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Por Mercedes Rodríguez García

Algo por dentro me lo decía, que sí, que Luiz Ignacio Lula da Silva lo conseguiría. ¡Casi un milagro!, como aquel terco marino y explorador británico Ernest H. Shackleton, quien junto a los 22 marinos de su tripulación logró sobrevivir durante veinte meses atrapado en los hielos del océano Austral.

Hasta un día en que les informó que atravesaría, junto a cuatro de sus compañeros, el Paso de Drake para conseguir ayuda. Ninguno le creyó. Imposible que en un pequeño bote la travesía hasta San Pedro, la más cercana de las islas, terminara exitosamente. Sin embargo, regresó a bordo de una embarcación de rescate y salvó al resto de su expedición.

Cuentan que gracias a su liderazgo, disciplina y una confianza que rayaba la locura, el señor Ernest consiguió el milagro: ni uno solo de sus hombres sucumbió en las condiciones extremas de la Antártida.

Distante en el tiempo, lo relatado me sirve ahora para reafirmar que en el optimismo reside el verdadero valor moral. ¿Acaso muchos no dudaron también de Lula Da Silva cuando auguró una pronta recuperación económica para Brasil? Y ahora que ha robado a Madrid el sueño de los Juegos Olímpicos del 2016, ¿no ha terminado también convirtiéndose en un referente de la esperanza, sobre todo para la izquierda y toda Latinoamérica? ¿Milagros?

Sin dudas que es un mandatario de mucho carisma, pero además, como sir Shackleton, un hombre pragmático. Se afirma que su pragmatismo marca su evolución y el rumbo de su partido.

Brasil está donde está en parte gracias a Lula pero, también, gracias a un largo proceso de acumulación y continuidad de políticas que han permitido recuperar la estabilidad monetaria. Hay que reconocerle un gran olfato político. En plena crisis global, la nación que preside ha creado 680.000 puestos de trabajo fijo. Se calcula que el próximo año el aumento del PIB podría llegar a un 5%.

Muy inteligente a la hora de gobernar, Lula logró establecer coaliciones con los partidos más derechistas y corruptos del país, como el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), y a los que denomina públicamente y sin miedo «trogloditas de la derecha».

Lo cierto: El hombre que proclamó la llegada de una «nueva era» cuando dominó las presidenciales en 2003, había sufrido con anterioridad tres derrotas en los comicios para el cargo.

«El que persevera triunfa», dice un refrán popular. Luiz Ignacio Lula Da Silva, aquel que nunca ha olvidado que fue detenido y torturado por los militares dado sus vínculos con el Partido Comunista Brasileño, ha demostrado nuevamente su tenacidad, su condición de líder.

Ojalá que para los Juegos Olímpicos el mundo se haya recuperado de penosas y graves enfermedades naturales y de otras provocadas por el desenfreno de políticas guerreristas y antiecológicas.

De seguro, Brasil, constituirá una sede muy atractiva, tanto como su modernísima capital, su fabuloso carnaval y su maravillosa música.

Un aire novo para la viejo mundo. Sin dudas un enorme desafío para el Gigante Sudamericano. Y de milagro, ¡nada!: prestigio y hechos.