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LA TECLA CON CAFÉ

Cronicafeando

El sistema judicial sueco y Julian Assange

El sistema judicial sueco y Julian Assange


21/08/2012 11:30:20

 

Suecia tiene una de las leyes más rigurosas en relación al crimen sexual. Los abogados suelen bromear con que los hombres deben pedir permiso escrito antes de tener sexo.


Para ser acusado de abuso sexual en Suecia, no necesariamente tiene que haber violencia.

Es lo que la gente suele pensar, pero en la práctica si uno fuerza a alguien a tener sexo sin su consentimiento no se necesita usar violencia del todo. El que comete el crimen puede estarse aprovechando de una difícil situación de la mujer en cuestión.

Según la ley sueca, la definición de violación tiene tres grados.

La más seria, incluye violencia directa. Debajo de esta existe el concepto de «violación regular», que incluye violencia pero de corte más suave. La tercera categoría sostiene la idea de la «coerción ilegal», que, en general, considera una violación a una relación sexual que se aproveche y presione las emociones de otra persona.

Las tres categorías son condenadas con prisión, de diez, seis y cuatros años de duración respectivamente.

Las mujeres que acusan a Assange no han querido dar los detalles de las supuestas agresiones, porque, según Borgstrom, eso le daría mucha información a Assange.

No obstante, dijo, se esperaría que Assange, en caso de ser encontrado culpable, sea condenado a prisión por cuatro años.

Julian Assange tiene cuatro cargos en Suecia: «coerción ilegal» por haber sujetado a una mujer, «acoso sexual» por no haber querido usar un condón, «acoso deliberado» y «violación» de una de las mujeres, pues tuvo sexo con ella mientras dormía y sin condón.

La pregunta que el eventual tribunal sueco tendría que responder es cuándo y cómo fueron las relaciones sexuales consensuales y no consensuales que Assange tuvo con las mujeres.

Assange no ha sido condenado por la ley sueca, sino acusado y llamado a indagatoria.

 

(Fuente: BBC Mundo)

 

 

Assange no es el primero que pide protección en una embajada

Assange no es el primero que pide protección en una embajada

 

 

21/08/2012 10:22:05

 

Julian Assange lleva dos meses en la embajada de Ecuador en Londres. Podría ser una cuestión de semanas o de meses años, pues según el presidente Rafael Correa, el fundador de Wikileaks, puede permanecer en la embajada de Ecuador de manera indefinida ante la negativa del Reino Unido de darle un salvoconducto para viajar a Quito.

 

Pero Assange no es el primer personaje importante que pide protección en una embajada. Existen algunos casos históricos representativos de personas que se han refugiado, hasta por más de 20 años en sedes diplomáticas. Veamos algunos de los que se encarga de reseñar BBC Mundo.

En diciembre de 1989 Estados Unidos invadió Panamá, y el gobernante de facto Manuel Antonio Noriega se refugió en la sede de la Nunciatura Apostólica, la embajada del Vaticano, de la capital panameña hasta que se entregó a las tropas estadounidenses el 3 de enero de 1990.

Durante ese tiempo, los soldados que rodeaban la embajada hicieron sonar a todo volumen música rock, y la primera canción fue Welcome to the jungle, del grupo Guns N' Roses. Muchos pensaron que la música estaba destinada a molestar a Noriega, cuya aversión al rock era popularmente conocida. Soportó 11 días y luego, al salir, fue tomado como prisionero de guerra por Estados Unidos.

En abril de 1992, el presidente afgano Mohamed Najibulá fue derrocado por los muyahidines y se refugió durante cuatro años en un local de la ONU en Kabul. Él y su hermano fueron ahorcados cuando el Talibán tomó la ciudad.

El general cristiano Michel Aoun se alojó durante 10 meses en 1990 en la embajada de Francia en Beirut (Líbano). Aoun fue expulsado del palacio presidencial tras una ofensiva sirio-libanesa. Tras el refugio en la embajada fue obligado a exiliarse en Francia, donde pasó 15 años.

