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23/01/2011 20:53:00

                      

(Traducción: Jairo Echeverri García, Coordinador editorial, FNPI) 

Después de que cientos de industrias «puntocom» cayeron en bancarrota entre el año 2000 y 2002, toda la charla efusiva acerca de la revolución informativa pasó de moda. Pero la transformación social en curso —no hay ninguna duda de que efectivamente hay una en curso está desintegrando a los viejos monopolios de comunicación y poder y creando nuevas posibilidades para la libre expresión y políticas democráticas.

Como en cualquier trastorno, algunos efectos son impredecibles y no todos son positivos. El hecho de que lo bueno y lo malo a menudo están entrelazados es tal vez lo más confuso. Al incrementar ampliamente las opciones de información y entretenimiento, el internet ha extendido el proceso que ya había comenzado cuando las compañías de televisión por cable incrementaron el número de canales de televisión.

Si el científico político Markus Prior tiene la razón, esa expansión de la elección es responsable en parte por una de las tendencias más preocupantes en la vida norteamericana: atención disminuida hacía las noticias y participación reducida en la vida cívica entre una parte significativa del público.

Como nos recuerda Prior en su libro PostBroadcast Democracy, en las épocas iniciales de la televisión (y hasta 1970), los tres canales tenían virtualmente a un público cautivo cuando transmitían las noticias de la tarde a la misma hora. Aunque muchas de la personas llegando a casa desde el trabajo hubieran preferido

canales de entretenimiento, aprendían algo acerca de política y asuntos mundiales al ver las noticias nacionales con Walter Cronkite o Chet Huntley y David Brinkley.

Sin embargo, a medida que se desarrollaron la televisión por cable y eventualmente la satelital, los televidentes tenían más posibilidad de hacer elecciones más acordes con sus preferencias. De acuerdo a Prior, un grupo grande —tal vez tres de cada 10 televidentes— cambió las noticias por programas de entretenimiento. Un grupo más pequeño —tal vez uno de cada 10— empezó a ver más noticias y discusiones políticas ahora que tenían acceso a Fox News, CNN y MSNBC. Los datos de Prior muestran que ha habido una gran discrepancia en los conocimientos políticos entre aquellos que abandonaron las noticias y aquellos aficionados a ellas.

Además, el carácter del público cambió. Los televidentes que renunciaron a las noticias por el entretenimiento tendían a tener poca o ninguna relación con los partidos políticos, mientras que los aficionados a las noticias tendían a ser fuertes partidarios —la audiencia de las noticias se ha vuelto más partidaria de lo que solía ser—. Los programas de noticias por cable con fuertes inclinaciones ideológicas han respondido a este cambio y tal vez contribuido a él.

El declive de los diarios y el crecimiento de internet como fuente de noticias pueden tener un impacto parecido. Por una parte, es probable que haya menos aprendizaje incidental entre las personas con bajo interés político.

Como los televidentes orientados hacia el entretenimiento que aprendían del mundo por no tener otra alternativa además de sentarse a ver las noticias de los canales nacionales, muchos que han comprado el diario por los deportes, las recetas, las tiras cómicas o los crucigramas han, en todo caso, aprendido algo del mundo al ojear por lo menos la portada. Haciendo un contraste con el internet, sus usuarios no ven necesariamente lo que sería noticia de primera plana del diario de su ciudad y por eso es probable que estén menos informados acerca de noticias de la política a medida que la lectura de los diarios impresos decae.

Por otra parte, así como más televidentes partidistas tienen más opciones en la televisión por cable que en las cadenas nacionales, también tienen más para leer y discutir «en línea» que en el diario típico local. Como resultado, en la medida en que el internet reemplace a los diarios como fuente de noticias, puede sumarle a las tendencias que Prior ha identificado: mayores disparidades de conocimiento entre los que abandonaron las noticias y aquellos aficionados a ellas, así como más polarización ideológica en el público atento a las noticias y los medios noticiosos mismos. Hay otras perspectivas.

Como argumenta Yochai Benkler en su brillante libro The Wealth of Networks: How Social Production Transforms Markets and Freedom, la nueva «economía de información en redes» tiene algunas ventajas críticas para realizar valores democráticos. El viejo modelo industrial de los medios masivos requería grandes inversiones de capital y otorgaba, a una relativamente pequeña cantidad de gente, una plataforma para hablar al público.

Ahora los menores costos de computadoras y la comunicación han «puesto los recursos materiales de la información y la producción cultural en manos de una fracción significante de la población mundial. Alrededor de un billón de personas alrededor del globo». En lugar de limitarse a un papel pasivo, la gente común y corriente puede hablar con los medios de comunicación o eludirlos por completo y entrar en una conversación pública.

Desde el punto de vista de Benkler, la esfera pública también está desarrollando mecanismos para filtrar la información y crear más confiabilidad y relevancia al organizarla en rutas de navegación más fáciles y elevarla a mejores niveles de debate público. Todo esto es contrario a críticos que se han preocupado de que el internet se convirtiera en una Babel caótica o en un sistema polarizado de «cámaras de eco». (como Cass Sunstein argumentaba en su libro Republic.com).

A diferencia de los viejos medios masivos, el nuevo entorno digital facilita una acción individual y cooperativa descentralizada, a menudo organizada en forma abierta y voluntaria. Benkler invierte una gran cantidad de esperanza en este tipo de producción colaborativa que ha generado nuevos medios sociales como Wikipedia, que sorprendentemente, a pesar de ser una enciclopedia, también se ha convertido en un importante medio de noticias por lo rápido que es actualizado. Por supuesto, muchas de estas innovaciones son bendiciones mixtas: ahora la gente puede compartir tanto su desinformación como su sabiduría.

