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Por Mercedes Rodríguez García. 

Su carácter, su fisonomía, toda su psicología individual caminan junto a su temperamento, su sociedad, su país... Algo superior parece animarle: convicciones sinceras, un amor ardiente a la patria, a la libertad, e incluso, un probado desinterés. Al pueblo que lo sigue le inspira, le da una disciplina, le alza el heroísmo. Y seguro de sí mismo, avanza. Conductor de hombres, este jefe revolucionario es también estratega y, a la vivacidad de espíritu, une la firmeza de juicio, de ahí que emprenda y saque adelante misiones políticas a veces complejas y sutiles.  Con sorprendente facilidad capta todas las posibilidades de los hombres y los mueve a batallas cotidianas, los convierte en  centro de sus operaciones estratégicas, y, con sus potencialidades humanas y profesionales, planifica la táctica adecuada. En la ciudad, en los bateyes, en cualquier comunidad rural; en una escuela, en una fábrica, en un hospital o en una casa de cultura, este hombre mide con exactitud la realidad,  los trances del momento y los por venir. Inspira y  asegura con frecuencia la victoria. Para este revolucionario —al que sabemos le contraría el sustantivo jefe—, la obra decide y fecunda, crece fermentada por una levadura nueva. Empuja.  En su bregar partidista considera esenciales las ideas, que  interpreta y defiende con ánimo de abeja, corazón de león y cuerpo de atleta. Él siente como nadie la necesidad de unir, de comunicar sus temores, sus alegrías y esperanzas y, sobre todo, de debatir para  mejorar y  reformar. Vibra y hierve bajo su aliento enérgico. La efervescencia lo empuja a la acción.Anda o recorre con sencillez las calles de su pueblo. Disfruta sus progresos, propugna e impregna que cada cual sea recompensado según sus obras y talento.  La gente le cree, le agrada su figura y esa manera suave pero firme de llamar la atención. Su ejemplo contribuye al éxito. Ama lo bello del mundo, aunque escasos hayan sido los  minutos que sus deberes sociales y políticos le dejan libres para disfrutar una canción de los Beatles, de Silvio, de Pablito; un poema de Benedetti,  de Neruda, y hasta  un beso o un reproche de su esposa, una travesura de sus hijos. Importante le resulta existir intensamente.  Con hombres así mi país avanzaría más rápido.  Si existe algún parecido con un líder real, no es pura coincidencia.