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De los casi 50 años de ejercicio docente de Lorgio Batard Martínez, 42 han transcurrido en la Universidad Central «Marta Abreu» de las Villas. Doctor en Ciencias Físico- Matemáticas, Profesor de Mérito y Miembro de Mérito de la Sociedad Cubana de Matemática y Computación, es autor del libro «Las ciencias exactas y naturales en Cuba, contribución a su historia», libro que saldrá a la venta en el 2010 con el sello de la editorial Nuevo Milenio. Hombre de conocimiento universal y cualidades humanas extraordinarias ha escrito decenas de artículos sobre temas tan variados como la Matemática, la Historia de la Ciencia, la Cosmología o la Pedagogía.  Acabados de cumplir los 68 años de vida terrestre -pues cree en la posibilidad de otras formas- mantiene una energía y mentalidad apasionantes. Sin embargo, no se considera un genio ni un ser de otro planeta. Se trata de un profesor- investigador que asegura:

Por Mercedes Rodríguez García


En su casa, durante más de cuatro horas, conversamos sobre lo humano y lo divino, del más allá y del más acá, siempre tratando de atraparle el alma que dice mucho más que el rostro. De palabra diáfana y diálogo fácil, Lorgio asegura no haber abandonado ni un solo semestre el aula de pregrado y que no piensa en una jubilación inmediata.

De nombre poco común -tal vez por algún beato del santoral cristiano- se lo puso el abuelo a su padre, su padre a él, él al primero de sus dos hijos y éste, al nieto primogénito. «Yo soy Lorgio II, y ya vamos por un Lorgio IV», bromea. Luego sería la «dinastía» de los Batard, legada por el bisabuelo y su hermano venidos a Cuba desde Francia en busca una fortuna que solamente encontraron en el trabajo y los libros.

-Y la Matemática ¿también una tradición familiar?

-Hasta cierto punto. Mi abuelo materno era maestro de escuela y mi madre, una doctora de Pedagogía que dedicó toda su vida a dar clases de Matemática en el nivel medio. Así que genéticamente soy portador del magisterio más que de la llamada ciencia de los números. Nunca me imaginé que me dedicaría a la investigación», argumenta.

- ¿Siempre sentiste predilección por la Matemática? ¿Eras uno de esos chicos geniales?

-Era la asignatura que más disfrutaba y además, donde sacaba los escasos sobresalientes que alcancé. Después, de adolescente, sentí inclinación por la Historia, la Astronomía, la Cosmología. Fui un muchacho más bien intranquilo, amigo de hacer maldades, todavía recuerdo una que hice en el bachillerato a un hermano marista y que me costó un castigo grande.

- ¿Fue por ello que te desaprobaron y cambiaste para el Martí, un colegio mixto y laico?

-No, en los Hermanos Maristas todos éramos varones y yo quería conocer muchachas de mi edad. Como mis padres no me autorizaban el traslado, se me ocurrió dejar montones de preguntas sin contestar en los exámenes internos de esa escuela y aprobar, sin embargo, todos los oficiales del Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, al cual estábamos incorporados. Así logré que me dieran baja por insuficiencia académica, y pude terminar allí el quinto y último año del Bachillerato.

-No practicas ningún culto o religión. Entonces, ¿qué te quedó de aquella enseñanza devota, escolástica, inflexible...?

-El hábito de estudiar a diario, la capacidad de integrar los conocimientos, y tal vez principios y valores como la honestidad, el amor al prójimo, la constancia, la capacidad de sacrificio...

-Luego del triunfo revolucionario matriculas Ingeniería Química en la Universidad de Las Villas. ¿Por qué?

-Era la única que incluía Matemática en su currículo. La licenciatura en Matemática no la abren hasta 1963, cursando yo el tercer año de Química. Solo me faltaba una asignatura para terminarlo, y aunque solo me convalidarían muy pocas asignaturas, decidí cambiarme.

- ¿Estudiabas y trabajabas?

¡No!, trabajaba y estudiaba. El Ministerio de Educación convocaba a oposiciones y yo me presentaba, aprobaba y me iba a enseñar Matemática en escuelas e institutos tecnológicos, incluso, laboré como inspector de la asignatura en lo que hoy constituyen las tres provincias centrales.

En 1967, sin el título en sus manos, Lorgio comienza a impartir clases en la Universidad Central como técnico auxiliar de la docencia y, sucesivamente, sin dejar de impartir clases, ocupa diferentes cargos: director de la Escuela de Matemática, vicedecano de la antigua Facultad de Ciencias y miembro del Buró Universitario Sindical. Desde hace tres lustros funge como asesor del vicerrectorado Docente.

