20100506061706-elecciones-navio-yanqui-rumbo-a-la-habana.jpg

 

Por Mercedes Rodríguez García.

Desde principios del siglo pasado los partidos políticos en Cuba pugnaban por el poder, y para alcanzarlo valían por igual el fraude electoral y el asesinato.Parece una ironía, pero fue el «moderado» Don Tomás Estrada Palma, afiliado a ese partido, el primer presidente en proceder de manera cruenta frente a sus opositores del Partido Liberal, durante la llamada «Guerrita de agosto.»

El empeoramiento de la situación produjo los primeros alzamientos y la insurrección, especialmente en La Habana, donde se libraron combates de relativa importancia. Ante la difícil situación y el temor a que la Capital cayera en manos de los alzados, Estrada Palma solicita a los norteamericanos, «con la mayor reserva y rapidez»,  el envío de de dos o tres mil hombres para «evitar una catástrofe.»

A bordo del buque de guerra Des Moines, atestado de fuerzas navales y militares norteamericanas llegan a Cuba, los «comisionados por la paz» enviados por Roosevelt.  El 29 de septiembre de 1906, Mr. William H. Taft  toma posesión del cargo de gobernador provisional, hasta que lo sustituye Charle A. Magoon, cuya administración al decir de Hortensia Pichardo, se destaca por «dispendiosa y corruptora.»

Por fin, «sosegados los ánimos y la belicosidad de lo cubanos», el 28 de enero de 1909, asume la presidencia el general José Miguel Gómez, prototipo de político venal. «El tiburón se baña pero salpica», decía la expresión popular aludiendo al peculado y a la deshonestidad. En junio de 1912, bajo su gobierno se comete el crimen bochornoso, gratuito y deliberado de unos 3 mil cubanos pertenecientes al Partido Independiente de Color, hastiados del acoso de que eran víctimas e inconformes porque en los comicios parciales de aquel año solo cubanos blancos resultaron electos.

Con las elecciones generales del primero de noviembre de ese año comienza de nuevo la farsa politiquera,  que lleva al poder al conservador general Mario García Menocal. Casi nada pudo hacer la filiación liberal debido a la feroz pugna  entre «zayistas» y «miguelistas» desarrollada en el seno de ese Partido.

Hombre bien visto por la diplomacia del dólar, Menocal no hizo otra cosa que acentuar el deterioro de la nación, a despecho de la temporal prosperidad que la Primera Guerra Mundial trajo para la economía del país al elevarse considerablemente el precio del azúcar.  

Llega la etapa de elecciones parciales y con ella las claras intenciones reeleccionistas, apoyadas por la prensa reaccionaria. Gustoso, Menocal aceita la maquinaria dispuesta a violentar, incluso, la voluntad de la asamblea nacional de su propio partido. Esta vez los liberales acuerdan postular de nuevo a Alfredo Zayas con Carlos Mendieta como vice. El lema que los une: «Zayas, Mendieta, victoria completa.»

Desde el inicio de la campaña tienen lugar choques violentos entre grupos de ambos bandos. De nuevo, supervisores militares con poderes omnímodos, fraudes, presiones, abusos, ilegalidades. Las primeras noticias dan el triunfo al Partido Liberal. « ¡Pues, no, no, no y no!», dicen que gritaba Menocal, cuya astucia y aplomo cedieron ante «bravata» para el «cambiazo.»

Trapisondas a granel. Los partes locales no llegaban a la Junta Superior Electoral directamente sino a través e la Secretaría de Gobernación, donde se cambiaban descaradamente. Por si fuera, poco el gobierno cortó las comunicaciones telefónicas y telegráficas del Partido Liberal, e interceptó y ocupó los paquetes electorales en el camino a los colegios. ¿Finalidad? Sustraer los pliegos del escrutinio primario que arroja la votación legal y sustituirlos por otros falsos.

Para entonces ya no funcionaba la conga callejera: «¡Aé, aé, aé la chambelona...!»  Entonces, ¡a las armas «valientes liberales!» Los partidarios del presidente -prácticamente transformado en dictador- han logrado imponer su estribillo intimidatorio, más largo y menos pegajoso: «Tumba la caña, anda ligero, / mira que ahí viene el mayoral / sonando el cuero, /mira que ahí viene Menocal / sonando el cuero...»

Hasta que el 5 de marzo envía un mensaje al Congreso solicitando suspender las garantías constitucionales, «en atención a las circunstancias del momento.» La respuesta: «Queda autorizado el Presidente de la República, para suspender en todo y en parte del territorio nacional, mientras dure la actual perturbación del orden, las garantías establecidas en los artículos 15, 16, 19, 22, 23,  24 y 27 de la Constitución. Los liberales resisten pero finalmente son acorralados.

A las siete y media de la mañana del 8 de marzo, llegó a La Habana, el tren que conducía a los prisioneros, entre ellos el «cabecilla» José Miguel Gómez y su Estado Mayor. Todos fueron trasladados al Castillo del Príncipe. La acción donde cayeron prisioneros  tuvo lugar en un lugar conocido por La Hortelana, cerca de Placetas.

¿Los yanquis? Con la excusa de proteger el suministro de agua a la base de Guantánamo y salvaguardar las propiedades americanas, movilizan varios destacamentos de marines hacia el interior de la  provincia de Oriente. Lo demás es historia bien conocida. Téngase en cuenta que durante el segundo mandato de Menocal y bajo el pretexto del estado de guerra con Alemania, más de 2 mil 600 soldados norteamericanos acamparon en Camagüey y no se fueron hasta 1922.

De comicios en comicios nuevos, mayores y fraudes de todo tipo; corrupción, «bravatas» y «cambiazos» más sofisticados, y por supuesto, reiterados y bien aprovechados S.O.S  a los aliados norteños.

En lo adelante, unos más y otros menos, nada cambiaría  o cambiaría para peor. Con ciertos sustitutos no constitucionales y reelecciones, el desfile es grotesco: Alfredo Zayas Alfonso, Gerardo Machado Morales, Ramón Grau San Martín, Carlos Mendieta y Montefur, Miguel Mariano Gómez, Fulgencio Batista y Zaldívar,  Carlos Prío Socarrás.

Llegan las elecciones de 1954.Tras el golpe de Estado de 1952, Batista aspira a la presidencia de la República. Solo Grau San Martín, por el partido Auténtico, acepta tomar parte en los votaciones como candidato opositor. Pero no pudo. El exsargento taquígrafo devenido general está dispuesto a ganar las elecciones a cueste lo que cueste. Lo que aconteció después forman parte de la infausta memoria colectiva...

Hasta que llegó el verdadero cambiazo y la más grande, necesaria y definitiva de todas las guerras. Y los más libres y tranquilos comicios populares: sin inflar el número de votos, ni valerse de boletas falsas, ni  soldados cuidando los colegios, ni simuladas promesas, ni lluvia de pasquines.

Como escribió el poeta: (...) sin que la manden de afuera / ni venga un rufián cualquiera / a pisotearla en La Habana. Y añado yo: Porque La Habana es la Isla / y la Isla, soberana.