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13/11/2010 11:51:31

Por Mercedes Rodríguez García

No es esta una más entre todas las mujeres dignas de Santa Clara. Esta dama de porte distinguido, conquistó miles corazones de ambos sexos, raza y clase social. Más no fueron sus ojos verdes y andar señorial los responsables. Le sobraban virtudes, convicciones, aciertos y cualidades para imponerse a sus atractivos físicos.

Cierto que ya convertida en Doña, constituyó motivo de inspiración de no pocos bardos —en su mayoría coterráneos—  en cuyos versos expresaron sus impresiones y sentimientos íntimos ya sea por haberla conocido y tratado, aunque más bien imperan aquellos que refieren la talla gigantesca de su  altruismo.

Gracias a la desmemoria colectiva no hay celebraciones masivas este sábado, cumpleaños 165  de Marta González-Abreu Arencibia. Y debiera  —más que nunca— recordársele, homeajéarsele. No por sus resplandores de gloria, sino por  las altas dignidades que en ella se resumen e imprimen a la historia local —y como pueblo— personalidad inconfundible.  O como dijo alguien, «esa tónica de espiritual elegancia y generosidad» de la que todo santaclareño somos deudoras.

EL VERDADERO VALOR DE ESA SEÑORA

Sin miedo a equivocaciones —y salvando diferencias de época, sociales y políticas—  fue Doña Marta una de las precursoras en nuestra isla de lo hoy denominamos servicio social.  Sí, amó con intensidad a su ciudad natal  en la cual dejó perdurables obras, pero sobre todo, ha de recordársele por su gran contribución a la causa de la independencia de Cuba. Como afirmara Fermín Valdés Domínguez, «su patriotismo es la cifra y la clave de todas sus excelsas virtudes.»

Tras el estallido de la revolución del 24 de febrero de 1895,  Marta y su esposo Luis Estévez- Romero salen de Cuba hacia Europa, desde donde continuó al tanto de los destinos de su Patria. Fue la persona que más aportó a la insurrección armada, incluso para que los agentes secretos obtuvieran información en España  y sobornaran a guardias y carceleros con la finalidad de libertar a los cubanos presos en ese país.

El propio Generalísimo Máximo Gómez durante una visita a Santa Clara el 13 de febrero de 1898 expresó: «No saben ustedes los villaclareños, los cubanos todos, cual es el verdadero valor de esa señora […] Si se sometiera a una deliberación en el Ejército Libertador el grado que a dama tan generosa habría de corresponder, yo me atrevo a afirmar que no hubiera sido difícil se le asignara el mismo grado que yo ostento.»

Calificada como la primera y más sobresaliente de las cubanas —en su dualidad de incansable filántropa y ferviente patriota— se calcula que donó a la lucha independentista más de medio millón de pesos, aunque la cifra podría ser aún mayor. Desde París, giró grandes sumas de dinero al Partido Revolucionario Cubano organizado por José Martí desde Nueva York.

Tampoco olvidó Marta a Santa Clara, y desde París sostuvo con su dinero la cocina que en tiempos de la reconcentración de Weyler existió en el Convento de los Padres Pasionistas, salvando la vida a muchos cubanos hambreados.

Se sabe, además, que al conocer la muerte de Antonio Maceo pasó el siguiente telegrama a Tomás Estrada Palma, al frente de la delegación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York: «Diga si es cierta desoladora noticia. Cuente diez mil pesos. Adelante. Ignacio Agramonte.»

De tan genuino amor Doña Marta dejó constancias al afirmar: «Mi última peseta es para la República, Y si hace falta más y se me acaba el dinero, venderé mis propiedades; y si se acaban también, mis prendas irán a la casa de venta. Y si fuera poco, nos iríamos a pedir limosna por ella. Y viviríamos felices porque lo haríamos por la libertad de Cuba.»

EN UNA CIUDAD MUY ABURRDIDA…

En el seno de un hogar opulento en la casa No. 47 de la calle Sancti Spíritus, —hoy Juan Bruno Zayas—, nació la hija de Pedro Nolasco González-Abreu y Rosalía Arencibia. En la villa donde pasó su niñez y juventud, residían apenas  8 mil habitantes.

