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Por Mercedes Rodríguez García

El pasado mes de mayo la Asociación de Padres de Becarios Ecuatorianos en Cuba (APAMBECU) demandó al gobierno de Estados Unidos el levantamiento inmediato del bloqueo a la Isla y la libertad de Gerardo, René, Antonio, Fernando y Ramón, y  expresó su desacuerdo con la campaña mediática contra de la Revolución. Entre esas casi cuatro mil firmas deben haber estado las de los padres de Marcelo López Falcón, joven psicólogo titulado en julio de 2009 por la Universidad Central de Las Villas.

Marcelo, con quien mi hijo estableció gran amistad, lleva casi un año en su país, sin trabajar aún y con unos tremendos deseos de regresar a la tierra donde plantó y llevó bandera, y a la cual quisiera regresar pronto. 

Recuerdo las porfías entre un grupo de estudiantes de Comunicación Social,  Psicología, Derecho y Periodismo, una mezcla altamente explosiva cuando el tema de los Cinco Héroes u otro cualquiera de contenido político-económico salía a la palestra, en los pasillos, durante los recesos entre uno y otro turno de clases; o cuando los más afines en cuestiones de gusto musical se reunían en alguna casa a escuchar las mejores bandas de rock, aunque siempre prefirieron las peñas nocturnas de los martes en el Mejunje.

En aquellos debates Marcelo se mostraba el más sosegado. Sobre los Cinco, pensaba que demostraban más paciencia que la de sus compatriotas y que habían convertido el encarcelamiento una profunda e invulnerable trinchera desde la que resistían.

Acerca del bloqueo, además de oprobioso, lo consideraba, como troglodita, Y no creía que ningún presidente de Estados Unidos echaría abajo esa estrategia, pues formaba parte de la esencia imperialista. Lo peor de todo, para él, radicaba, en la impunidad. «No tienen razón, pero tienen la fuerza. Y, la fuerza es de algún modo poder», deducía.

En su visita de mayo a Cuba, Galo Velepucha, el presidente de la APAMBECU, me recordó mucho a Marcelo. Galo también habló de impunidad. Pero de la impunidad con que se movilizan en Estados Unidos terroristas confesos como Luis Posada Carriles, Orlando Bosch y otros, que son entrevistados y asisten a actos, sin pruritos ni recatos.

«La Cuba de José Martí y Fidel Castro, de Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, el Che Guevara, Celia Sánchez y tantos héroes será siempre el referente para la segunda y definitiva independencia de todos los pueblos y éste es el momento de apoyarla», expresó entonces Galo en sus declaraciones a la prensa cubana.

Como Galo Valepucha, Marcelo apoyará siempre a Cuba, lo sé.

Antes de marcharse a Ecuador mi hijo le regaló una vieja pero conservada  y enorme bandera cubana que siempre ondeó en las escuelas rurales donde mi tía dio clases, antes y después de la Revolución. La compró de su bolsillo y la conservó hasta su muerte, en noviembre de 2009.

Fue lo único que Marcelo aceptó.

«Me llevo en esta bandera un trofeo, el corazón de todos los cubanos, el alma de vuestro Héroe Nacional y la vergüenza de Fidel, a quien considero irrepetible. (...) Ustedes no saben apreciar lo que tienen, tal vez porque se acostumbraron a no vivir las grandezas de lo cotidiano.»

Fueron sus palabras de despedidas, las que muchas veces repitió de diversas maneras en las informales tertulias universitarias en Santa Clara.

No era el más apasionado, cierto, pero sí el único que miraba nuestra Isla con lentes de aumento.