Morgan Tsvangirai, primer ministro en la actualidad de Zimbabue, se alojó durante una semana en la embajada de Holanda en Harare en 2008, cuando era el jefe de la oposición y había renunciado a participar en la segunda vuelta presidencial debido a la violencia en su contra.

A fines de junio de 2009 el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, sufrió un golpe de Estado y fue sacado del país. Pero el 21 de septiembre volvió clandestinamente al país y se refugió en la embajada brasileña en Tegucigalpa donde permaneció hasta el 27 de enero de 2010, luego de la toma de posesión de Porfirio Lobo como nuevo presidente de Honduras.

El político socialdemócrata peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), quien se refugió en la embajada colombiana en Lima en 1949. Perseguido por la dictadura de Manuel Odría, la reclusión diplomática de Haya de la Torre duró cinco años.

El tribunal de La Haya reconoció en 1950 el derecho de Colombia a otorgar asilo en su embajada sin la aceptación peruana, algo que más tarde dio lugar al Tratado de Caracas de 1954 y su Convención sobre asilo diplomático, que permitía a los estados receptores de refugiados calificarlos como perseguidos políticos.

El expresidente argentino Héctor Cámpora pasó casi cuatro años en la sede de la representación diplomática mexicana en Buenos Aires. Fue acogido en la embajada de México días después del golpe militar de 1976, lugar que sólo pudo abandonar con destino al país que le dio asilo en 1980.

El Gobierno británico ha insistido este lunes en que no concederá un salvoconducto a Julian Assange para viajar a Ecuador al tiempo que ha asegurado que trata de alcanzar una solución diplomática al conflicto.

«Bajo nuestra legislación, habiendo agotado todas las opciones de apelación, estamos obligados a extraditarlo a Suecia. Es nuestra intención cumplir esa obligación», ha dicho el portavoz del primer ministro británico, David Cameron, en un comunicado.

Downing Street ha asegurado además que continuará las conversaciones con el Gobierno de Ecuador y otros países para dar con «una solución diplomática» al caso del fundador de WikiLeaks.

El Reino Unido no ha variado su postura con relación al activista australiano, a quien sigue decidido a entregar a Suecia, como es su «obligación legal» por supuestos delitos sexuales, que él niega.

Un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores reiteró hoy a Efe que el Ejecutivo continúa empeñado en una «resolución amigable» con Ecuador para resolver una situación que ha tensado las relaciones entre Quito y Londres.

Assange, de 41 años, lleva refugiado en la embajada ecuatoriana en Londres desde el 19 de junio, cuando pidió protección al presidente Rafael Correa, cuyo Gobierno le concedió el pasado jueves asilo ante la «decepción» del Ejecutivo británico.

El activista, acusado en Estocolmo por dos mujeres de agresiones sexuales que él siempre ha negado, trata de evitar su entrega al país nórdico, autorizada por la justicia británica. Assange cree que desde allí será extraditado a EEUU, el país más perjudicado por las filtraciones de WikiLeaks, y donde teme que se pueda aplicar la pena de muerte.

En un comunicado emitido la pasada semana tras conocer la decisión de Ecuador, el Gobierno británico indicó que no acepta el principio de «asilo diplomático» y lamentó que «incluso en el caso de esos países que lo reconocen, éste no debería emplearse con el propósito de huir de los procesos regulares de los tribunales».

Con relación al «exhacker», «claramente esto está ocurriendo», agregó Exteriores.

Ecuador ha recibido el apoyo de los países latinoamericanos de UNASUR y el ALBA, y ha logrado convocar una reunión urgente de la Organización de Estados Americanos (OEA).

A 35 años Elvis Presley sigue vivo

A 35 años Elvis Presley sigue vivo


 

16/08/2012 12:36:47

 

Por Juan Puchades

 

Hoy se cumple el treinta y cinco aniversario de la muerte de uno de los mitos mayores de la historia del rock, Elvis Presley. Ocasión que Juan Puchades aprovecha para homenajearlo y recordar su legado discográfico.

