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Por Mercedes Rodríguez García

29/10/2010 18:08:34

El bloqueo duele. De muchas formas, duele.

Duele en el cuerpo y en el alma, en la vida y en la muerte, de noche y de día. Nos duele a mí y a mis compatriotas de la Isla, y a otros muchos ciudadanos honorables del mundo

Duele más que nada en las escuelas y en los hospitales, y hasta en las tiendas recaudadoras de divisas. Duele en la sala, en el cuarto, en el patio, en la cocina.

Duele en la madre, el padre, los tíos, los hermanos, los hijos; a los pintores, los músicos y a los artistas. Duele a granjeros estadounidenses y a campesinos cubanos. A la firma canadiense Sherritt  y a la minería nacional del níquel.

Duele en las falsedades que cuentan sobre Cuba las agencias, en las imágenes manipuladas y en los turistas arrepentidos por el miedo que infunden sus mentiras.

Duele desde 1962. Y no es una entelequia, porque es mantenido y constante, porque va más allá de todo raciocinio y no soporta ningún análisis jurídico.

Duele porque a las sucesivas administraciones estadounidenses no les duele; por la compleja madeja de sanciones, por las leyes que justifican su política.

Duele porque viola los más elementales derechos humanos, por el contenido demente de sus sanciones, sus normas, regulaciones y órdenes presidenciales.

Y duele —por sus odios y sus miedos— a los sectores más reaccionarios de la ultraderecha anticubana  y líderes conservadores de Miami.

Duele por la forma extravagante de llamarle embargo.

Duele  por sus condenas en tiempos de paz como si estuviéramos en guerra. Por sus descaradas medidas de coacción y de agresión económica,  porque  constituye un crimen internacional de genocidio, a veces sutil, poco visible.

Y duele mucho más porque algunos cubanos no lo entienden y aluden de manera absoluta a los «mea culpa» de nuestras ineficiencias reales, y lo tildan de truco, de pretexto, de evasiva.

Duelen sus coerciones, por incluirnos en la de­men­cial lista de estados que patrocinan el terrorismo, porque a pesar de ser los más quienes en la ONU levantaron la mano en contra del bloqueo, los banqueros de todo el mundo prefieren evitarse acusaciones, por su sistema de presiones que obliga a Cuba a vender barato y comprar caro.

Por promover la subversión terrorista y las amenazas de agresión, por la limitación de los viajes y las remesas de los ausentes cubanos, por  el estímulo a la emigración ilegal y el robo de cerebros.

El bloqueo duele y es omnipresente en cada minuto de la vida cotidiana de la tierra más hermosa que ojos humanos jamás vieran. Por eso me pregunto ¿hasta cuándo el cerco draconiano? Si el abrumador respaldo mundial ¿sirve para algo?

Creo en la absoluta falsedad de las muy diversas excusas, que por más de cuatro décadas han empleado las sucesivas administraciones de los Estados Unidos.

Creo en los documentos oficiales estadounidenses desclasificados, en los testimonios y pruebas irrefutables de las hostilidades rayanas en el medio siglo, en las confesiones de los mercenarios pagados por la superpotencia, en los silenciados silencios de la comunidad internacional, que calla para otorgar.

Pero, por sobre el dolor y todas sus conse­cuen­cias, creo en el destino de la nación y en la efectividad que puedan traer las transformaciones soberanas puestas en marcha.

El bloqueo duele. De muchas maneras, duele. Como los muertos del cólera en Haití, en Ghana, y los del tsunami en Indonesia. Muertos de pobreza, de abandono, de discriminación, de analfabetismo, de incultura. Muertos sin médicos natales, muertos sin maestros nativos, muertos sin remedio.

Pero también los cubanos tenemos nuestros muertos. Nuestros muertos que alzando los brazos… ¡Nos sabrán defender todavía!