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Por Mercedes Rodríguez García

28/10/2010 22:18:47

Mediados de diciembre de 1958. Álvaro Pérez, jefe de las milicias campesinas del M-26-7 en Camajuaní, conversa con su amiga Gladys:

Álvaro, ¡con qué entusiasmo habla la gente de Camilo! ¿Cuándo lo vas a traer por acá?

—¡Sorpresa, sorpresa...!

Entonces Gladys vivía cerca del paradero de Beba, a unos kilóme­tros de Camajuaní.

Las roturas sistemáticas de los puentes y de todo tipo de comuni­cación habían colocado a las tropas batistianas en situaciones difíciles para defender sus posiciones de avanzada.

De doce y media a cuatro de la madrugada del día 18 es tomado y destruido el puente sobre el río Camajuaní. Después de la acción Álvaro envía una nota a Camilo, emboscado en Meneses. En el mensaje consignaba el éxito de la operación y el estado en que se encontraba la zona.

Quedaba, no obstante, otra vía de acceso entre el Frente Norte y los restantes pueblos de la provincia: el puente de La Yagua.

Sobre las dos de la tarde del día 20, llega Camilo a casa de Gladys. Lo acompañan Angel Frías, el «Nene» López, Paco Cabrera y Haroldo Cantallops. También están presentes Pinares, Mario Acosta y Álvaro.

Ya ves, Gladys, ¡aquí tienes a Camilo!

La muchacha se alegra. Al fin conoce personalmente al jefe gue­rrillero de la Columna 2 «Antonio Maceo».

Después de almorzar...

nos metros para llegar a la carretera:

—¡Camilo, Camilo, ahí viene un jeep del ejército!

Ante el sorpresivo grito de advertencia que le hace Álvaro, Camilo gira bruscamente el timón y caen en una cuneta. Los del ejército han comenzado a disparar. Todos se lanzan de los carros y buscan posiciones.

Camilo, con su M-2, detrás de una matica de naranja; a su izquierda, con una San Cristóbal, Álvaro; detrás del jeep se han parapetado el «Nene», con un Garand, y Frías, con una pistola Lugger. Paco y Haroldo también abren fuego, pero con el temor de  herir a alguno de sus compañeros que están algo atrás.

En el vehículo de la tiranía vienen el sargento Hilario Rodríguez, más conocido por «El Látigo Negro», el teniente Horacio Hernández, un casquito y dos mujeres. Traen un puerco y tres botellas de ron... en plena campaña no les faltaban ánimos para la francachela.

El casquito huye como alma que lleva el diablo y Álvaro le persigue un trecho; el «Látigo» tira con una P-32 y cae herido en el hígado; el teniente tiene la cabeza destrozada por los proyectiles y, las dos mujeres, sangran por distintos lugares.

Frías está herido leve y Álvaro lo atiende. Camilo se les acerca:

—Álvaro, ese militar vestido de civil ¿es «El Látigo Negro»? Según tu padre molestaba mucho con sus registros y exigencias de dinero a los comerciantes...

—Sí, Camilo, ese mismo.

—Pues bueno, ya no molestará más.

Desde el portal de su casa Gladys había escuchado clarito el tiroteo y estaba muy preocupada porque un campesino le dijo que habían matado a Camilo. Ahora espera por la gente de Pinares que, precipitadamente, salió hacia el sitio desde el  que sonaban los disparos. Pasa más de una hora. Al rato llega el jefe rebelde y Gladys lo abraza llorando.

—Nada, nada, chinita... mira, vengo a tomarme el café que me prometiste. Anda, no llores que ya todo pasó...

La tropa de Camilo acampada por aquellos lugares, se marcha. Una parte participaría esa misma noche en el segundo ataque a Zulueta; la otra, en la toma de Yaguajay.