-Escribes a toda hora y me enteré que recién terminaste un libro de historia universal de la Matemática en coautoría con Yanelys Estrada a quien diriges en su doctorado. ¿Cómo te distraes, qué queda para tu esposa, para los hijos de una y de otro, para los nietos, los amigos? En buen cubano, ¿cómo «desconectas»?

-Me gustan la música, el baile y las fiestas con familiares y amigos, pero en gran medida yo disfruto mi trabajo. Siento tanto amor por mi profesión que no encuentro mejor forma de recrearme, aunque te aclaro que en la casa me corresponde fregar y sacar la basura.

Lector incansable Lorgio repasa hasta tres títulos a la vez. Duerme poco. Le gusta acostarse relativamente tarde. «Con cuatro o cinco horas de sueño me basta. Escribo durante la noche-madrugada, es mi tiempo de óptimo rendimiento. Por la mañana me levanto, hago dos o tres planchas, y listo para lo que venga».

-En marzo de 2010 cumplirás 50 años de ejercicio docente. ¿Has llegado a algunas conclusiones acerca del paradigma de profesor universitario?

-A mi juicio y de modo inseparable debe reunir las siguientes cualidades: buen ser humano, amor por la profesión, dominio de la especialidad, de los métodos pedagógicos, y una cultura universal, además de sólidos valores revolucionarios, en toda la acepción del término. Una buena clase radica en recitar contenidos que aparecen en la bibliografía básica. El alumno de ver en el profesor a un amigo, lo cual le permite aconsejarle con prudencia y reprenderle, sin sermones. La clase no termina cuando uno sale del aula; el buen maestro lo es todo el tiempo, en cualquier lugar o situación.

- ¿Y tu modelo alumno universitario?

-Cualquiera que me haya demostrado interés en el estudio. No importa si sus calificaciones son de 5, de 4 o de 3; incluso, si lo he desaprobado en alguna oportunidad.  Para mí también es muy importante, la calidad humana de mis alumnos.  

- ¿Qué opinas de esos que en el ámbito académico llamamos «Abelarditos», por puntillosos y siempre detrás del 5?

 -Yo no creo en «Abelarditos». La vida me ha demostrado que muchos de esa índole no han sido tan buenos profesionales. Y por el contrario, sí aquellos que alguna vez tildamos de cabezones, los que andan con el chiste a toda hora, aunque sin abandonar su responsabilidad fundamental en la Universidad: estudiar. O esos otros que practican deportes, actúan en una obra de teatro durante los festivales, hacen la guardia, participan en las BET y son capaces de mantener una trayectoria docente decorosa. Respeto mucho a esos estudiantes integrales.

-Existen varios mitos respecto a la Matemática y los matemáticos. Los tildan de entretenidos, ajenos a las fiestas y a cualquier tipo de diversión, una especie de «abstemios integrales». Otro refiere que no pocos jóvenes, literalmente hablando, la odian.  Incluso los hay tan concluyentes que se «refugian» en carreras humanísticas «huyéndoles» a los números. A los que se deciden por carreras con fuerte componente matemático, ¿los consideras «habitantes de otra galaxia»? Los alumnos de preuniversitario que son buenos en Matemática ¿lo son en cualquier carrera universitaria?  ¿Especulo, estoy en lo cierto o exagero y generalizo?

-Existen y muy mal fundados por cierto. Ocurre también para con las especialidades de Física, y Química. Claro, no descarto la concurrencia de factores genéticos así como otros de índole social y familiar que determinan inclinación hacia las ciencias o hacia las letras, sin anular eso que llaman vocación. No obstante el cerebro de Einstein ha sido estudiado y no han descubierto nada especial. Se trata de muchachos y muchachas normales, con características biológicas y psicológicas muy parecidas a las de quienes cursan Filología, Derecho o Periodismo, por ejemplo. La Matemática desarrolla el pensamiento abstracto, lo cual beneficia el aprendizaje. Pero de ahí a que puedan estudiarla solo un grupito de superdotados, va un gran trecho.

- También persiste la idea de que los egresados de licenciatura en Matemática solo encuentran ubicación como profesores. ¿Y al que no le gusta la docencia? ¿A a larga no hará más daño que bien?

-La Matemática ya la definió Galileo Galilei cuando dijo que la Naturaleza era un libro abierto escrito en lenguaje matemático. O sea, que hoy en día no se puede hacer nada sin la Matemática, que es muy amplia. La docencia, constituye una posibilidad más, pero el matemático tiene la noble y dura misión de enfrentarse a todos los problemas de la ciencia y la tecnología, que van desarrollándose en progresión geométrica.