 

Recuerdo vagamente el día que Elvis (con él lo de Presley es accesorio) murió. O más bien el siguiente, el 17 de agosto, cuando la radio avanzó la noticia y el telediario (en aquella España de televisión única en dos canales) se hizo eco del acontecimiento.

Yo era un chavalín de once años, pero Elvis era por entonces uno de mis mitos mayores (de hecho, si lo pienso bien, no creo que tuviera otro, los Beatles no entraron en mi vida hasta unos meses más tarde): representaba el rock and roll, TODO el rock and roll, ese género que veintitrés años antes había ayudado a poner en pie.

No lloré, pues a esa edad todavía era un niño y no había conocido la muerte de cerca, que es cuando comprendes con meridiana crudeza todo su significado, que todos tenemos fin y que, tarde o temprano, debemos acostumbrarnos a convivir con ella. Así que, por entonces, las percepciones, deduzco, serían confusas.

Por supuesto que me impactó, vaya si me impactó. Pero puestos a rememorar, recuerdo con mayor claridad la mañana en la que supe que habían asesinado a Lennon, tres años después, eso sí que fue un desgarro y la clara constatación de que los mitos, por grandes que sean, también son mortales.

 Pero, lo que son las cosas, hace unos días (mera coincidencia temporal con este treinta y cinco aniversario) me caían tremendos lagrimones (es lo que tiene la edad, que entre otros efectos perniciosos reblandece las glándulas lagrimales) al leer sobre ese pulso heroico que Elvis mantuvo consigo mismo durante los días preparatorios de lo que conocemos como el «comeback del 68», el fabuloso especial televisivo que lo sacó del aturdimiento en el que andaba sumido por entonces (bueno, más o menos como casi siempre) y que lo devolvió a los escenarios en un momento en que sus finanzas empezaban a tambalearse y la carrera cinematográfica había dado de sí todo lo que podía.

La de Elvis es, como la mayor parte de las biografías de los pioneros del rock, una historia trágica (otra casualidad reciente: llevo unas semanas metido en ellas para preparar la serie que se está publicando estos días aquí mismo, en la sección «El oro y el fango»).

El tipo tuvo el mundo a sus pies pero, tremendamente pusilánime y contradictorio, se dejó arrastrar por los acontecimientos, marcando un antes y un después en su carrera tras el servicio militar en Alemania: al regresar a los Estados Unidos era un adicto a las anfetaminas (las consideraba medicina y pronto empezó a contrarrestar sus efectos con somníferos, iniciando el camino al consumo constante de todo tipo de drogas farmacéuticas), un niño grande tan caprichoso y tirano como generoso con los demás, rodeado de una cohorte de aduladores a sueldo cuya única función era bailarle el agua, hacerle compañía, reírle las gracias, jugar con él, darle la razón, facilitarle la existencia.

Se dejó enredar por el coronel Parker para enfocar su carrera hacia el cine mientras soñaba con ser un gran actor (admiraba a Dean y a Brando y quería ser como ellos) en papeles dramáticos y acabó rodando una ristra de películas infumables de bajo presupuesto que le reportaban cifras astronómicas pero en las que ejercía de cara bonita que cantaba canciones insípidas y que se filmaban a destajo en dos o tres semanas, rodando varias al año. Vivía aislado en Los Ángeles, en Memphis o en Las Vegas, gastando sumas inimaginables en dar salida a caprichos de todo tipo, de los que se encariñaba con la misma rapidez con la que los olvidaba. Atravesó su particular momento místico que le puso contra las cuerdas de la paciencia de Parker.

Pero es que Elvis era, esencialmente, un ser inestable que se aburría mucho y se comportaba exactamente como lo hacen los ricos que se aburren mucho. Pero lo más duro para Elvis era ser Elvis, estar a la altura de su propio mito, cumplir con las expectativas que pensaba que los demás (el público) tenían puestas en él, y así su carrera acabó por ser un zigzagueante sinsentido, reflejo dramático de su propia existencia. Y lo peor, lo más terrible, es que era plenamente consciente de todo ello. Por lo menos lo fue hasta los primeros setenta, cuando perdió toda conciencia de la realidad y encaró la recta que le abocaría hacia el penoso final.

