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Por Mercedes Rodríguez García

La sociedad aun no sabe cómo tratar a ciegos o sordos; desconoce el mundo del discapacitado. Quienes poseen una vida normal, y no ve la gente, los hechos, las cosas que les rodean; los que siguen de largo o bajan la vista para solo ver sus pies; los que asumen actitudes de «chivos locos», sin dolerse ni condolerse, sin pesadumbres ni pruritos, padecen las dos peores enfermedades de la contemporaneidad: el egoísmo y la indiferencia.

No voy a emplear muchas palabras para convencerlo, solamente le pido someterse a una prueba. Las dificultades aumentarán o disminuirán según su lugar de residencia. Escoja usted si la hará de día, o de noche.

Véndese los ojos y salga desde su casa a caminar por una acera, preferiblemente, y sin acompañante. (Puede auxiliarse de un palo o bastón.) ¿Incómodo, verdad?

Pero supongo que a usted le asiste la voluntad de vencer el experimento. Entonces, continúe. No pasarán ni cinco minutos antes de que tropiece con algunos obstáculos: postes de la electricidad y señales del tráfico en el medio, escombros amontonados, recipientes atestados de basura, trastos de metal o madera, un contén desconchado, una tragante sin tapa, un hueco, alguna pareja distraída en beso elástico, una reja abierta hacia afuera...

¿Se ha quitado la venda o sigue con ella? ¿Qué? ¡Se la quitó! Lo sabía. No estamos acostumbrados al mundo de los ciegos, y poco le ayudamos para que anden sin traspiés por el nuestro, de cierta manera un cosmos descortés y mucho más oscuro que el de cualquier invidente.

Esa verdad la redescubrí hace unos días durante la asamblea anual provincial de la Asociación de Ciegos y Débiles Visuales. (ANCI) La reunión me pareció ejemplar, tanto por la precisión y profundidad de los planteamientos, como por la disciplina y organización en general. Pocos reclamos para sí, y mucha voluntad, disposición e incondicionalidad para con la Revolución. En ella fue ratificado Oelio Rodríguez Alonso, como presidente, ya por largos años. De ahí salieron sus 14 delegados al VII Congreso, cuyo lema «La integración social multiplica la fuerza y la unidad», expresa tanto como la unidad monolítica de nuestro pueblo a la que han llamado Fidel y Raúl.

Los 2 mil 595 afiliados quieren ser útiles y que no les falte el trabajo o la materia prima en sus talleres. Cierto que reparados y embellecidos. Pero a veces, cubiertos de un temible silencio que los desorienta. «Parecen una shopping, ahora hace falta que no se produzcan interrupciones», dijo uno. No piden dispensas de Asistencia Social, pero reclaman mejores análisis a la hora de retirar determinadas pensiones. « ¿Quitaron chequeras injustamente o las entregaron a quienes en realidad no las necesitaban?», inquirió otro.

«No hay peor ciego que el que no quiere ver», asegura el refrán. ¡Ni peor sordo que el no quiere oír! Quienes poseen una vida normal, y no ve la gente, los hechos, las cosas que les rodean; los que siguen de largo o bajan la vista para solo ver sus pies; los que asumen actitudes de «chivos locos», sin dolerse ni condolerse, sin pesadumbres ni pruritos, padecen las dos peores enfermedades de la contemporaneidad, acendradas por los desafueros capitalistas: el egoísmo y la indiferencia.

Pertenecen a los que llamo «inmunizados» contra el prójimo. Y no hace falta profesar ninguna religión (aunque pudieran ayudar) para amar, ayudar y defender a sus semejantes. Cualquier hombre respecto de otro, constituye eso: el prójimo, concepto equivalente a solidaridad humana.

Pero por encima del individuo, imposible de cambiar o concientizar de un tirón, existen leyes, reglamentos, disposiciones, cartas, circulares, a veces desconocidas, engavetas, olvidadas, omitidas, tergiversadas. Mas, hablemos de criterios.

Por ejemplo, los de diseño en apoyo a las personas con necesidades especiales. Se trata de lineamientos y pautas en permanente actualización, formulados a partir de necesidades humanas especiales y de experiencias e investigaciones propias del hacer arquitectónico. ¿Se conocen y dominan?

El objetivo consiste en difundir su aplicación, así como orientar a los responsables de la planeación, realización del proyecto, construcción, mantenimiento y operación de inmuebles, en la creación de ámbitos espaciales incluyentes, acordes a los modos de habitabilidad de una inmensa minoría de personas con estas necesidades.

Se habla de barreras arquitectónicas y algo se ha hecho por eliminarlas. Pero las peores son las mentales. Sí, las de los ciegos que no quieren ver.

El Gobierno de Cuba concede especial importancia y presta una atención priorizada a los personas con discapacidad sobre la base del principio de que todas nacen iguales y tienen el mismo derecho a la vida y al bienestar, a la educación, al trabajo, a vivir independientemente y a la participación activa en todos los aspectos de la sociedad. Cualquier discriminación directa u indirecta, o trato discriminatorio a una persona discapacitada constituye una violación de sus derechos.

¿Cómo juzgar a la joven camarera de un restaurant que le negó a un invidente leerle la carta con el menú? «Usted no sabe leer o está ciego» Fue la respuesta. (La anécdota también la escuché en la asamblea.)

¿Cómo explicar tal conducta, si a pesar del bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos, y que ha traído negativas consecuencias para la salud del pueblo, nuestro país aplica una política social que beneficia en particular aquellos sectores menos favorecidos, entre los que se encuentran las personas con discapacidad?

¿Cómo hablar entonces que «barreras» tan relativamente fáciles de eliminar (como las enumeradas al comienzo) puedan convertirse en causantes de heridas, golpes, caídas y hasta de lesiones que requieren hospitalización?

Usted no soportó la venda de mi «ensayo». (Les recuerdo la famosa novela de Saramago, en la cual recuperar la lucidez y rescatar el afecto son dos propuestas fundamentales de una obra que es, también, una reflexión sobre la ética del amor y la solidaridad.) Si lo intentó, le ruego que me escriba contándome al respecto.

Nada más digo. Con la misma humildad de quien así lo expresó en la reunión de la ANCI villaclareña, les pido: « ¡Aunque sea pinten de blanco las rejas para verlas de noche!»

Pero no, en la rogación no pueden quedar los derechos. Creo en la conciencia y creo en la educación. Pero me consta que también coexisten los que prodigan más cuidados y cariños a su mascota que al más indefenso de los mortales.

La sociedad aun no sabe cómo tratar a ciegos o sordos; desconoce el mundo del discapacitado.

Equilibremos el maquillaje externo con el interno. Pero me parece, según el Apóstol, que quien mucho tiene adentro, poco necesita afuera. Sin vendas en los ojos, entre ahora mismo al mundo de los invidentes, y compruébelo.