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31/03/2011 1:20:00

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Una mañana, frente a la bodega donde compro, dos pequeñas de unos siete años jugaban a los escondidos. Para ver quién salía a buscar  a quién, chocaban palmas alternativamente al ritmo que tarareaban una cantinela tan ¿elocuente? que me hicieron interrumpirle el pasatiempo y comprobar, preguntándoles, si conocían el significado del grosero verbo final.

 

La acción —denominada por ellas «piteo»— de alguna manera me recordó la añeja e ingenua tonadilla «un chi-no ca- yóenun po-zo,  las tri-pasehicie-rona-gua…». Pero no, el repiqueteo nada tenía de candoroso: «…uno, dos, tres, cuatro, cinco… cuántas veces yo te s… «¡Oh, qué palabra tan fea en boca de niñas tan lindas!», les dije. Y se echaron a reír socarronamente, lo cual me hizo pensar que sí conocían el significado del término.

Como no tendría que variar el rumbo me llegué al trabajo de la madre de una, y le conté. Me informó luego que habló con la hija y la regañó enérgicamente. De vuelta a casa localicé a la abuela de la otra niña. Repetí la historia y la señora, perpleja, me respondió que esas cosas las «aprendía» en la escuela, que en la casa nadie hablaba malo y que no podía creer lo que yo le estaba contando.

Se trata de un solo ejemplo de cuánto «aprenden» los menores —y no tan menores—cuando no son «vigilados de cerca» por sus padres o familiares. Bien porque «le juegan la cabeza»  diciéndole que están en casa de un amiguito, o porque aquéllos los mandan a jugar «por ahí» con toda intención: para que los dejen ¿dormir? tranquilos el mediodía o ver la novela plácidamente, por la noche.

En mi edificio estas muestras de despreocupación absoluta no tienen ni edad ni fecha en el calendario, como dice una canción. Van desde la «bullita» de dos o tres niñas y niños detrás de su mascota canina , al escandaloso galanteo de media decena de adolescentes tras algunas muchachitas ¿escapadas? de mamá, «jugando a los escondidos» debajo de las escaleras, entre los pisos.

¡Y no salga usted a regañarlos sino quiere escuchar un sonado «váyase al c… vieja loca! O una sarta de palabrotas que le incitan los oídos  hasta el más profundo de los hipoacúsicos.

Tengo otras anécdotas dramáticas como la caída de un pequeño de cuatro años por el foso del elevador, accidentes en bicicletas arrastradas por camiones y quemaduras  al tratar de explotar improvisados voladores. En todos los casos —incluyendo una intoxicación con metanol—,  los padres ignoraban que sus hijos «anduvieran por ahí haciendo tales cosas».

Pero es el caso de las malas palabras, los juegos en lugares y horas inapropiados, la falta de respeto a los mayores, lo que evidencia cuánto nos falta a los cubanos en materia de convivencia social.

Para tener una convivencia lo más pacífica posible deberíamos procurar no molestar con ruidos —sobre todo por la noche—, a los vecinos. Los buenos modales existen, y no constituyen solamente normas de «protocolo burgués», como me echó en cara un amigo de mi hijo al reprobarle por teléfono que antes de preguntar por éste o dejarle un recado se identificara  y diera los buenos días.

Cuando se vive en comunidad hay que respetar las normas y cumplir ciertas obligaciones para que todo funcione correctamente. La tolerancia, la flexibilidad en exceso, no nos convierte en mejores padres o tutores. Si la persuasión no funciona, no vendría mal la reprimenda, aunque lo mejor sería evitarla educando a nuestros hijos para la vida, que es mucho más que alcanzar un título en la Universidad. Hacen falta también lecciones de Moral, Virtud y Urbanidad.

Somos —y nadie puede negarlo— un pueblo instruido, pero falta educación y cultura, que es mucho más que saber de arte y literatura. Las urgencias cotidianas no pueden convertirnos en ciudadanos descuidados, indiferentes o indolentes.  Los costos del desenfreno son altos… Para las familias y para la sociedad.