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Por Mercedes Rodríguez García.

 

Como un globo inflado con hidrógeno la pregunta flota en casi todos los ambientes: ¿Quién será el vencedor en las elecciones  presidenciales de los Estados Unidos de Norteamérica el próximo martes 4 de noviembre, el republicano John Mc Cain o el demócrata Barak Obama?

 

Si usted ha seguido de cerca la actual campaña electoral desde las primarias en enero,  pudo percatarse de que sobre  las estadísticas generadas por las  grandes encuestadoras descansan los pronósticos, y estos —según los analistas— indican que el puño. del primer candidato negro  en más de dos siglos de la poderosa nación, toca las puertas de la Casa Blanca. La cuestión es que los votos abran y la coyuntura de última hora lo deje entrar.

 

Y manejo la incertidumbre porque, sencillamente, en el país  poblado por 301 millones, 139 mil  950  seres humanos, el 83,4 % son blancos  y solo el  12.4 %, negros o afronorteamerianos, como ellos mismos prefieren llamarse. Clasifica como asiáticos el 3.3 % y como nativos americanos, el  0.8 %. En materia de religión, los porcientos también hablan: protestantes,  58 %; católicos,  26 %; judíos,  2 %; otros,  6 % y sin filiación alguna, 8 %.

 

Así que en el país de las maravillas cualquier cosa puede suceder y desviar el curso de los acontecimientos. Desde la aparición de un anuncio publicitario promoviendo el champú que usa Mc Cain para abrillantar las canas y frenar la calvicie, hasta renovados instintos sureños a lo kuklos, fanatismos religiosos, psicópatas, francotiradores a sueldo con armas de adecuado alcance y calibre, sin descartar una descarga eléctrica «descarriada» sobre la cabeza del elegido por designios de la Naturaleza.

 

Entonces, a solo 24 horas del gran día, no seré yo —desde mi humilde puesto de redactora-reportera de prensa— quien se achicharre respondiendo de modo tajante a los tantos vecinos, colegas, estudiantes y conocidos que me abordan a diario solicitándome un rotundo parecer. Demasiada exigencia en medio de tanta confusión in situ  y «a little bit further on», como diría en inglés mi querido locutor Machín de la Peña. 

 

¡Ni que yo fuera Nostradamus!, autor de las Centurias astrológicas,  famosa colección de profecías que describe  acontecimientos ocurridos desde mediados del siglo XVI hasta el fin del mundo, el cual según sus predicciones tendrá lugar en 3797.

 

De modo que casi siempre me limito a dar un juicio, un parecer, una lucecita.  Porque, afirmar este o aquel  en medio del actual panorama incierto estadounidense, no lo han hecho ni los expertos  de esa acuarela de nacionalidades, razas, religiones y tendencias, donde los estados claves para atrapar sufragios  resultan campos de batalla bombardeados por las cámaras de TV.

 

Porque,  a contrapelo de la crisis financiera que conmueve a la gran nación, el dinero para los espectáculos electoreros no ha faltado, mucho menos, el que respaldó las transmisiones en vivo de los cuatro debates establecidos para que los contendientes impresionaran con su compostura, agilidad mental y gracia, pero además, desataran su lengua, furia, bajas pasiones, verdades, medias verdades, mentiras, promesas y más promesas, a una audiencia  cuya auténtica disputa transcurre  a nivel de la cocina, gasolineras, mercados, empleos, etc., sin excluir a quienes lideran las empresas pilares del sector hipotecario y a otros que aseguran que ya Osama Bin Laden yace acorralado en un punto fronterizo entre Afganistán y Paquistán.

 

El tema, espléndido para especular, también da pie para decenas de interrogantes que por supuesto no pienso escribir, pues repetiría algunas de las que ya han publicado colegas de dentro y fuera de esta islita que en casi medio siglo no ha ganado mucho respecto al partido que ocupe la silla presidencial, ya sea republicano o demócrata. Claro, sé que muchos compatriotas tan aficionados a la política internacional como al béisbol, apuestan por Obama.

 

Digo yo: lo nuevo no siempre es lo bueno. Pero en este caso pudiera venirnos mejor que el añejo Mc Cain, siempre engolado en su traje azul y considerado, además, con un clon del actual presidente George W. Bush, de quien solo hemos recibido mandarreazos  y más mandarreazos pero que, como dice una canción pop algo verdulera de los ochenta: «Me quedé con ganas».

 

Mas, no se trata solo de Cuba. Desgraciadamente, de lo que sucede y suceda en los Estados Unidos de Norteamérica —donde no se vislumbra una solución a corto plazo con relación a la crisis financiera, pero también estructural—, dependerán los destinos de la humanidad, desde hace rato sometida a los designios guerreristas de la gran potencia, amén de los desastres naturales, violentos cambios climáticos, contaminación ambiental, hambrunas, plagas y pandemias apocalípticos. Y aunque un mundo mejor es posible, el Planeta arde por los cuatro puntos cardinales.

 

Así que ojalá Nostradamus haya acertado en su profecía del fin del mundo, y  errado en sus cálculos astronómicos y matemáticos los sabios indígenas creadores del calendario solar Maya, más preciso que el que hoy utilizamos y que sitúa el fin del mundo para dentro de cuatro años.

 

Respecto a los Estados Unidos hay que pensar en todo, porque en medio del torbellino financiero actual  ya aconteció lo impensable, cuando el 24 de septiembre la Cámara de Representantes rechazó la aprobación de un plan de rescate económico por 700 mil millones de dólares, propuesto por  Bush.

 

De hoy en adelante, el mundo espera a la puerta del salón de parto. Solo que en el ultrasonido a la madre no pudo precisarse el sexo de la criatura. Al menos esta campaña electoral  no ha sido nada aburrida por lo fascinante que resultó el cachumbambé en que estuvieron montados todo el tiempo los contendientes.

Pero dejemos ese gran parque de diversiones a los Disney que es EE.UU. y esperemos la contienda final en el cuadrilátero a lo Vegas City: en la esquina roja, Mc Cain son su vice ovejita, Sarah Palin; en la azul, el negro musulmán convertido al cristiano, Barak Obama y su vice pastor blanco, Joe Biden.

 

Paciencia. Que los árbitros decidan por puntos aritméticos o por nocaut.  Pero no descartemos que el combate pueda terminar con puntos suspensivos.