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Por Mercedes Rodríguez García

El escritor portugués y Premio Nobel de Literatura José Saramago murió este viernes  a los 87 años de edad. En sus últimos días —increíblemente alargados— accedí a su blog en busca de referencias sobre su novela «Una balsa de piedra camino de Haití», edición solidaria que se vendió en Europa a solo 15 euros, como parte de un programa de ayuda a las víctimas del terremoto.

Se trataba de la segunda iniciativa del Nobel portugués, pues ya lo había hecho en 1999 con Centroamérica tras el paso del huracán Mitch, al donar los beneficios de su relato «El cuento de la isla desconocida: «Porque todos tenemos una obligación», aseguró el entonces su autor.

Precisamente por estos días de la Copa Mundial 2010, en Sudáfrica, me acordaba de sus quejas aparecidas en una publicación argentina en junio de 2006, a tenor de que el fútbol poseyera más propagandas que los libros: «Mal andan las cosas si resulta necesario estimular la lectura, porque nadie necesita estimular el fútbol, que tiene detrás una fabulosa operación de propaganda», manifestóa la prensa de Argentina.

Otra evocación al novelista nacido en Azinhaga, una pequeña aldea ubicada 120 kilómetros al noreste de Lisboa, la tuve por los días cercanos a la fecha límite de presentar el último recurso disponible a los abogados para los Cinco cubanos acusados de terroristas y prisioneros en cárceles de los Estados Unidos.

Entre los centenares de escritos sobre el tema, buscaba algo original con que iniciar un artículo, cuando encontré una carta publicada en dos periódicos británicos (The Guardian y The Independent)  para conmemorar el 10º aniversario del arresto del grupo, conocido como «Los cinco de Cuba».

Entre unas 130 figuras del mundo del arte y la política que suscribían el documento abierto clamando «justicia» por el caso de los antiterroristas cubanos —juzgados como espías por el gobierno de Estados Unidos—, estaba la de José Saramago junto a otros nueve Premio Nobel.

La misiva califica de injusto el juicio al que fueron sometidos los cinco cubanos, critica la negativa a facilitarle una visa a Adriana Pérez y a otra de las esposas, y la restricción de las visitas de los familiares, reducidas a una vez por año.

¿Todo esto lo convertía en un verdadero comunista? No sé. Lo que me consta es que se autotitulaba un comunista hormonal: «Mi cuerpo contiene hormonas que hacen crecer mi barba y otras que me hacen comunista», reiteraba el hombre militante de ese Partido del que nunca renegó en su activa vida política y como subdirector del Diario de Noticias, hasta 1976. Y este compromiso es evidente en parte de su producción, que incluye 17 novelas, cinco obras de teatro y numerosos relatos, poemas y crónicas.

Fue una de estas novelas, «El Evangelio según Jesucristo», la que lo hizo trasladar su residencia de Lisboa a Lanzarote, en 1992. Se trató de un exilio simbólico motivado por la decisión del gobierno portugués de impedir la candidatura de esta novela a un premio literario europeo, por considerarla «herética».

Para ese entonces, Saramago ya había publicado obras de la talla de «Memorial del Convento» (su primer gran éxito, que llegaría a los 60 años), «El año de la muerte de Ricardo Reis» e «Historia del Cerco de Lisboa». Luego vendrían «Ensayo sobre la Ceguera» (llevada al cine en el 2008) y «Todos los Nombres», publicada poco antes de que se le concediera el Premio Nobel de Literatura, en 1998.

Sobraron a Saramago capacidad, y voz crítica,cualidades que exhibió hasta el final, tanto en sus novelas como en sus artículos periodísticos o en su blog, en el que acostumbraba comentar sobre los diferentes temas de actualidad.

Una recopilación de las mejores entradas de este último, en las que flagelaba al capitalismo, al consumismo, al Papa y a George W. Bush, fue publicada el año pasado bajo el título de «El Cuaderno».

En una entrevista con BBC Mundo celebrada para marcar esa ocasión, Saramago reconoció que ya no le quedaba mucho por vivir: «Me pueden quedar tres o cuatro años de vida, quizá menos», anunció en aquella oportunidad.

Creo en todos los gestos del viejo Saramago. Si tuviera el poder de Dios, lo resucitaría. Dentro de las innumerables e importantes campañas de solidaridad que se han iniciado en el mundo, las del portugués nunca rondaron lo simbólico, como casi siempre sucede. Y, al otro, día, el olvido.

Ya que sobre el pasado no se puede hacer nada, Saramago actuó sobre el futuro y siempre halló buen momento para probarlo. Lo descubrí en su blog, en sus comentarios en torno a esa  «balsa de piedra» con que remonta la catástrofe sufrida por Haití consecuencia de los terremotos del 12 y 20 de enero pasado.

Como decía John Donne: «Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo; todo hombre es un fragmento del continente, una parte del conjunto». Y a todos, como a Saramago, nos asiste tal obligación.

Lo siento hoy más que nunca cuando el peculiar sonido de las vuvuzelas puede que aplaste la noticia de su muerte.

Lo siento cada vez que a Adriana, la esposa de Gerardo, le niegan el visado, alegando que podría ser una amenaza para la seguridad, una posible terrorista o una inmigrante ilegal.

Con todas estas obligaciones pendientes nos dejó Saramago.

Ahora hace calor, y escribo apretándome los labios para que no se me escape un sollozo que empañe el display de mi PC, y ante el cual discurro al mundo jugándose varios partidos decisivos para la sobrevivencia humana.