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Por Mercedes Rodríguez García.

El 8 de octubre de 1959 la jefatura de la Cruz Roja en Las Villas recibe instrucciones para movilizar a sus hombres hasta El Nicho, lugar del Escambray donde tendría lugar el Primer Congreso Campesino de esa zona, organizado por el II Frente.

Hasta el intrincado punto parte el personal sanitario de la Brigada 17, entre ellos Leovaldo Carrazana, Israel Mazorra, Santos Martínez, Santiago Lliteras, Lidia Cabrera, Teresa Águila, Delia Cuellar, Manola Bosch y los doctores Osvaldo Carbó y Joaquín Peralta, muchos de ellos ya fallecidos.

En un camión hacen el viaje, y enseguida que llegan escogen el sitio para instalar el puesto de primeros auxilios: una nave abierta e inmediata a un secadero de café.  A Delia la designan para recepcionar a los enfermos.

Cuenta Delia que al otro día le trajeron a un lugareño muy alto y flaco que convulsionaba y al cual tuvieron que evacuar en helicóptero.  Detrás de ella -me contaba en 1997- cuchicheaban Nazario Sargent, Gutiérrez Menoyo y William Morgan y otros jefes que terminaron traicionando a la Revolución.

Según narra Delia en pocos minutos el farfulleo cede paso a la discusión, y escucha bien claro como uno de ellos expresa: «¡Miren qué cosa, después que nos hemos chiva'o tanto aquí, que ahora venga ése a mandarnos!» Habían salido de la asamblea visiblemente molestos, pues no surgía un acuerdo relativo a lograr la unidad del Ejército Rebelde.

Camilo llegó el 10 y antes de irse fue donde los sanitarios y se preocupó por los enfermos que en ese momento eran tres. Venía en busca de agua. 

Fue un momento de calma en medio de la tormenta pues, según refiere Leovaldo traía la cara de un rojo subido, y se negó a tomarse una foto con ellos. Luego de tomar agua se sentó en una de las camitas y, poniéndole uno de sus brazos por encima de los hombros a Teresa le dice: «Tú debes ser la mascota de la Cruz Roja, eres tan chiquitica...»

Leovaldo, quien siempre andaba con su mini Leika, testigo de muchos hechos vinculados a la historia de la Brigada 17, le pide a Camilo que permita tomarle una fotografía.

«Tan disgustado estaba -cuenta Leovaldo- que de momento no aceptó. Pero cuando se disponía a salir, volteó el rostro y fijó los ojos en Teresita, tan diminuta que parecía una niña de 15 años. La cuestión fue que regreso y nos dijo: «Bueno, vamos, me retrato con mi gente.»

Posiblemente esa haya sido una de las últimas fotos de Camilo en Las Villas. Pocos días después, desapareció en el mar.

Pero el narrado no fue el único encuentro con el Comandante Camilo Cienfuegos. Antes del triunfo revolucionario, en noviembre de 1958, fue él quien les entregó 19 soldados, prisioneros durante la toma del cuartel de Zulueta.

Expresa Lidia que Camilo les hablaba muy bajito, con mesura, y que sus gestos se le antojaban suaves, «aún cuando discrepó de la categorización de prisioneros del Ejército Constitucional de la República de Cuba, que consignamos en el acta de entrega a la Cruz Roja, pues en su criterio se trataba de prisioneros del ejército de la tiranía de Batista. (...) No sé de dónde apareció una máquina de escribir, cambiamos los términos, y solo así nos entregó a los militares.»

A estos hombres y mujeres les correspondería, además, la misión buscar y buscar durante días y noches algún rastro del Héroe. A Lliteras, sobrevolar el mar hasta las islas Bahamas; a Lidia, rastrear por la cayería norte de Caibarién; a Leovaldo, Teresita y Delia, por tierra firme.

«Fue duro, muy duro, tristísimo. Hubiéramos dado un pedazo de cada uno de nosotros por que apareciera. Había que ver todos los recursos que movilizó Fidel durante aquellos días incesante búsqueda. Había que ver cómo el pueblo se resistía a su desaparición física e inventaba historias de que se halló esto o lo otro. Cada vez que corría una falsa noticia Cuba entera se lanzaba las calles, con velas encendidas a la viren de La Caridad. ¡Nada! Se lo tragó el mar, pero continuó viviendo en el recuerdo, digo yo que se hizo más Camilo, más Héroe», terminó afirmando Lidia.