Pero ese es el misterioso Elvis humano, el que nunca conocimos y nunca conoceremos, el que podemos atisbar en las biografías escritas sobre él, luego está el que realmente importa: el que quedó en los discos y al que tenemos acceso. Pero para entender la discografía de Elvis primero hay que fragmentarla en tres bloques: los discos de estudio, los de directo y las bandas sonoras (o discos con canciones para películas, que sería una definición mucho más acertada).

Por duro que parezca, hay que renunciar al grueso de estas últimas: a Elvis no le interesaban lo más mínimo, despachaba las sesiones de grabación para sus películas en un par de días como mucho, él no seleccionaba los temas e incluso se avergonzaba de la mayoría de ellos.

Eran grabaciones que habitualmente se realizaban en Hollywood y sin ninguna implicación personal o emocional por su parte. Más o menos como el que fríe churros o trabaja en una cadena de montaje. En 1967, grabando temas para una película (de forma excepcional en Nashville), llegó a pedirle al productor Felton Jarvis que esas canciones nunca fueran editadas, tanto le sonrojaban.

Debemos considerar esos discos, por tanto, únicamente como material para forofos completistas capaces de echarse al oído cualquier cosa por la única razón de estar interpretada por Elvis. En ellos la rutina artística es un hecho y los bostezos (cuando no la irritación) están asegurados. En todo caso, los primeros de esos elepés, «Loving you», «King creole», «G.I. Blues» y «Jailhouse rock» (un epé posteriormente alargado a cedé con temas de esta película y de «Love me tender») sí merecen ser tenidos en consideración.

Por su lado, los discos de directo son los que muestran su evolución en el escenario. Todos son esenciales pues, por irregulares que resulten, documentan el sonido en vivo de alguien que se crecía sobre las tablas y sirven para completar el puzzle sonoro.

Imprescindibles serían «In person at the International Hotel, Las Vegas, Nevada» y «On stage», que conforman una suerte de inflamable díptico de registros en vivo de 1969 y 1970, cuando regresó a los escenarios tras diez años alejado de ellos y maduró un discurso que se nutría de rock, gospel, country y soul.

Por último, las grabaciones en estudio pensadas como álbumes, y que suman un total de veintidós discos –dejando al margen los recopilatorios (los «Golden records» son imprescindibles al incluir inéditos) y los elepés publicados tras su muerte–, son las que hay que tener (sin olvidar el cedé que recoge las tomas para Sun Records) y las que, ciertamente, constituyen el legado creativo de un vocalista tremendamente inquieto que aunque no componía, en el estudio sabía lo que quería:

Pese a la presencia de productores, Elvis participaba, opinaba y decidía. Un legado sonoro que pasa de lo sublime («Elvis Presley», «Elvis», «His hand in mine», «How great thou art», «From Elvis in Memphis», «Back in Memphis», «Promised land») a lo correcto (me niego a reconocer discos malos de Elvis en estudio: hasta en los más lamentables hay momentos que te hacen postrarte ante la profundidad de alguna de sus interpretaciones, y para mí eso es mucho) y que es como un recorrido por la obra de alguien que revolucionó el mundo con el primer rock pero que, rápido, fue creciendo como vocalista (en muchas temporadas de completa dejadez, a su pesar y sin ser consciente de ello) y que pretendió tocar todos los palos que despertaban su fibra sensible.

Hoy quizá pueda parecer demencial su evolución, pero fue la que fue, la de alguien que, en el fondo, había llegado al rock de casualidad y que se había educado con espirituales, blues, country y escuchando tanto a Bing Crosby como a Frank Sinatra.

Un señor que, para entender sus inclinaciones sonoras, baste decir que en su treintena estaba totalmente fascinado por Tom Jones. Así fue Elvis, y hay que tomarlo o dejarlo. Enfurecerse con el grueso de su obra y pensar que el único Elvis posible es el de Sun Records y el de los dos primeros elepés en RCA es puro reduccionismo, un falso espejismo y un no querer admitir su realidad musical.

