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Por Mercedes Rodríguez García

Tuve el privilegio de ver muy cerquita a Camilo. Debió ser por julio o agosto de 1959, en Flogar o El Encanto, dos de las más lujosas tiendas de La Habana de entonces. Estaba de vacaciones y, además, de ir a "pescar" de tarde en tarde al Malecón con un carretel de hilo de coser en cuya punta ataba un alfiler de "criandera", mi otro pasatiempo favorito consistía en ir a ver las vidrieras para tener una idea de lo  compraríamos y dónde, al otro día.

Iba a cumplir los ocho años en noviembre, así que podía pedirle a mi tía lo que quisiera con la seguridad de que no me lo negaría, presto siempre a complacer mis caprichos de modo especial durante el mes que, en compañía de una de sus hermanas, dejábamos Santa Clara para disfrutar de la Capital, sus cine, teatros, playas, parques de diversiones, acuario y zoológico, entre decenas de atracciones más.

Aquel día veníamos bajando por la escalera eléctrica cuando de pronto se arma tremendo algarabía. "¡Ahí está Camilo, ahí está Camilo!", gritaban desde todas partes. Casi nos pasan por arriba aquellos que, ansiosos e impacientes, no soportaron el ritmo de descenso normal y decidieron saltar los escalones de dos en dos para llegar primeros a la planta baja.

No preciso su rostro como ahora, pero me parece que mostraba la misma sonrisa de las fotos debajo del sombrero. Sí, recuerdo una pugna de brazos desesperados por alcanzar los suyos con las mangas dobladas hasta el codo; un carnaval de manos jubilosas en retirada luego de haber tocarle aunque fuera la punta de sus dedos.  

En cierto estado de éxtasis mi tía me levanta y me sostiene en alto, me enredo con el collar, lo halo, revienta, se desgrana, vuelan las cuentas de colores. Apenas logro sostenerme, pero ella insiste en no soltarme. Aún no me explico cómo logró en aquellas circunstancias sacar del bolso un voluminoso libro para colorear recién comprado, que tampoco puedo explicarme de qué modo lo sostuve por sobre mi cabeza, en permanente avanzada...

«Dile de que te lo firme, que te escriba Camilo con K y le ponga la ’bolita’ a la i», me repetía una y otra vez al tiempo que se abría paso entre aquellos señores, señoras y niños y niñas que rodeaban al legendario Comandante.

Lamentablemente el hecho quedó en el intento. El libro rodó al piso, y decenas de pies calzados le llenaron de magulladuras y desprendieron las hojas, tanto que no valía la pena recuperarlo. Y allí quedó, mucho menos deshecho que nosotras. Se nos escapó Camilo, mostrador adentro, protegido por la escolta, seguido de no sé cuántos empleados... supongo.

Mientras vivió, mi tía se encargó de recordarme aquel encuentro. Siempre lo evocó molesta, echándose -y echándome- las culpas del fracaso por no ser ella lo suficientemente ágil y yo, tan poco dispuesta y agresiva. «¿Por qué no le gritaste, ¡aquí estoy, aquí estoy, Camilo!, soy una niña de Santa Clara!; tenías que haber agitado el libro para que él lo viera por sobre los demás...»

Imposible, me dolía el brazo, aquel volumen con estampas de la popular serie Lassie -un Collie que llegó a compartir reparto con grandes estrellas del celuloide- resultaba demasiado pesado para mi humanidad, siempre precarios de musculatura.

Hoy transcurridos 50 años evalúo las circunstancias, no la culpa. De no habérseme caído el libro, ¿Hubiera llegado hasta Camilo? ¿Camilo me lo habría firmado? De habérmelo firmado, ¿se me hubiera caído?

De haber logrado mi propósito seguramente que aquel libro de colorear, jamás habría ido a parar al piso. Ningún vencedor permite que caiga su trofeo. Camilo era un barbudo por la que toda la nación deliraba.

Y a mí, y a mi tía y a todas las mujeres nos encantaba de modo particular su rostro, su barba,su sonrisa, su sombrero...