Las cadenas de correos electrónicos, Twitter y sitios de redes sociales pueden servir para esparcir rumores y malicia a través de canales ocultos de la opinión pública y al margen de las críticas. Benkler tiene la razón acerca de las muchas ganancias importantes por las nuevas tecnologías, pero no balancea adecuadamente las ganancias con respecto a las pérdidas que la economía de redes emergente está trayendo.

Entre ellos los problemas que Prior identifica tales como la disminución del porcentaje de la población haciéndole seguimiento a las noticias, y tal vez más importante aún, el daño a las instituciones del periodismo profesional. Hasta hace poco el internet parecía ser primordialmente aditivo, agrandando las oportunidades para la auto expresión y el debate público.

Al mismo tiempo los diarios y otros viejos medios continuaron llevando a cabo sus antiguas funciones como financiar la gran cantidad de reportajes originales para el público. La hipótesis de una complementariedad feliz se acabó. Al suspender el rol de los diarios como intermediarios en el mercado local, el internet ha socavado los fundamentos económicos de la prensa. No hay duda de que esto es una ganancia en eficiencia porque los anunciantes ya no tienen que pagar precios de monopolio a los diarios. Ahora pueden usar alternativas más baratas como anuncios gratis en Craigslist.

Pero también hay un costo para los valores democráticos. Mientras los diarios pierden su habilidad de llevar a cabo subvenciones cruzadas para el periodismo de servicio público, los exuberantes beneficios que les permitían producir noticias como un bien público están desapareciendo. Las noticias distribuidas a las audiencias son un bien público en dos aspectos.

En primer lugar, desde un punto de vista político, las noticias contribuyen al buen funcionamiento de la sociedad en la medida que posibilitan al público controlar el desempeño del gobierno y otras instituciones. En segundo lugar, las noticias son un bien público desde el sentido en el cual los economistas usan ese concepto. Cuando alguien consume una caja de chocolates, nadie más la puede consumir, pero no es lo mismo con las noticias. Las noticias en realidad nunca se «consumen» y es por eso que cualquiera puede pasar las noticias a aquellos que no han pagado por ellas. En el entorno digital, la información es pasada tan fácil e instantáneamente que las noticias son, de una forma u otra, hoy más que nunca, un bien público. —Los derechos de autor protegen sólo la forma de expresión, no la información en si—. Los mercados producen los bienes públicos por debajo de los niveles de demanda porque los incentivos privados no alcanzan para producir la misma cantidad de bienes que habría si los usuarios pudieran pagar el costo real de esos bienes.

Sin embargo, por mucho tiempo y gracias en gran parte a su rol como intermediarios en el mercado, los diarios han sido capaces de producir este bien público particular —información confiable, necesaria para hacer exigir la responsabilidad del gobierno— sobre una base comercial. Sin embargo, esa forma de evadir el problema de financiar las noticias para el público está llegando a su fin.

Las redes colaborativas del internet que celebra Benkler representan una manera alternativa de producir información como un bien público. Antes de que fuera creada Wikipedia, nadie supuso que funcionaría tan bien como lo ha hecho. No obstante, tiene limitaciones severas como fuente de información. Sus entradas, incluyendo noticias, están re escritas de otras fuentes y no pretende ofrecer investigaciones o reportajes originales.

Las blogosferas y agregadores de noticias también son altamente parasitarias: se alimentan de los medios noticiosos convencionales. Los periodistas ciudadanos contribuyen con reportes de las escenas de eventos remotos, pero estos reportes pueden sólo ser la propaganda de partes interesadas.

Las redes voluntarias no pueden duplicar fácilmente ciertas ventajas críticas que los medios ejecutados profesionalmente y a gran escala han tenido; por ejemplo, los recursos financieros para invertir en reporteros y editores entrenados, asignarlos a áreas de especialización y largos proyectos, y un sistema bien establecido de normas profesionales que han sido fuente de motivación concienzuda y moderación en el reportaje de las noticias.

Los nuevos medios sociales aportan valor cuando son un suplemento del periodismo profesional. En la medida que lo usurpe, el frenesí del rumor y la malicia será más difícil de controlar. Hace aproximadamente un siglo en su libro Liberty and the News, Walter Lippman escribió:

«La noticia del día mientras llega a la oficina de prensa es una increíble mezcla de hechos, propaganda, rumores, sospechas, indicios, esperanzas y temores. La tarea de seleccionar y ordenar esas noticias es uno de los oficios verdaderamente sagrados en una democracia. Los diarios son la Biblia de la democracia con toda literalidad, el libro por el cual las personas determinan su conducta. Es el único libro serio que la mayoría de las personas lee y el único que leen cada día».

Por supuesto, los días en los cuales cualquiera hubiera afirmado que los diarios son la Biblia de la democracia o que sus editores cumplen un papel sacerdotal se han desvanecido. Pero el trabajo de separar los hechos de los rumores permanece igual de vital que siempre. Aunque el periodismo pueda estar perdiendo sus fundamentos económicos, no ha perdido su razón de ser.

*Paul Starr es profesor de comunicaciones y asuntos públicos en el Woodrow Wilson School en la Universidad de Princeton. Su más reciente libro se titula Freedom’s Power (Editorial Basic Books).