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Aquel día de julio de 2003 la oportunidad de conversar con alguien muy cercano al Comandante en Jefe llegó sin preparación previa. Estaba en Santiago de Cuba. Había fiesta caribeña. Pienso en que este 13 de agosto Fidel cumplirá 80 años, y bueno resulta rememorar una de las conversaciones más fructíferas que he tenido en los últimos tiempos: Se trata de la entrevista que hiciera entonces a Pablo Caballero Cuza, fotógrafo personal del máximo líder de la Revolución cubana.

Por Mercedes Rodríguez García

Estoy  en la sala del plenario donde el 21 de septiembre de 1953, se iniciara el juicio a los encartados en la Causa 37 radicada en la Audiencia de Santiago de Cuba por el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

No sé si más o menos que entonces. Pero el calor de este 5 de julio de 2003 resulta sofocante. Así que no me cuesta ningún trabajo sentir en carne propia el que debe haber pasado el joven Fidel Castro, de cuello y corbata, enfundado entonces en su único traje, de lana color azul marino. Quizás haya sido esta una de las razones por las que demoró en usar semejante vestimenta, muchos, muchos años después, y luego de aparecer en público con una guayabera blanca, todo un acontecimiento para los cubanos y motivo para que más de una agencia de prensa extranjera encabezara sus despachos sensacionalistas.

Y de blanca guayabera anda también, de un lado a otro del imponente salón, un mulato canoso, de cara ancha, mediana estatura y complexión fuerte, a quien me he propuesto «conquistar», y Mónica, mi colega santaclareña, retratar en plena actividad.

Lo conozco de vista y de nombre. Sobre una mesa, en mi casa, tengo una foto que nos hiciera, junto a Fidel, a las cuatro mujeres de la delegación villaclareña al VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el 14 de marzo de 1999. En semejantes reuniones con carácter diferido, volveríamos a coincidir, siempre muy cerca ambos del máximo líder de la Revolución cubana.

Sin embargo, ¿constituiría este un argumento lo suficientemente persuasivo como para que me concediera una entrevista con todas las de la ley? ¿Me reconocería Pablo Caballero Cuza, fotógrafo personal del Comandante en Jefe? Y como de momento no se me ocurrió otra cosa, lo enfrento con un amistoso «¿Qué tal, Pablo?», como si se tratara de un viejo conocido al que demuestro singular cariño, gracias al efecto unísono de delicados y continuos palmoteos de mi mano derecha sobre sus sólidos bíceps.

—Labor difícil, ¿eh?

—Ya estoy acostumbrado, en esta profesión se ejercita todo.

—¿Estimulante?

—Sí, siempre en movimiento físico y mental, con los reflejos activados.

¡Bárbaro!, digo para mis adentros. Entre los dos ha surgido una corriente empática. Lo confirmo porque, además de responderme con afabilidad, me pasa su brazo izquierdo por el hombro y me insta a seguirlo.

Del Palacio de Justicia a la actual Ciudad Escolar 26 de Julio, vamos a pie. A las 7:00 p.m. debe inaugurar una exposición con fotos inéditas de Fidel, y aunque el sol todavía reverbera, solo faltan minutos para la apertura.  

Respecto a la solicitud formal de entrevista, no me dijo ni sí ni no. Sin embargo, tratándose de quien se trataba, debía confesarle mis verdaderos intereses, de modo que no viera en preguntas sucesivas segundas intenciones y, sin prejuicios y hasta donde le fuera posible, me refiriera aspectos poco o nada conocidos acerca del jefe de Estado cuya cantidad de atentados fallidos se clasifica como récord mundial; y por demás, hombre que rechaza el culto a la personalidad y nada proclive a revelar aspectos de su vida privada.

Sobre la marcha continuamos el diálogo:

—¿Desde cuándo trabaja como fotógrafo del Comandante en Jefe?

—Desde 1969 ó 1970.

—¿Alguna vez se ha ganado un regaño por cuestiones profesionales?

—¿Por tirarle una foto? No, aunque en determinado momento en que está absorto en lo que dice o hace,  el relámpago del flash lo saca de su concentración, lo mismo le sucede con las luces de la televisión.

—Y, debido a causas imprevistas, ¿se ha quedado sin película?

—Sí, mas se ha solucionado porque él ha sabido esperar pacientemente. En ese aspecto es muy comprensible.

Tiene Fidel —y usted, por supuesto— predilección por una marca específica de cámara fotográfica?

—No. Yo siempre he preferido la Nikon, porque es de las mejores, muy segura. No puede decirse que Fidel sea un aficionado a la fotografía, aunque sí ha tomado algunas y aprecia su valor documental y artístico. Siempre habla de las imágenes de Martí, de cómo a pesar del tiempo han llegado a nuestros días en bastante buenas condiciones; he aquí una de las ventajas con respecto a la digital, que no resisten más allá de 20 años de almacenamiento. Yo prefiero el negativo en colores, o  blanco y negro, según los fines.

—¿Lo considera un personaje difícil de captar?