- ¿Algo así como que ya no hay matemáticos generales?

-Hoy se trabaja en rinconcitos de la Matemática. Y aquí se da la paradoja que enunciaba el endocrinólogo español Gregorio Marañón: «El médico que solamente sabe de Medicina, ni de Medicina sabe».

-Interpreto que por un lado eres especialista, pero por otro integralista o generalista, que también los matemáticos deben poseer conocimientos humanísticos. 

-En todo el adelanto tecnológico de que disponemos en la actualidad existen los modelos matemáticos, porque donde está la Matemática presente existe una garantía de llegar a resultados.

-Y si tuvieras que hacer promoción entre los jóvenes de preuniversitarios para que matriculen Matemática, ¿qué se te ocurre?

-Llevarles estudiantes de la especialidad. Nadie mejor que la propia generación para entender y explicarles a sus contemporáneos. Hay que desterrar la idea de que se trata de estudios para genios. Si tuviéramos que captar genios para cursar Matemática o Física y lograr todo lo que hemos alcanzado nos quedaríamos sin desarrollo porque los genios nacen uno o dos cada cien años.

- ¿Nunca le han gastado una broma sus estudiantes?

-Unas cuantas. Fue por un chasco que aprendí a tratar de no pasarme del tiempo estipulado para la clase. Me pusieron un reloj despertador dentro de una cubeta de metal debajo del buró, cuestión de que multiplicara el sonido. Me llevé tremendo susto, pero en lugar de molestarme me sumé a las risotadasas del grupo.

- ¿Algún momento difícil en su vida de profesor?

-Debe haber sido por los años 70. Le di a un alumno 99 puntos. Luego viene y me pregunta dónde se había equivocado. Reviso el examen y no veo ninguna de las marcas que yo acostumbro hacer en estos casos. Le doy la razón y le sobrescribo 100. Otros muchachos del aula se me acercan y me dicen que fulanito la había borrado. Y quién te dice que coloco la hoja de papel a trasluz y compruebo la trampa. Eran tiempos de una batalla campal contra el fraude académico. Pues por un punto, por un miserable punto que no le restaba el excelente, perdió la carrera.

- ¿Qué tipo de estudiante es al que siempre recuerdas?

-A los talentosos y brillantes, y a otros que me dieron mucha guerra pero que finalmente se graduaron. Y a un tercer tipo, memorable por sus atributos morales, delicadeza, afabilidad, trato respetuoso y agradable.

- ¿Disfrutas más la docencia o la investigación?

-Disfruto todo lo que asumo, de lo contrario jamás lo aceptaría.

-Y dentro del amplio espectro de las Matemáticas, ¿qué te deleita?

-Las ecuaciones diferenciales aplicadas a los problemas de la Física.

-He leído muchos de tus artículos en publicaciones diversas, sobre todo aquellos en que integras lo matemático y lo humanístico.  Pero hay un libro tuyo me encanta por su lenguaje ágil, claro, sencillo: «Ciencia y Esperanza», de la editorial Capiro. Contiene anécdotas, pinceladas históricas, importantes descubrimientos científicos, problemas de agilidad mental, huellas de contacto con extraterrestres y otros temas de interesantísimos relacionados con la evolución de la humanidad...

-Seguí la idea un ensayo periodístico del científico y escritor inglés Charles Snow titulado «Las dos culturas». Se refiere a la incomunicación existente entre los hombres de ciencia y los cultores del arte y la literatura. ¡Pobres aquellos hombres de ciencia incapaces de estremecer su espíritu ante una gran composición literaria o una obra relevante de la plástica universal!

- ¿Te consideras un científico inspirados por las musas?

-Sí, como cualquier poeta que requiere de una fuente inspiradora. La belleza de una teoría científica puede ser un criterio de su veracidad.

-Decía Séneca que nuestro universo resultaría muy limitado si no ofreciera a cada época algo que investigar; que la naturaleza no revela sus misterios de una vez para siempre. ¿Qué le queda por resolver a las Matemáticas, por ejemplo?

-Si el gran filósofo greco-latino viviera se asombraría del sentido profético de sus palabras. A pesar de los asombrosos adelantos de la Computación, la Nanotecnología, la Genética, etc., es más lo que queda por descubrir que lo descubierto. Y en todos estos hallazgos futuros estará, indefectiblemente, la Matemática.