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Por Mercedes Rodríguez García

 

No sé si llegó la hora de la verdad o continuará la era de la mentira. Pero el día es hoy: Barack Obama asume como el 44 presidente de los Estados Unidos.

 

Mientras máscaras de su rostro se fabrican y venden como pan caliente en zonas populosas de Washington D.C., dentro del contexto estadounidense muchos esperan cambios en la política exterior, o al menos un alivio de las tensiones en el ámbito internacional. Porque al mundo le duelen las entrañas, y la esperanza es lo último que se pierde. Mas, me sumo a lo que hace unos días expresó el mandatario venezolano, quien le grita en la cara las verdades al Imperio.

 

Dijo Chávez: "Pareciera que (Obama) va a ser un nuevo fiasco para su pueblo y para el mundo. Ojalá me equivoque, pero me parece que va a ser la misma miasma."

 

También apuntó que presidente electo es "lengua floja" (habla sin freno) cuando le preguntan por Venezuela, "pero cuando le preguntan sobre la masacre de los niños en Gaza no responde, se queda callado. ¡Ay, Obama qué mal te veo!", exclamó.

 

Y aunque vea el vaso medio vacío, sus razones tendrá.

 

Si Obama se comporta de modo inteligente (porque lo es, y ¡brillante!) ya habrá estudiado los primeros movimientos de Roosevelt, quien se rodeó de asesores brillantes y logró revertir los desastres de la era conservadora, aún cuando la miseria quedó mucho tiempo flotando en el aire, pero hasta las más castigadas víctimas de la Gran Depresión afrontaron los malos tiempos con esperanza.

 

Y es saludable no perderla.

 

De hecho su estrategia de ponerse en contacto directo con el pueblo norteamericano, le dio votos y, por supuesto, resultados.  ¿Se apagará la enorme expectativa que despertó su campaña cuando quede claro que su carisma resulta insuficiente para torcer la realidad?

 

Por repetido apesta: al marcharse, George W. Bush deja una crisis financiera que, según declaró alegremente el vicepresidente Dick Cheney, "nadie vio venir" y cuyas consecuencias afectarán al mundo entero ¡quién sabe por cuánto tiempo!

¿Logrará revertir la situación más temprano que tarde? Puede que no, puede que sí, porque en el país del Tío Sam ocurre lo concebible y lo inconcebible. Y ese es el primer punto de su agenda: revitalizar la economía, asunto tan excluyente que hasta le ha permitido postergar su opinión sobre lo que sucede en Gaza y cuyas consecuencias devastadoras superan las de un terremoto.

Barack Obama, por ser negro, no difiere del prototipo de hombre americano y se suma como un actor de primera línea al permanente show mediático en que vive inmersa esa sociedad.

El pasado domingo, por ejemplo, asistió a una gala musical repleta de estrellas del espectáculo, y marcó el inicio de los festejos que culminan hoy con su investidura.

En el Lincoln Memorial de la ciudad de Washington, Obama fue aplaudido por el público, que presenció las actuaciones de Bruce Springsteen, Shakira, U2, Beyonce y Jon Bon Jovi, intercaladas con mensajes de actores como Denzel Washington, Tom Hanks, Forest Whitaker y Samuel L. Jackson.

Sin embargo en medio del glamour de este tipo de espectáculo, reconoció: "A través de nuestra historia, sólo a algunas generaciones se les ha pedido que enfrenten retos tan serios como los que encaramos actualmente. Nuestra nación está en guerra. Nuestra economía está en crisis'', indicó Obama.

Y puede que el Plan de Recuperación y Reinversión, que decidirá grandes capitalizaciones, revitalice la economía y siente las bases sólidas para el crecimiento.

Según los analistas y politólogos, y a partir de lo ya  emprendido, lo más novedoso de la propuesta de Obama, sin embargo, es menos visible y constituye la materia misma en la que está tramado su plan.

