Por Mercedes Rodríguez García

Desde sus sillas de rueda María y Zeida me hacen señas. Quieren un cigarrillo y candela. Sin vacilar, se los ofrezco. No saben dónde ponerme ni donde más alto encaramar un par de sonrisas que, como alpinistas expertas, suben por entre las arrugas hasta coronar las frentes. «Usted es una gran señora», me dicen.

 

Aún faltan cuarenta minutos para las diez de la mañana y ya en los pisos se va evaporando la humedad de la primera limpieza del día.

 

Por los espaciosos pasillos y corredores, descubro unos cincuenta de esos hombres y mujeres que habitan el Hogar, por donde deambulan, charlan, tejen, leen, esperan la visita, el almuerzo, el noticiero, la hora pensada para salir de pase o salir un rato a la calle a encontrarse con vecinos y amistades de antaño.

 

«Yo soy la menor de todos, la ahijada de Tita Conde y Luis González tengo 73 años y nací pesando cuatro libras», expresa de un tirón Adela Milagros, la que se despierta cantando todas las mañanas, la parlanchina, la que se autodiagnostica crisis cíclicas de «melancolía ambulatoria», la que deshilvana su humilde pasado de conserje para tejer una fábula como secretaria de Cintio Vitier en la Universidad Central. «Que nadie me hable de muerte, que bastante cerquita la he tenido. Una vez estuve en terapia intensiva con 240 de presión.»

 

Pero no, Adela, no es la más joven. Norberto, mulato de carcajada violenta, .ya alcanzó las seis décadas. Le falta una pierna, pero nada le impide ser el campeón. «Toda la vida he sido un hombre alegre, para mí no hay hora triste ni momento malo, los problemas me los tiro a la espalda. ¿Mujeres? Tuve cantidad. Sí me gusta la música. Cuando joven toqué en un conjuntico. No, no tengo música preferida. Una tarde, estando en el Ejército Rebelde, allá por Altos de Conrado, entré a un barcito y escuché en un barcito una canción que hablaba de la madre. Hay letras y melodías que llegan al corazón y pinchan el alma.»

 

Para Cándida, que acaba de cumplir 70, no hay mejores canciones que las de Julio Iglesias, el español que dice Oristela, haber visto actuar en el Camilo Cienfuegos, allá por los años 60, «cando era del MININT y me pusieron a cuidar la cola.» Nació en 1917, en el campo.«Si hay algún secreto para llegar a viejo, solo le puedo decir: trabajo y carne de puerco.»

 

¿Qué cree usted José Alberto? «Mi médico me dijo que iba muy bien. ¡Qué clase de pregunta tú me haces, chica? Yo lo que he hecho durante toda mi vida es pelar, y los barberos guardamos muchos secretos. Sí no sabré cosas. Porque para ese oficio hace falta mucha cultura, usted tiene que entretener al cliente para que no se aburra y se vaya. Me enseñó mi padre, todavía vive, tiene 92 años.» ¡Vaya que sí está soñando José Alberto, nacido en 1905.

 

—¿Qué edad me dijo que tiene su padre?

—Mantengo buen oído y buena lengua. Ya le dije, 92 años, y vive. Mi madre no, murió en un accidente...

Y con el recuerdo viene el llanto. “Perdóneme, perdóneme, siga preguntando. Prefiero pelar con máquina que con tijera, es más rápida, pero no asienta el corte...»

 

José Alberto conserva el porte elegante, la altivez del mozo, los modales del caballero, el gesto sobrio, el don de mando, la severidad del juez. Sobre su sillón de ruedas parece todavía el jefe de familia.

 

De igual modo, Zoila aparenta toda la nobleza del mundo. De modales delicados y hablar pausado, irradia tranquilidad, paz y sosiego. «Enviudé hace 34 años y aún sigo enamorada de mi esposo. No pensé llegar a anciana, pero de nada me puedo quejar a los 88. Siempre llevé una vida cómoda, metódica, en la finca, cuidando de la casa y de mis hijos.»

—¡Teje que es una preciosidad!, dice  Angela, quien desde niña trabajó como doméstica.

«Francisco Oms era mi esposo, zapatero. Llegué a tener  22 pares de zapatos hechos por él. Ahora, a los 76 años, los nervios me traicionan. Ayudo en todo lo que puedo, a ver si se me van los malos pensamientos.»

 

Por eso Gregoria, prefiere tener siempre un compañero a su lado. «Para espantar la soledad, que tiene la cara muy fea. Aquí hasta me pusieron dientes y me garantizan el calzado ortopédico. ¿Usted no lo cree? ¿No es verdad? Solo tengo 67 años, me gusta vestir bien, pintarme los labios, total, la gente siempre va a hablar.»

 

Entonces Cándida, emite su juicio:

 

«Pues yo me casé aquí. Hice tremenda boda, con traje y Palacio de los Novios. Ya él murió. Me han hecho tres operaciones en la cadera, y eso me limita. Me gusta leer. Cuando llega la noche me deprimo un poco, lloro. A principios de Julio me iba a casar, pero lo pensé mejor. ¡Demasiado soberbio el hombre!»

Y no sé si será verdad. Me pareció que Gabina y José Miguel... Él dice que ella es su novia, pero la mujer, con un guiño, lo pone en duda. Gabina con 83 años, y José Miguel, con 80, piensan llegar a los 120 años.

Por primera vez, y sanamente, siento envidia. Envidio la energía de ambos, la fuerza con que ríen y burlándose de su hipertensión, la expresividad en sus chistes picantes. Y codicio también la esperanza cierta de los que ya no pueden andar y permanecen en sus dormitorios. Se les baña y cambia de ropa, toman su alimento o medicina.

Reposan y esperan. Esperan. Soles y lunas resbalan por las paredes y se acumulan en la piel, seca, delicada, matizada de lunares. Saben que al final no les faltará una mano amorosa y solidaria, motivo suficiente para verlo todo verde y floreciente, aunque no se pueda andar sobre los pies, ni alcanzar los frutos de un salto juguetón y campechano. A la altura de los años que han vivido, se brinca sin garrocha y sin impulso.

Hoy, la meta es cierta, la distancia, sueño; el amanecer, derecho.(Ver más de ancianos en Villa Clara en: www.vanguardia.co.cu.)