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Eran humildes trabajadores de una humilde fábrica de calzado. Trabajaban en un barrio pobre de uno de los países más pobres, Honduras. Presas fáciles para los asesinos que, a plena luz del día, irrumpieron en el taller y descargaron sus AK-47 sin distingos, ni escrúpulos, ni piedad. El resultado: 18 muertos.

Héctor Mejía, jefe de la Policía Nacional en San Pedro Sula —capital económica del país centroamericano— señaló que las víctimas eran hombres jóvenes (de entre 17 y 32 años), obreros de una factoría de zapatos artesanales, en plena faena cuando fueron atacados por causas y en circunstancias que aún «se desconocen».

Narran los vecinos del lugar que cuatro hombres, fuertemente armados, descendieron de una camioneta gris con vidrios polarizados, e ingresaron en el local, cuyo portón permanecía abierto. Sin mediar palabra, ametrallaron a los operarios. En el acto perecieron 13 de ellos, unos encima de otros, pues al escuchar las primeras detonaciones trataron de guarecerse en uno de los extremos del establecimiento, donde quedaron apilados. Los testigos dicen que las ráfagas se escucharon por lo menos durante cinco minutos.

En la región de San Pedro Sula operan bandas del narcotráfico dedicadas a transportar cocaína hacia EE.UU., por lo que la policía no descarta que ahí pueda estar el origen de la matanza. Pero otras fuentes aseguran que en la zona campean por sus fueros los pandilleros de la Mara 18, y que al menos uno de los muertos era miembro de ese grupo criminal.

Esta masacre es la mayor que se registra allí desde que, en diciembre de 2004, un grupo de mareros acribilló a 21 pasajeros de un autobús.