En primer lugar está la idea de que el gobierno tiene un papel para cumplir. Desde Ronald Reagan, para quien el gobierno era el problema, esa idea había sido borrada del imaginario norteamericano.

Otra meta igualmente importante es la búsqueda de coincidencias con la oposición porque el país es uno solo, algo en lo que Obama insiste desde su discurso ante la Convención Demócrata de 2004 que proclamó la fórmula John Kerry-John Edwards.

"No existe un país liberal por un lado y un país conservador por otro: existen los Estados Unidos de América", dijo aquella vez.

¿Ya lo olvidaron? ¿Y qué han sido siempre los Estado Unidos? ¡Bah! De verdad que no lo creo. A Obama se le sale el pragmatismo por los por los poros, de ahí que aceptará toda idea que le parezca buen, independientemente que venga de Demócratas o de Republicanos. De no actuar así, reitero, no sería norteamericano. Observen como incluyó en su gabinete a dos funcionarios de Bush (el secretario de Defensa Robert Gates y el asesor de Seguridad Nacional James L. Jones) y ha invitado como orador en la asunción de hoy, al pastor Rick Warren, quien se opone a la unión entre homosexuales.

Y estoy segura que Obama no desea que lo acribillen a balazos. Ya vieron la forma cortés, elegante y gentil con que la administración saliente se despidió, dándole la bienvenida a la Administración de Obama. La transición no ha tenido fallos. George W. Bush le desea éxito a Obama genuinamente y de corazón.

En el subconsciente queda la imagen del Bush decente y buena gente «que deja la Casa Blanca con su cabeza en alto y con sus oraciones por los líderes y el pueblo del país al que él tanto ama.»

Olvídense, no habrá milagros. Si los fenómenos climatológicos y los desastres naturales le dan chance a la Tierra para que superviva, Estados Unidos no superará la crisis en menos de una década. Quizás ese pueblo tenga que aprender a vivir en depresión económica, con ricos muy ricos y pobres muy pobres a los que se irá acercando la clase media. Ello, si Obama logra crear 4 millones de puestos de trabajo para compensar la pérdida de otros tantos. Y aunque una gestión no puede crear empleo o crecimiento a largo plazo, puede cambiar otras cosas.

Lo cierto, cierto; lo clarito, clarito: Obama no cuenta con mucho tiempo para probar que el Estado puede mejorar la vida de los ciudadanos. Lo nuevo, no siempre es lo bueno.

Pero vamos a comportarnos de modo optimista, sin obviar algunos detalles del pasado del carismático presidente, como lo demuestra su cautivadora autobiograía («Dreams from My Father», en español, «Sueños de mi padre.»), para mí Obama se mantiene como una figura frustrantemente elusiva y enigmática.

Junto con gran parte de la humanidad Estados Unidos llega sin aliento este 20 de enero. Proliferan más los dramas y las tragedias, las amarguras acumuladas, de ahí que las esperanzas ofrecidas pueden caer en tierra estéril y transformarse demasiado rápido en desilusión.

¿Con relación a Cuba? Para qué negarlo, al menos yo, espero un acercamiento, o al menos, conversaciones no muy lejanas, en este o en un tercer país. Si ambas partes se comportan civilizadamente, con absoluto respeto a sus soberanías, podremos vivir mejor en muchos sentidos. Basta ya de políticas absurda de restricciones, de prohibiciones a los viajes, no solo a los cubanos sino en general a los norteamericanos, por solo referirme a uno de los aspectos de la agenda negociadora, el más humano, el que más nos ha golpeado a lo largo de medio siglo.

La vida, el futuro de los seres humanos impone la discusión, transformación, repensar constantemente lo que se hace y cómo lo hace. Sin claudicaciones, un pelo del lobo. ¿No?

Entonces, que se imponga la esperanza. Ojalá este lobo no sea tan feroz y ladino como el que se zampó a la abuela de Caperucita.

Yo, particularmente,  sigo dudando y cuidándome de sus ojos, orejas y boca descomunales, porque esta vez no habrá leñador por todo los alrededores.