Mercedes Rodríguez García


Todo es del color del cristal con que se mire y también, de las circunstancias.  Para los productores, comercializadores —y por supuesto— bebedores, el café resulta la bebida maravillosa, el néctar del paraíso. Contiene tanto sustancias potencialmente benéficas como dañinas para la salud, pero eso dependerá de la persona en cuestión. Si usted bebe ron en exceso, se emborracha; si lo dosifica como tónico, activa la circulación; si no come proteínas, no desarrollará ni cerebro ni músculo; si la ingiere por toneladas, terminará padeciendo gota. 

 

Nací en el seno de una familia numerosa.  Cuando me sentaron a la mesa por primera vez éramos catorce parientes directos de la rama paterna, y mi mamá, mis primos y hermano. Pertenecíamos a eso que llamaban clase media y, excepto mis abuelos, todos trabajaban. Nada sobraba, pero nada faltaba allá por los años 50. Todos tomábamos café, tres veces al día, en tacitas y acabadito de colar. Solamente mis abuelos, ya octogenarios, murieron en los años 60. Mi papá y sus hermanas, finalizando el siglo XX, también con más de 80. Mi mamá, vive, deambula, come de todo, no le duele nada, y no le falta en su bolso un pomo con café. Ya cumplió 85 años. 

Con esto digo poco y sugiero mucho. Claro, me confieso una incondicional defensora del café, sea o no sea mezclado, aunque lo prefiero sin ningún tipo de «añadiduras» inventadas por la necesidad, que ya lo dice el refrán «hace parir jimaguas». Y yo existo, luego pienso y saco mis propias conclusiones, como dice el colega Reynaldo Taladrid, en su popular espacio televisivo «Pasaje a lo desconocido», y en el cual hace poco presentó un documental para promover las «maldades» del café.   

Pero el café es también una bebida que une, una especie de facilitador a la camaradería. Inspira, despierta las neuronas, lo mantiene animoso, jovial y dispone al trabajo. 

Las conversaciones alrededor de una taza de café, constituyen un fenómeno cultural de cual muchos no se han percatado, desde la aristocracia, hasta el campesino más humilde, encuentran un ambiente agradable, gracias a esta bebida. Todavía recuerdo aquellas mañanas y tardes cuando, antes de entrar a clases, echábamos nuestra «platiquita» profesores de todas las especialidades. En una u otra facultad, acudíamos contentos a saborear apenas una onza de aquel café, declarado luego «producto ilegal», bajo no sé qué ley o qué (in)sanas razones. 

Ignoro cuántas novelas, cuentos, poemas y demás obras narrativas de famosos escritores y poetas, hace alusión al café. Mas, en innumerables ocasiones, la literatura, el arte, la política, e incluso la ciencia de los dos últimos siglos, han nacido y se han desarrollado alrededor aroma de un café. 

Es la bebida más universal que se conoce, por supuesto, luego del agua. Así que los dejo para que disfruten, no un taza del mejor café (¡qué ojalá lo tuviera  esta hora) sino una selección de referencias literarias en las que se menciona a ese mágico, divino, carísimo y exquisito néctar, que disfruto desde niña y espero me siga estimulando para seguir viviendo… ¡Sin excesos ni defectos! 

 

Miguel de Unamuno (Por tierras de Portugal y de España) 

 

Bajamos a  Huarte Araquil, a trechos por atajos, siguiendo los postes del teléfono. Porque si aun no han llegado allá ni la carretera ni el café, ha llegado, en cambio, el teléfono, como sucede en Aránzazu. Hay que vivir prevenido. Un mal camino y un buen teléfono son dos grandes elementos de defensa. ¡Qué bien sabía don Miguel discernir entre los adelantos profanos del siglo! De seguro que D. Teodosio, si resucitase, aprobaría lo del teléfono y se mostraría conforme con la proscripción de la carretera. En lo que cabe duda es en lo que diría del café. [Capítulo «San Miguel de Excelsis»] 

 

Azorín (Visión de España)

 

Pero todo esto, ¡ay!, pertenece al pasado. Hoy Prudencio García vive en París. Le permiten que viva recogido de caridad en una buhardilla de la calle de los Frailes, o sea, des Mathurins. Con diez francos que le dan por su misa diaria, en la próxima parroquia de San Luis de Antín, detrás de los almacenes de La Primavera, atiende Prudencio a su mantenimiento. Por las mañanas toma un tazón de café con leche, y a mediodía, como prandio indefectible —prandio diría él, del latín—, come un buen trozo de esponjoso pan con unos dátiles, unos higos o una manzana. Y está fuerte con esta sobriedad. En España se daba grandes caminatas, y aquí en París se recorre toda la ciudad en el caballito de San Francisco. [Un loco en la Sorbona] 
 

 

Gabriel García Márquez (Cien años de soledad)

 

El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: «Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche».  [Capítulo 3] 

Una tarde, al principio de su gobierno, Arcadio fue a visitarlos de un modo intempestivo. No lo veían desde que abandonaron la casa, pero se mostró tan cariñoso y familiar que lo invitaron a compartir el guisado. Sólo cuando tomaban el café, reveló Arcadio el motivo de su visita: había recibido una denuncia contra José Arcadio». [Capítulo 5] 

 

Mario Vargas Llosa (La ciudad y los perros)

 

—Ha llegado un telegrama para ti, Gamboa.

