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Todo sentimiento humano es cultura. Y la envidia, como tantas otras formas del odio y el resentimiento, ha movido el mundo desde el principio de los tiempos. Victor Hugo creía que la envidia era una declaración de inferioridad y Leonardo da Vinci, que era mil veces más terrible que el hambre «Porque es hambre espiritual». Schopenhauer también se ocupó del asunto: «La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás muestra cuánto se aburren».

Para algunos la envidia es un pecado capital; para otros, el combustible de la sociedad moderna. Filósofos, psicólogos, pensadores y novelistas han abordado este bajo sentimiento con el que debemos lidiar cada día. Retratada como destructiva, inhibitoria, inútil y dolorosa, nadie duda del papel siniestro y abismal de la envidia en la existencia humana. Se le acusa, además, de irracional, imprudente, viciosa, equivocada, innata y arrasadora. Se oculta tras las máscaras de la crítica amarga, la sátira, la injuria, la calumnia, la insinuación pérfida, la compasión fingida y hasta la adulación servil.

«Tengo envidia de tu sombra / porque está cerca de ti./ Y mira si es grande mi amor, / que cuando digo tu nombre / tengo envidia de mi voz», cantaba lastimosamente José Feliciano.

Pero el poder de la envidia trasciende la ilusión romántica. La de Blancanieves, por ejemplo, más que una historia de amor, es un relato de venganza, traición y envidia. ¡Ni hablar de Cenicienta!, cercada por mujeres tan carcomidas por la envidia que imponen un obstáculo tras otro en aras de impedir que la preciosa fregona concurra al baile en el palacio. ¿Y qué decir respecto al envenenamiento del genial Mozart por Salieri, opacado por la genialidad indiscutible de un rival.

Definida como la aflicción vivida por un sujeto cuando siente que no posee algo que su rival sí posee, a propósito de ella Ivonne Bordelois nos enseña en «Etimología de las pasiones» que in-vidia (de video, vedere, de donde proviene el verbo ver) significa «la mirada penetrante y agresiva de un ojo que, movido por alguna forma de animosidad, antipatía, odio o rivalidad, se hinca enconadamente en el de su enemigo para perforarlo y destruirlo».

Quien se siente abismado en un deseo envidioso puede no desear poseer el logro codiciado, y en caso de que pudiese llegar a poseerlo, ni siquiera podría disfrutarlo, pero no soporta que otro lo disfrute. Envidia el yate de uno aunque sufra de mareos y la avioneta de otro aunque sienta vértigo.

El envidioso no tiene un interés genuino en que algo valioso en poder de otra persona le sea transferido a él, aun cuando querría ver al envidiado robado, desposeído, humillado o lastimado.

Pero bien, contra la envidia (sobre la cual se han escrito verdaderos tratados) hay que saber protegerse. Aquí van, con alguna pizca de humor once consejos para evadir a los envidiosos.

1) Rebajarás tus éxitos. Le harás saber todo el tiempo que te va mal y buscarás su solidaridad en la mala.

2) Le darás a entender que él está por encima de ti en carácter y en talento, y que lo admirás sin desmayos.

3) Sugerirás con el cuerpo y la palabra que él es tu jefe y tú, su subordinado.

4) Exagerarás tu autocrítica: literalmente, despedazarás tus propios logros, relativizarás tu pericia y adjudicarás todo el tiempo tus aciertos a la suerte.

5) Profetizarás tus inminentes fracasos una y otra vez.

6) Estarás muy atento a lo que el envidioso haga y saludarás la mínima acción positiva.

7) Le dirás de vez en cuando que lo envidias, pero… sanamente.

8) Lo acostumbrarás a ser vulnerable al elogio. Y lo elogiarás siempre.

9) Nunca bajarás la guardia: al envidioso la envidia le brota espontáneamente.

10) Te alejarás lentamente y nunca le darás la espalda. Y lo más difícil de todo: no te contagies. La sustancia del envidioso es altamente contaminante.

Un envidioso construye una cadena de envidias. En un grupo, un envidioso es como una manzana podrida. La envidia es una lepra que no se cura.

Por favor: no le envidies nada al envidioso.

Es un pobre infeliz.

Y él lo sabe.