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Por Mercedes Rodríguez García

21/11/2010 12:12:48

Con el repugnante crimen del alfabetizador y su alumno, los enemigos de Cuba pretendían frenar el éxito incontenible de la Campaña de Alfabetización, que concluyó el 22 de diciembre de ese mismo año en la Plaza de la Revolución, con el histórico discurso en el que el Comandante en Jefe Fidel Castro declaró a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo.

Era mi décimo cumpleaños y esperábamos que llegara la tía Olga para la sencilla fiesta a la que nada más asistiría la grey de la cuadra, pues las «cosas no andaban ni regular», única explicación que siguió a la sugerencia de mi abuela: «solamente el cake, una o dos cajas de Coca Cola y algún juego «para que se llenen la barriga y se acuesten a dormir temprano.»

Y así mismo fue. El cumpleaños quedó malísimo. Primero, no asistió casi nadie, y segundo, mi tía Olga no llegó con las cadenetas y los lápices  de colores y gomas de borrar que nos había ofrecido para los ganadores de «ponerle del rabo al burro». De ella supimos, pasada la celebración, por un telegrama recibido: «No puedo ir, anoche mataron a un brigadista y a un campesino muy cerca de donde estoy. Acuartelados todos los maestros.»

En realidad la abuela tenía toda la razón del mundo. Aquel triste domingo 26 de noviembre de 1961, fue asesinado el alfabetizador Manuel Ascunce Domenech  junto con su alumno campesino, Pedro Lantigua Ortega. El crimen constituía parte del rosario de actos terroristas promovidas y financiados por la CIA y el gobierno norteamericano.

El lunes ya se comentaban los hechos, sobre los cuales la prensa no daba detalles, pero por mediación de tía Olga —maestra normalista y asesora de la Alfabetización en Trinidad— la familia  recibía información.

Fue por una llamada telefónica que supimos que el cadáver de Ascunce lo velarían durante algunas horas en Santa Clara, y que era probable que aprovechara el transporte de la comitiva para regresar a casa, como ocurrió efectivamente.

Era ella una mujer de temple, casada con campesino, acostumbrada al campo y a la oscuridad, a subir lomas y a montar en mulo. Sin embargo había que verle cómo le sudaban las manos y se le agrandaban los ojos cuando años después me contaba cómo fueron cargados y sacados del intrincado paraje, en hombros de milicianos serranos y brigadistas Conrado Benítez, los féretros de Manolito y Pedro.

Veinte años después —ya como periodista—  completé la visión de aquellos hechos narrados de primera mano por boca de testimoniantes directos. De aquella serie de reportajes publicados en Vanguardia durante 1981, extraigo algunos pasajes significativos:

Sobre cómo los cogieron prisioneros me narró Mariana Naranjo, la viuda de Lantigua.

«Los alzados tocaron a la puerta, pero mi esposo no abrió de inmediato. Sólo cuando por las rendijas los vio vestidos de milicianos, lo hizo. Como fieras se abalanzaron sobre él y le arrancaron el fusil. Manolito salió entonces del cuarto y enfrentó a los bandidos a pesar de mis ruegos. '¡Yo soy el maestro!', les dijo muy decidido, muy hombrecito. '¿Conque tú eres el maestrico comunistica?', dijo uno de los bandidos mientras le tiraba piñazos. Mi marido y él muchacho trataban de defenderse, pero fueron arrastrados. La luna ya iba menguando y la noche estaba oscura. […] Yo los seguí un trecho, pero me enredé con una cerca, caí al suelo  y no pude continuar […] Manolito iba sereno, sin decir palabra.»

Otro relato, tal vez el más crudo, lo escucho por boca de Zayas el juez de Condado, quien ya avanzada la mañana del 27 se constituye en el lugar de los hechos para levantar el acta correspondiente.

«Cuando llegamos al árbol miro a Manuel: pelo negro, algo caído hacia la frente; los labios, ennegrecidos; la lengua, de un intenso color violáceo, con coágulos en sus bordes. Me llama la atención que no estuvieran los globos oculares fuera de sus órbitas, como sucede siempre en los casos de ahorcamiento. Ello me convenció de que lo habían colgado ya muerto. Tenía también un profundo surco en el cuello, fractura del cartílago laríngeo perceptible a la palpación del forense; marcas de torturas y golpes, las manos crispadas y con huellas en su cuerpo por haber sido arrastrado vivo. […].»

Tomás Pérez Robaina, profesor de Educación Física en secundaria básica e instructor de los brigadistas en el campamento de Varadero, recuerda algunas facetas de la personalidad de su pupilo:

«Él estaba muy convencido de que no cejaría en el empeño encomendado por Fidel a los alfabetizadores. Su mayor deseo era entender al detalle la Revolución. […] Por eso, por sus excelentes condiciones, lo mandamos al Escambray, en muchas oportunidades nos había demostrado su calidad, esa madera de que están hechos los hombres nobles y valientes. […] Yo estoy seguro que se portó como un hombre, que no habló ni una palabra. Pienso que ante aquellos bandidos mi alumno debe haber llorado de rabia, de violencia interna, igual que como hacía ante cualquier injusticia».

Pero ningún relato supera en  fuerza y ternura los Evelia Domenech, la madre:

«Muchos recuerdos me vienen la mente del día de su muerte, pero lo que más he fijado es la imagen de un muchacho que en la funeraria, cuando lo trajeron de Trinidad para Santa Clara, no se despegaba del ataúd. Yo lo veía con una cuchilla tallando algo. Luego me lo dio. Era una semilla a la que llaman poja. Manolito se la había dado para que le tallara por un lado sus iniciales y, por el otro, la hoz y el martillo. […] Su padre y yo nos sentimos muy orgullosos de la juventud cubana, en Cuba hay y habrá muchos Manueles. La muerte de mi hijo fue un crimen horrible pero generadora de vida y amor».

Han transcurrido 49 años. Desde aquel noviembre en particular no sucede un día 26 sin que cierta dosis de angustia y dolor me asalte en su transcurso, con o sin festejo onomástico de mi parte. (Mi tía Olga decía que yo no debía celebrar mi cumpleaños, sino  conmemorarlos)

Y eso hago. Para no olvidar la vergonzosa cifra de 549 asesinados solo por las bandas contrarrevolucionarias en los campos cubanos. Por ello —y más—, noviembre trae para muchos compatriotas graves recuerdos y una sensación de pérdida que nunca sanará del todo.

Pero también este noviembre me  obliga a continuar la vida —tal vez por la muerte de los otros— aunque más por soñar y creer en la magnífica utopía de un provenir seguro y tangible.