Para los jóvenes de estos tiempos debió ser una ciudad muy aburrida: sin casino, paseos públicos, ferrocarriles, periódicos, ni alumbrado público.  

Además de asistir  a la misa los domingos, cuentan que con frecuencia Marta paseaba en volanta por las polvorientas y escabrosas calles de la localidad, y que en su casa reinaba la austeridad y el más estricto recato, por lo que no eran frecuentes veladas ni tertulias.

Según sus biógrafos le encantaba pasar temporadas en la Hacienda «Dos Hermanas», propiedad de su padre. Allí la madre designaba un esclavo jovencito para que la vigilara, ya que se despojaba de sus ropas para vestir a las hijas de las esclavas. ¿Y su bolso? Siempre vacío, pues cuantas monedas caían en sus manos las regalaba a los campesinos pobres.

Por suerte para ella —y Santa Clara— en 1869 la familia Abreu-Arencibia se muda La Habana, donde Marta  conoce la vida de la alta sociedad y parte a recorrer el mundo,  ya convulsionado por los adelantos de la ciencia y de la técnica.

En mayo de 1874 regresa a la ciudad natal  —y sin la anuencia de sus padres— contrae matrimonio en la Iglesia Mayor. No será hasta 1905,  cuando su esposo renuncia al cargo de vicepresidente de la República, que regresa a la villa natal por un tiempo, para después radicarse definitivamente en  París.

MÁS ALLA DE LA CARIDAD PÚBLICA Y LA LIMOSNA

Al fallecer su padre en 1876, la mitad de los bienes la familia pasa a propiedad de su madre, y la otra, repartida entre las hijas: Rosa, Marta y Rosalía. Las tres, de común acuerdo, materializaron la voluntad póstuma de Don Pedro, quien dejó testado 20 000 pesos para la fabricación de una escuela para niños pobres, inaugurada el 31 de enero de 1882, con el nombre de «San Pedro Nolasco».

El 18 de octubre de ese mismo muere Doña Rosalía Arencibia, por tanto Marta y sus hermanas heredan toda la fortuna. Fue entonces cuando puede llevar a vías de hecho su proyecto social en beneficio de la comunidad santaclareña en el que atendió aspectos económicos y sociales, especialmente aquellos más sensibles: la educación, la cultura  y la salud.

La madre de Marta también dejó en testamento 20 000 pesos para la construcción de un colegio para niños pobres, pero en este caso para hembras. Ala cual llamaron «Santa Rosalía» En 1884 quedó concluido el nuevo plantel, pero no fue inaugurado hasta diciembre de l885 cuando llegaron las monjas de la orden «Amor de Dios»  para atender las niñas.

Para el mantenimiento de estas escuelas, las hermanas Abreu-Arencibia donaron 30 000 pesos cada una. Ambas instituciones fueron equipadas y dotadas de todo lo necesario, tanto en mobiliario como en materiales escolares y claustro. Las escuelas legadas por sus padres estaban destinadas a niños pobres de ambos sexos, pero de la raza blanca,  por lo que Marta creó otro para niños «de color», en la calle San Agustín ( Alemán) entre Santa Clara (Tristá) y San Cristóbal, en  un local que era de su propiedad.

También era de su preocupación la formación profesional de los jóvenes en su período de adolescencia, el cultivo del talento que se perdía en aquella sociedad sin garantías ni libertades.  Marta expresaba  su interés en la creación de un colegio que preparara a los jóvenes para emprender un oficio. Murió sin lograr este objetivo, que, póstumamente,  materializó el Ayuntamiento,  al convertir «San Pedro Nolasco» en una escuela de Artes y Oficios. (Hoy Restaurant 1878).

POLICIA, BOMBEROS, TEATRO  Y OBELICO

En mayo de 1886 Marta Abreu, adquirió el terreno situado en la calle La Gloria, donde se  construyó un edifico con tres departamentos: uno para la Policía, otro para el Cuerpo de Bomberos del Comercio y el dedicado a la enseñanza hacia el cual se trasladó la Escuela Municipal  «Conyedo».

