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Por Mercedes Rodríguez García.

Propensos al chiste, al invento y a los más disímiles malabares a que nos ha obligado el cruento y prolongado bloqueo imperialista, amén de otros cercos no menos dañinos del que solo nosotros somos culpables, los cubanos no acabamos de cobrar conciencia de la crisis planetaria económica, financiera, alimentaria y ecológica que ya tenemos encima, y que como nunca antes golpea con especial fuerza a las naciones más pobres, y por lo tanto, vulnerables del mundo, nuestra Isla, entre ellas.

 

Si nuestra prensa abordara de modo sensacionalista los efectos de tal crisis, muchos titulares nos habrían quitado el sueño que, pese al calor sofocante todavía mitigable con ventiladores y aires acondicionados, transcurre relativamente tranquilo gracias a garantías primordiales que el Estado y Gobierno mantienen a pesar de los pesares, y que a fuerza de cotidianas no sabemos apreciar en su justos valor y medida.

Felizmente para nuestro país, «ya no estamos en los tiempos en que cuando estornudaban en Washington había pulmonía en La Habana», como escuché decir a un vecino bromeando con un colega empeñado en hacerle ver, incluso con cifras y hechos constatables, que la situación se estaba poniendo más dura cada día. Testaruda fue la respuesta:

-Mire, amigo, si usted es periodista sabe mejor que yo que con la Revolución nadie puede. Llevan 50 años tratando de tumbarla, atentando contra la vida de sus principales líderes, ¡y nada!, mírenos aquí. Si pasamos los años más duros del período especial, si sobrevivimos a las caídas de todos los muros socialistas, ¿usted cree que puedan sobrevenir tiempos más difíciles?

Para quienes comparten la filosofía y pareceres de mi vecino, explico que la crisis, dilatada a los cuatro puntos cardinales del planeta, ha tirado por tierra los precios internacionales de materias primas y productos que Cuba exporta y, en cambio, ha incrementado el costo de otras que importamos, incluso ha causado la disminución del envío de remesas en divisas a Cuba.

Un ejemplo de lo anterior es el níquel, cuyo precio ha caído casi cuatro veces por debajo con relación al 2007, lo que representa para el país una disminución de ingresos por ese concepto de casi aproximadamente el 75 %.

También han disminuido los precios de venta del tabaco, pescado, mariscos y otros rubros importantes de nuestro comercio exterior, mientras continúan disparándose sin cesar los de productos como la leche en polvo, cuyo costo prácticamente se ha cuadruplicado en el último bienio; los frijoles, que de alrededor de 300 dólares la tonelada hace tres años han pasado a costar más de 900, el arroz, que también ha subido el triple, así como la soya, el pollo congelado y otros alimentos que importamos.

No se trata de atiborrarlos con datos ni de sembrar la alarma o la incertidumbre, como pretenden las agencias de prensa capitalistas con titulares como «Cuba anuncia restricciones al consumo interno a causa de la crisis económica» o «El país recurrirá a los apagones de electricidad si no se consiguen los objetivos de ahorro energético». La cuestión radica en interiorizar todo lo que al respeto se escribe, se dice y se muestra en nuestros medios de difusión, cuyo tratamiento al fenómeno cobra importancia vital por lo desacostumbramos que estamos a los análisis financieros. 

Y un tanto la culpa es nuestra al gozar los privilegios de un ordenamiento socialista que ubica al individuo y no al mercado en el centro de sus prioridades, preocupándose y ocupándose con especial ahínco en realizar una distribución lo más equitativa posible entre todos los ciudadanos, de los recursos de que se dispone. De ahí la gran tensión financiera que obliga al país a buscar estrategias que le permitan afrontar de forma más eficaz la delicada situación creada.

La crisis no es una invención para justificarnos de algunas meteduras de pata que nos han llevado a la ineficiencia empresarial y al abandono de la cultura del detalle. Sus complejas aristas comienzan a sentirse en no pocos espacios de la armazón institucional del país.

Por si no lo sabía, existen fábricas cuya producción está paralizada desde hace unos cuatro meses, y el turismo, una de las principales vías de ingresos, también puede verse afectado, no solo por la disminución en la entrada de visitantes a Cuba, sino porque sus respectivos países también se hallan en crisis, y de ella nadie escapa, al no ser ese 20 % de la población mundial que acapara las riquezas del ya exhausto planeta Tierra.

No quisiera caer en reiteraciones ni en parrafadas doctrinales para tratar de suavizar términos y palabras a las que no estamos acostumbrados. Tampoco es mi deseo lacerar ese optimismo que caracteriza a los cubanos y sobre el cual construimos el chiste, asumimos el invento y hacemos los más disímiles malabares, tal y como en los peores años del periodo especial, cuando se hundió hace ya casi dos décadas el bloque soviético, nuestro principal proveedor.

La actual crisis no es un fantasma, aunque sí recorre el mundo. En nuestro caso, agravada por las pérdidas de 10.000 millones de dólares que causaron tres huracanes en 2008, la merma de la exportaciones y el aumento del costo de las importaciones.

Fidel, en sus Reflexiones del 9 octubre de 2008, informaba que se irían tomando medidas en el transcurso del actual año, de acuerdo con el impacto de la recesión económica mundial sobre la Isla.

Luego, sin tintes de ingenuidad, dedicó varios párrafos a explicar detalles sobre la situación, como para afianzar bien los pies sobre el terreno. Y resumió: «Toda la prensa internacional habla del huracán económico que azota al mundo. Muchos lo presentan como un fenómeno nuevo. Para nosotros no es nuevo, estaba previsto.»

Más tensiones se avecinan, así que a ahorrar, a agilizar la inteligencia y prever al máximo las afectaciones, a buscar permanente soluciones a los problemas, a trabajar con organización y planificación.

Sí, mi vecino, a usted le asiste parte de razón. Cierto, no estamos en los tiempos en que cuando estornudaban en Washington había pulmonía en La Habana. La cuestión es que Washington tiene pulmonía y sus neumococos han infectado al mundo.