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Por Mercedes Rodríguez García.   

(Crónica con carácter retroactivo)    

La familia de Juan Pérez -de esos muchos que pueblan nuestra geografía- no es muy numerosa que digamos: él, la esposa, un hijo y dos nietos. Todos viven en la Isla más hermosa que ojos humanos vieran. Sí, la de acá, la de palmas, mariposas y tocororos, pero donde muchos, miles de miles, viven sin doblar el lomo.

¡Caray!, pero ¿cuándo fue que vi por última vez a este Juan Pérez? ¿Ayer, antier, hace una semana, un mes, un año, una década...? Y no me achaquen amnesia porque a fuerza de encontrármelo todos los días, a cualquier hora y en cualquier lugar, suelo embrollarme la memoria en cuestión de tiempo y espacio.

Bueno, lo que sí recuerdo muy bien fueron las preguntas que me hizo:

-Oye, ¿sabes dónde venden tempera, cartulina y sombreros de yarey? Necesito, además, que me resuelvas unos palitos... y si sabes me das la seña para conseguir acetato y unas banderitas cubana de papel.

- ¿Ya para qué quieres todo eso, Juan Pérez?

- ¿Para que va a ser mi amiga?, ¡para el desfile! ¿O es que tú no vas al acto del 1º de Mayo?

-No, no puedo, tengo problemas en los huesos y el médico me prohibió las caminatas.

- ¿Por qué no haces el esfuerzo? Oye, los revolucionarios tenemos que dar el paso al frente. Mira yo voy con toda mi gente, el ejemplo vale mucho. Si quieres te llevo con nosotros en el carro y te dejo lo más cercano posible a la tribuna.

-De verdad, quisiera, nunca he faltado...

-Vamos, embúllate, llevamos unas laticas de bucanero para refrescar si hace mucho calor...Bueno, si te decides me avisas. Mira aquí tienes el número de mi celular y este otro es el de Juanito. No te digo que llames a mi mujer porque está para Varadero con Juancitico...

Pues aquel día de desmemoria, y sin pruritos de ninguna índole porque me salió del corazón o de los intestinos, solté dos de esas palabrotas que utilizamos cuando no aparece alguna decente para pedirle que no nos moleste y se vayan para otra casa, la cual no sabemos muy bien donde queda, pero que debe encontrarse muy próxima al infierno.

Y hablando de infierno. Lean esta frase que me ha caído del cielo. Claro, no literalmente. Porque nada cae de allá arriba, aunque existen quienes se caen en contra de la gravedad y tienen hasta la oportunidad de conocer a cierto«Señor», todopoderoso que está sentado a la derecha de «Dios» padre.

«Trabaja en algo, para que el diablo te encuentre siempre ocupado.» La escribió San Jerónimo allá por los años 350 d.n.e.  El personaje se había convertido al cristianismo y traducía sin descanso la Biblia al latín.

Pero de frases, consignas y palabras pueden empedrarse algunos caminos, bastante retorcidos por cierto. Sobre todo el de los Juanes oportunistas a quienes las palabras del referido santo deben caerle como meteoritos en los oídos. A ellos les vendría mejor una de Ronald  Reagan:  «Algunos dicen que el trabajo duro no ha matado a nadie, pero yo me digo ¿Por qué arriesgarse?» Sobran los comentarios.

Y miren esta otra: «Cuando el trabajo no constituye una diversión, hay que trabajar lo indecible para divertirse.» Creo que pertenece a Enrique Jardiel Poncela, dramaturgo y novelista español que renovó el humor de su país y en el que fue maestro indiscutible.

Dice un refrán que para gusto se han hecho colores y para escoger, las flores. Pero ahora la cuestión no es de gusto, sino de necesidad. Lo lamento por tantos Juanes y familia, incluyendo a Juancitico porque «el que desde niño no empieza a trabajar, muy pronto empezará a pedir», según un autor anónimo de mi listado de frases célebres.

Sí, ya lo sé: «El trabajo endulza siempre la vida, pero los dulces no le gustan a todo el mundo», según Víctor Hugo, autor de Los Miserables, su más extensa y famosa obra.

Me pregunto, ¿sabrán estos y otros y otros Juanes y familia porqué van al desfile? ¿Conocerán que el 1º de Mayo fue instituido Día del Trabajo en honor de los Mártires de Chicago, obreros de una empresa estadounidense asesinados hace 124 años en esa ciudad, por llevar a cabo una huelga en demanda de una jornada laboral de ocho horas, cuando lo «natural»  era trabajar entre 12 y 16 horas diarias?

No Juan Pérez y familia. No te voy a decir dónde venden tempera, ni cartulina ni sombreros de yarey, porque tú bien lo sabes? Tampoco te voy a resolver acetato, ni palitos y mucho menos unas banderitas cubanas de papel... Rechazo tu «palique ambulatorio», como decía nuestro Raúl Roa.

Para mí, todos los días, el trabajo constituye motivo de celebración.

Y lo ha sido siempre, aun en las tareas y lugares más arduos.

Vete ¡allí mismo!, Juan Pérez. Esta no es tu fiesta.