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 Por Mercedes Rodríguez García 

Sería positivo que la tragedia aeronáutica ocurrida en San Pablo, que enluta al querido pueblo brasileño, a cuyo pesar nos sumamos los cubanos —!Y bién qué sabemos cómo se llora este tipo de víctimas: ¿recuerdan el crimen de Barbados?— http://www.granma.cu/barbados/index.html, sirviese para que los dueños de las compañías aéreas tomaran conciencia de lo que representan estas catástrofes, más allá de los indicadores económicos. Cada día ocurren con mayor frecuencia accidentes de esta índole. ¿Cuál sería la metodología más apropiada para prevenir y evitar tamaños desastres?

Desde hace meses, diferentes sectores de la actividad aérea vienen alzando sus preocupadas y responsables voces para denunciar los graves riesgos que, a su juicio, están implícitos en el mero acto de subirse a un avión. 

 En forma reiterada, los medios periodísticos de todo el mundo han venido dando cuenta de numerosas situaciones de extremo peligro para aeronaves en vuelo, aterrizando o en proceso de decolaje. Incidentes que sólo por cuestión de segundos pudieron terminar en hechos similares al terrible accidente de San Pablo.  En la era de las comunicaciones, la aeronavegación mundial traslada a millones de personas que vuelan en forma simultánea.

Merced a los tratados internacionales sobre esta materia, las políticas responsables, los progresos técnicos y los esfuerzos humanos, y la permanente capacitación de quienes tienen en sus manos esos millones de vidas, los índices de mortalidad por accidentes aéreos son muy inferiores a los que consignan las estadísticas sobre inseguridad vial en cualquier parte del mundo.  

Es altamente deseable que la congoja por la pérdida de más de 270 vidas en el mayor accidente de esta clase en América Latina gravitase sobre la conciencia de las autoridades implicadas  y las impulsase a actuar sin dilación en esta materia. No deberíamos olvidar que si bien el aprendizaje suele ser costoso, la vida humana no tiene precio. Estamos a tiempo de evitar accidentes irreparables. Aprendamos de la dolorosa lección que nos deja la tragedia de San Pablo.