A Elvis hay que interpretarlo como un vocalista poliédrico, seguramente no tan perfecto como sus fans más acérrimos quisieran pensar (uno de ellos, hace años, mediante carta anónima amenazó con matarme si volvía a escribir sobre él).

 Pero, ¿quién quiere escuchar a cantantes perfectos? Elvis hacía suyo lo que cantaba, era absolutamente expresivo, se manejaba en múltiples registros y era capaz de envolver, abrazar y conmocionar al oyente cuando él se había emocionado interpretando en el estudio (lo que ocurría con cierta facilidad cuando el material musical y la compañía humana eran de su agrado).

Un cantante que necesitaba estar presente en las grabaciones, implicarse, compartir con los músicos que grababan para él (tocando todos juntos en directo y a los que, para sorpresa de muchos, trataba con exquisita educación). Alguien que apagaba las luces de la sala y encendía velas cuando entendía que una canción requería del máximo recogimiento para ser interpretada.

Elvis se estremecía cantando, disfrutaba con lo que hacía y era capaz de proyectarlo sobre cinta magnética para goce de todos nosotros. Ese es el Elvis que nos queda y el que debemos valorar.

Podemos especular con cómo habría sido su carrera a partir de 1977, cómo habría superado los años ochenta, cómo habrían sido sus décadas de los noventa y dos mil (¡¿habría grabado con Rick Rubin?!), qué estaría interpretando hoy, a los setenta y siete años… Creo que todos podemos imaginarlo en esos periodos, pero no sirve de nada, Elvis es el de la voz eternamente atrapada en las grabaciones de que disponemos. No hay más que eso, y no es poco para hacernos felices. Disfrutémoslo. Ahí es donde Elvis permanece vivo.

 

(Fuente: EFEEME)

 

 


«Increíble» choque de un destructor yanqui con un petrolero japonés

«Increíble» choque de un destructor yanqui con un petrolero japonés


 

15/08/2012 11:34:14

 

El destructor estadounidense USS Porter, que este domingo chocó contra un petrolero japonés cerca del estrecho de Ormuz, es remolcado aguas adentro para evitar posibles daños por un huracán que se aproximaba, el 16 de septiembre del año 2003 en Norfolk (noreste de EEUU).

 

La colisión accidental se produjo sobre la 1h de la madrugada locales (las 22h GMT del sábado) entre el USS Porter, «que desarrolla operaciones de seguridad marítima» en el Golfo, y el petrolero japonés, pero de bandera panameña, precisó en un comunicado la Quinta Flota.

Increíblemente gracioso, pero cierto: un super barco lanza-misiles, con tecnología de punta, sistema de localización de objetivos por GPS, laser, detección de enemigos hasta en Marte, tripulación super entrenada, sistemas de gestión de navegación…  ¡y choca con un petrolero! Es como para morirse dela risa. ¡Qué vergüenza!

Nadie resultó herido en este choque que se produjo cerca del estrecho de Ormuz, un paso estratégico por el cual transita más de la tercera parte de las exportaciones mundiales de petróleo por vía marítima.

El quid de la «cosa» debe venir por aquí: «La marina estadounidense ha reforzado su presencia en los últimos meses en el Golfo para enfrentarse a una eventual crisis con Irán, donde los Guardianes de la Revolución, cuerpo de élite del régimen islámico, disponen de numerosas pequeñas embarcaciones rápidas dotadas de lanza-misiles».

 

(Fuente: AFP) 

 

 

 

El primer cuadro de Guayasamín a Fidel

El primer cuadro de Guayasamín a Fidel


 

13/08/2012 21:02:18



«Me hizo cuatro retratos. El primero que pintó, en 1961, se perdió. Lo busqué por todos los rincones posibles y nunca apareció». Así Fidel Castro contaba en noviembre de 2006 un episodio poco conocido de su relación con el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín.