Este edificio fue entregado al Ayuntamiento a cambio del que ocupaba la antigua emita La Candelaria, para su demolición y en cuyo espacio se había erigido el teatro, inaugurado 8 de septiembre de 1885, día de Nuestra Señora de La Caridad del Cobre, (y así bautizado) en honor a la santa, Patrona de Cuba.

El teatro La Caridad, no solo constituyó la institución cultural más importante de ese siglo en Santa Clara, sino también una alternativa para el mantenimiento del asilo de pobres, que por su condición de mendigos, carecían de hogar, misión que encargó a primo Francisco Arencibia. (Hoy escuela primaria «Carlos J. Finlay», situada en Marta Abreu esquina a San Pedro.)

Como prueba de la preocupación de la benefactora por salvaguardar la memoria histórica y rendir culto a quienes lo merecían, el 15 de julio de 1886 fue develado el obelisco que recuerda a los sacerdotes Don Juan de Conyedo y Don Francisco Hurtado de Mendoza, en la Plaza Central de Santa Clara. (Hoy Parque Vidal.)

MEJORAS HUMANAS Y DE VIDA

Marta dotó a Santa Clara de los adelantos científicos más avanzados de la época que se conocían en Estados Unidos y Europa.

Durante un viaje por Suiza, visitó unos lavaderos públicos, y pensó de inmediato en las mujeres de Santa Clara restregando las ropas en las aguas de los ríos Bélico y Cubanicay. Trasmitida su intención al Ayuntamiento, las mujeres humildes podían preservar su salud,  al tiempo que se evitaba la contaminación de las aguas, hecho de vital importancia al no existir acueducto y la ciudad abastecerse de las correntonas aguas que la circundaban.

En l895 financió la construcción de una planta eléctrica y la estación de ferrocarriles, inaugurada el 28 de febrero de ese año. Al día siguiente, abrió sus puertas el dispensario «El amparo» (Actualmente ETECSA),  para la atención de niños pobres enfermos. Realizó, además, otras obras caritativas como la entrega de máquinas de coser a muchachas de escasos recursos económicos, y propició la creación para los presos de un sistema de esposas, que no les dañaban la piel al trasladarlos y resultaban más cómodas.

La construcción de la Planta Eléctrica, además de lo que significó como el más importante de los adelantos científicos del momento, representó  una fuente de empleo, cuya organización contemplaba servicio clínico y medicina gratuita, pago por certificados médicos, incluso los funerales sin costo alguno en caso de la muerte de algún trabajador.

En 1894, destinó 10 000 pesos oro para la compra de equipos e instrumentos para el montaje de una Estación Observatorio de Astronomía., lo cual  propició la prevención de ciclones y otros fenómenos atmosféricos.  Cinco años después regaló los instrumentos para la Banda de Música del Cuerpo de Bomberos, donó en el cementerio una bóveda para los pobres,  contribuyó a la reparación del camino a Camajuaní y a las reformas que se hicieron en las iglesias del Buen Viaje y de Encrucijada.

En relación con el tratamiento a sus esclavos —refieren sus biógrafos— que las tres hermanas al entrar en posesión  de las dotaciones heredadas, les dieron la libertad. Pero Marta y su esposo, trazaron una estrategia más humana como fue la de no lanzarlos a vivir discriminados y sin empleo,  sino entregarles parcelas de tierra para el cultivo de frutos menores, así como una pensión de seis pesos.  Los domésticos, quedaron como empleados asalariados bajo su protección.

Marta Abreu de Estévez, la gran benefactora, la insigne patriota, murió en París el 2 de Enero de 1909. Sus restos junto a los del esposo, fueron trasladados en febrero de 1920 al panteón familiar del Cementerio Cristóbal Colón de La Habana.

¿Por qué no traerlos para Santa Clara? Razones y argumentos sobran. Y aunque toda ella merece ser conocida, recordada y homenajeada en la Isla entera, sus huesos renacerían sembrados en el terruño que la vio nacer y por el que tanto hizo.

Todo lo que se haga en su memoria, resulta insuficiente. Ella, esa dama de ojos verdes y andar señorial. Ella doña Marta Abreu, la excelsa Generalísima de Gómez, la que desde lo alto de su butaca romana en el parque Vidal contempla el corazón de su Ciudad, consagrada a defender para siempre la libertad que hoy disfrutamos los cubanos.