—Eso depende de dónde se encuentre. Si se trata de una reunión, hablando con alguien, recibiendo a una personalidad. En los recorridos se muestra muy dinámico, se mueve entre la gente, conversa con los obreros, con los jóvenes, y ello dificulta un poco la labor del fotorreportero. Al final se obtienen las mejores imágenes por su fuerza y naturalidad.

—¿Cuál fue su primera misión como fotógrafo en el Consejo de Estado?

—En 1971 acompañé al Comandante a Chile.

Al respecto le comento:

Viajó en un IL- 62, desde entonces nunca ha dejado de hacerlo, los considera un equipo fuerte. La prueba es él, lo ha confesado en público, incluso los recomienda a compatriotas y turistas. Su proverbial sentido del humor, de la ironía —según Frei Betto, «a veces sarcástica»— constituye una de las armas que utiliza magistralmente contra el enemigo, incluso, acompañada de ciertos gestos. No obstante, en las fotos que se publican aquí no abundan esas expresiones. ¿Cuántas fotos le ha tomado a Fidel?

—Aproximadamente un millón de negativos, cada uno de 36 fotogramas. Pero no soy yo solo, en total deben existir cerca de 5 millones. De cada película se escogen para publicar entre tres y cuatro fotogramas.

—¿Como se inició en la fotografía?

—En el Ministerio del Interior; luego pasé varios cursos: en la UPEC, en el ICAIC, en Cartografia y Catastro. Lo demás, mucha práctica.

Entre las fotos que usted ha hecho de Fidel, ¿alguna con significación especial?

—Para mí todas poseen un gran significado, incluso, no puedo distinguir entre una imagen del Comandante en Jefe y la persona del  Comandante en Jefe.

—¿Acaso no siente predilección por una foto determinada?

—Para mí todas y cada una poseen el mismo valor.

—Bien, démosle otro enfoque a la pregunta: ¿ninguna foto emblemática?, algo así como el Che de Korda.

—Puede que con el tiempo alguna alcance esa connotación, pero no quiero ni pensarlo. Yo he preferido exhibir esta muestra ahora y no en otro momento porque constituyen imágenes vitales de un hombre que, pese a los años, mantiene los mismos ímpetus de joven, un vigor y una disposición anímica increíbles. En este sentido hay una foto muy elocuente, a la salida del Memorial a José Martí, conversando por el celular con Pérez Roque, que estaba en África. Está apoyado en la parte delantera de su «Mercedes», cruzado el pie izquierdo sobre el derecho, no sé, pero hay algo que lo asemeja a un muchacho.

—¿Qué es lo que usted más disfruta de su trabajo?

—Las genialidades del Comandante en Jefe, su capacidad creadora y visionaria, su humanismo, su caballerosidad, su comprensión y muchas cosas más que admiran su pueblo y el mundo entero, pero sobre todo su sencillez. Fíjate, un día nos ponchamos durante un recorrido, fue por Holguín. Él dijo: «Dame acá la llave, que yo mismo voy a cambiar la goma.» Se tiró rápido como un rayo, y la escolta y yo más atrás. Allí está la foto cambiándole el neumático al jeep.

—Cuénteme otra historia.

—¿Sobre fotos?

—Bueno... sí.

—También de recorrido, con un periodista extranjero. Fidel escogió el lugar, frente al mar, cercano al Complejo Morro-Cabaña. Sin apurarse, muy sereno, en franca actitud contemplativa se dejó fotografiar. Yo aproveché la ocasión, no le gusta posar, lo ha hecho en escasísimas oportunidades.

—Y usted, ¿también se mantenía sereno?

—Sereno, aunque siempre dispuesto a ejercitar el cuerpo, la mente, la fuerza...

—¿La imagen a que hace referencia forma parte de la exposición?

—Sí, la encabeza.

—Si tuviera que salvar una de esas 39 fotos, ¿escogería esa?

—Todas.

—¡Ah, no! ¿Vamos a caer en lo mismo? ¿Y si no le da tiempo?

—Haría como el capitán de barco: moriría junto a ellas.

—¿Qué han significado para usted todos esos años junto al Comandante en Jefe?

—Una escuela de Revolución, de dignidad, de humanismo, de patriotismo e intransigencia revolucionaria.

—Y desde la perspectiva del líder, del guerrillero, ¿cómo ve al Fidel Castro de estos tiempos?

—Como el mismo rebelde timonel del Granma.

—Por ahora ni una pregunta más, Pablo, tal vez cuando vea la exposición...

—Confío en usted, soy mejor tirando detrás del lente que hablando.

Ya de noche, el guantanamero Pablo Caballero Cuza corta la tradicional cinta.

Efectivamente, ¡allí está! la bella foto de Fidel frente al mar; la primera a la izquierda, sin dudas un símbolo: de cuerpo entero, en uniforme de campaña, bien firme sobre el diente de perro; erguida, inquisitiva y noble, retadora, la mirada se pierde en ese mundo posible, infinito y mejor. Al fondo, la hermosa Habana, estirándose de este a  oeste junto al litoral, tratando de alcanzar el sol que se marcha junto con la tarde.