 


Lo dijo ante cientos de intelectuales y personalidades prestigiosos reunidos en La Habana para la celebración de su 80 cumpleaños. Respondiendo a una convocatoria de la Fundación Guayasamín, el máximo líder de la Revolución cubana enviaba un mensaje de agradecimiento «para darles personalmente las gracias y abrazar a cada uno de ustedes».


El texto leído con anterioridad a la gala cultural efectuada en el teatro Karl Marx, dejó una fuerte carga emotiva no solo entre los cientos de visitantes de todo el orbe, sino también en millones de cubanos —yo entre ellos—frente a sus televisores.

De inmediato  me pregunté qué sería de aquella primera obra que marcó uno de los primeros momentos de lo que, con el paso del tiempo, se convertiría en una fuerte y hermosa relación entre dos grandes hombres de nuestra América.


¿Dónde estará?, ¿Vencería los avatares del tiempo y descansará aún en algún lugar ignorado?  (Si alguien sabe el paradero de la pintura, por favor, comuníquemelo)

Bueno, pero no todo está perdido. Al menos una imagen original e inédita de la entrega de ese retrato se ha conservado en los ricos archivos de Bohemia. Ahí está la imagen captada por el ya desaparecido fotógrafo de la revista, Narciso Báez, quien al dorso escribió el 8 de mayo de 1961: «Fidel recibiendo el retrato que le hiciera el pintor ecuatoriano Guayasamín».

Pedro: cayó junto a su ametralladora 30

Pedro: cayó junto a su ametralladora 30


06/08/2012 9:16:52

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

El 12 de agosto el Che anota en su Diario: «La radio anunció un combate cerca de Monteagudo con el resultado de un muerto de parte nuestra: Antonio Fernández, de Tarata. Se parece bastante al nombre real de Pedro, que es de Tarata». 

 

Como en muchos partes que daba la radio por entonces habían confundido el apellido del boliviano Antonio Jiménez Tardío, también conocido como Pan Divino, incorporado a la guerrilla el 31 de diciembre de 1966. 

De la llegada de Pedro al campamento queda constancia en la anotación correspondiente  a ese día: «A las 7.30 llegó el Médico con la noticia de que Monje estaba allí. Fui con Inti, Tuma, Urbano y Arturo. La recepción fue cordial, pero tirante; flotaba en el ambiente la pregunta: ¿A qué vienes? Lo acompañaba “Pan Divino”, el nuevo recluta, Tania, que viene a recibir instrucciones y Ricardo que ya se queda». 

Como a todos, el Che lo prueba en misiones de exploración, guardias y excavación de refugios o trincheras. El primero de febrero, la guerrilla boliviana emprendió su camino hacia el norte en busca del teatro operaciones. 

Pedro vence escollos sumamente difíciles de superar, marchas y contramarchas, agotadoras jornadas machete en mano para abrir trochas por donde caminar en la tupida y desconocida vegetación

En marzo el Che lo asigna a la Retaguardia, encabezada por Joaquín (Juan Vitalio Acuña Nuñez, Polo) e integrada, además, por los cubanos  Israel Reyes (Braulio), Jesús Suárez Gayol (Rubio) y Antonio Sánchez Díaz (Marcos), junto a los bolivianos Freddy Maymura (Ernesto), Apolinar Aquino (Apolinar), Walter Arencibia (Walter), Casildo Condorí (Víctor), Julio Velázquez (Pepe), José Castillo (Paco), Eusebio Tapia (Eusebio), Hugo Choque (Chingolo), Benjamín Coronado (Benjamín), Lorgio Vaca (Carlos) y Salustio Choque (Salustio). 

El 17 de abril la retaguardia se separa. Lleva la misión de hacer una demostración por la zona pero sin combatir frontalmente, y luego regresar donde la columna del Che. Por desgracia, el contacto nunca llegó a producirse.