Lo abrió y lo leyó rápidamente. Luego lo guardó en su bolsillo. Se sentó en la banca —los soldados se pusieron de pie y lo dejaron solo— y quedó inmóvil, con la mirada perdida.

El teniente indicó a uno de los soldados que preparara café y preguntó a Gamboa si quería una taza; este asintió. Un momento después, el Jaguar apareció en la puerta de la Prevención. Gamboa bebió el café de un solo trago y se incorporó.

-El cadete va a salir conmigo un momento —dijo al oficial de guardia—. Tiene permiso del capitán. [Epílogo]

 

Julio Cortázar (Rayuela)

 

—¿Cómo vas a hacer el café en la oscuridad? 

—No sé— dijo la Maga, removiendo unas tazas. Antes había un poco de luz. 
—Encendé, Ronald-dijo Oliveira. Está ahí debajo de tu silla. Tenés que hacer girar la pantalla, es el sistema clásico. 
—Todo esto es idiota— dijo Ronald, sin que nadie supiera si se refería a la manera de encender la lámpara. La luz se llevó las esferas violetas, y a Oliveira le empezó a gustar más el cigarrillo. Ahora se estaba realmente bien, hacía calor, iban a tomar café
—Acércate aquí— le dijo Oliveira a Ronald. Vas a estar mejor que en esa silla, tiene una especie de pico en el medio que se clava en el culo. Wong la incluiría en su colección pekinesa, estoy seguro. 
—Estoy muy bien aquí— dijo Ronald— aunque se preste a malentendidos. 
—Estás muy mal. Vení. Y a ver si ese café marcha de una vez. 
—Qué machito está esta noche—dijo Babs—. ¿Siempre es así con vos? 
—Casi siempre —dijo la Maga sin mirarlo—. Ayúdame a secar esta bandeja. 
Oliveira esperó a que Babs iniciara los imaginables comentarios sobre la tarea de hacer café, y cuando Ronald le bajó la silla y se puso a lo sastre cerca de él, le dijo unas palabras al oído. Escuchándolos, Gregorovius intervenía en la conversación sobre el café, y la réplica de Ronald se perdió en el elogio del moka y la decadencia del arte de prepararlo. Después Ronald volvió a subirse a su silla a tiempo de tomar la taza que le alcanzaba la Maga. Empezaron a golpear suavemente en el cielo raso, dos, tres veces. Gregorovius se estremeció y tragó el café de golpe.

 

Juan Carlos Onetti (El astillero)

 

Tomó el aperitivo en el mostrador del Berna, persiguiendo calmoso los ojos del patrón hasta obtener un silencioso reconocimiento. Almorzó allí, solitario y rodeado por las camisas a cuadros de los camioneros. (Ahora éstos disputaban al ferrocarril las cargas hasta El Rosario y los pueblos litorales del norte; parecían haber sido paridos así, robustos, veinteañeros, gritones y sin pasado, junto con el camino de macadam inaugurado unos meses atrás). Se cambió después a una mesa próxima a la puerta y a la ventana para tomar el café con gotas. [Capítulo «Santa María I»]

 

Jorge Luis Borges (Dichos)

 

Yo me acuerdo que hace años, cuando todavía no existían los bares automáticos, íbamos con Xul Solar a uno que quedaba en Córdoba y Callao. A Xul le gustaba experimentar y como era un inventor nato, y había inventado cosas espléndidas, trataba de hallar combinaciones posibles entre los alimentos. Así, llegó a mezclar café negro con salsa de tomate (verdaderamente repugnante) o sardinas con chocolate (atroz). Probábamos juntos esas mezclas y él mismo comprendía que eran incompatibles los elementos mezclados. Yo creo que las buenas combinaciones ya fueron inventadas y que nada podrá superar al café con leche (su inventor debe haber sido un ser excepcional) que es riquísimo y que es la combinación por excelencia.

 

Ernesto Sábato (Sobre héroes y tumbas)

 

Pero no iba a ser por aquella grieta que habría de resquebrajarse el trabajoso edificio. Esa noche mi cabeza era un tumulto: sentía que el momento decisivo se aproximaba. Al otro día, como de costumbre, pero ahora con mayor nerviosidad, me instalé desde temprano en mi observatorio. Tomé mi café con leche y desplegué el diario, pero en realidad no quitaba los ojos al número 57. Tenía ya una notable habilidad para este doble juego. [Informe sobre ciegos, cap. XVI] 

 

Cesar Vallejo (Poemas Humanos)

 

Hoy me gusta la vida mucho menos,

pero siempre me gusta vivir; ya lo decía.

Casi toqué la parte de mi todo y me contuve

con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

 

Hoy me palpo el mentón en retirada

y en estos momentáneos pantalones yo me digo:

¡Tanta vida y jamás!

¡Tantos años y siempre mis semanas!...

Mis padres enterrados con su piedra

y su triste estirón que no ha acabado;

de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,

y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

 

Me gusta la vida enormemente

pero, desde luego,

con mi muerte querida y mi café

y viendo los castaños frondosos de París

y diciendo:

Es un ojo éste, aquel; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:

¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!

¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

 

Dije chaleco, dije

todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.

Que es verdad que sufrí en aquel hospital que estaba al lado

y está bien y está mal haber mirado

de abajo para arriba mi organismo.

 

Me gustaría vivir siempre, así fuese de barriga,

porque, como iba diciendo y lo repito,

¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,

y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!

[Hoy me gusta la vida mucho menos]

 

 

Enlaces a otras referencias al café en la literatura