Luego del 9 de julio los guerrilleros decidieron romper monte para salir del cerco cada vez más cerrado que tendía el enemigo caminaron seis jornadas sin apenas descanso rompieron la selva a filo de machete, hasta llegar a las proximidades de Taperillas, por donde ya habían pasado el comandante Guevara y su columna. 

La necesidad de buscar alimentos los hizo aproximarse a las casas de los campesinos, donde pudieron comprar víveres y cocinar. Venían extenuados y el cansancio les hizo demorar más de lo debido. Cuando ya se disponían a partir, detectaron la presencia del ejército.

Fue un combate duro donde Joaquín, Braulio y Alejandro, pudieron detener a los soldados que disparaban desde lo alto de una  montaña.

La odisea de aquellos días fue recogida Braulio en su diario:

«Desde este momento abandonamos la zona y comenzamos a operar por nuestra cuenta. Nos dirigimos hacia la carretera y el 20 en el lugar de Tapera, una patrulla del ejército nos sorprendió el campamento, los aguantamos unas horas y nos retirarnos. […] El día 9 de agosto el ejército nos rodeó y en nuestra retirada mataron a Pedro y ocuparon una 30 que éste llevaba». 

En su repliegue, la ametralladora calibre 30 manejada por Pedro, retardó el avance de los militares y permitir así el desprendimiento del resto del grupo que consigue eludir la presión.

El ejército los detectó cuando atravesando un claro. Pedro no podía agacharse pues cargaba el arma, de modo que iba casi erguido cuando el fuego se concentró en él. Walter trató de llegar hasta él, pero fue imposible. 

Quedó junto a la 30 con la que antes había defendido al grupo guerrillero. 

Antonio nació en 1941, en el poblado de Tarata, capital de la provincia del mismo nombre, perteneciente al departamento de Cochabamba, Bolivia. 

Contaba Tardío Leonor, su madre, que siempre fue alegre, «a pesar de los sinsabores que le tocó vivir desde muy pequeño» en un hogar donde la pobreza hacía muy dura la existencia, junto a sus 10 hermanos quienes «apenas podían subsistir con el mísero sueldo de maestro del padre, por lo que entonces yo debía dedicarse a  elaborar y vender chicha». 

A los 14 años marchó hacia La Paz en busca de una beca para poder estudiar. Leía mucho, sobre todo literatura política lo que molestaba al padre que no compartía los ideales del hijo. Se hizo técnico-mecánico, pero decidió estudiar finanzas con el fin ayudar a la madre en la educación de sus hermanos.

«Yo le decía: “Hijito todos los jóvenes salen a divertirse”, y él me respondía que le gustaba conocer más para hacer realidad sus ideales comunistas […] A mis ruegos para que dejara la política, él contestaba con cariño que era yo quien le había enseñado, porque cuando ganaba unos pesos sabía socorrer y ayudar a los necesitados», afirmó doña Leonor durante una entrevista realizada en 1985. 

En esa misma oportunidad contó la siguiente anécdota:«Era muy sacrificado y querido en el pueblo, por eso cuando se conoció su muerte, en la Plaza de Tarata sus amigos escribieron en los muros “Gloria a Antonio Jiménez Tardío. Abajo la bota militar”. Entonces el subprefecto hizo traer gentes para borrarlo y el ejército quiso ir a su casa a atacarla, pero el pueblo lo impidió». 

También en la guerrilla continuó sus hábitos de leer y despertó la admiración de sus compañeros. Acostumbraba a conversar con Gustavo Machín y Freddy Maymura sobre literatura e intercambiar los libros que llevaban en la mochila. 

En el resumen del primer trimestre el Guerrillero Heroico anota sobre Pan Divino: «Bastante bueno. Ha pasado por la prueba de la caminata y por la de fuego y las dos muy holgadamente. Es un cuadrito en perspectiva». 

El 31 de julio vuelve a opinar: «Aunque la mayoría del tiempo lo ha pasado con Joaquín, su proyección era la de un cuadro en pleno desarrollo».

 

Apenas habían pasado unos días cuando Pedro cae valientemente, después de múltiples muestras de arrojo, desprendimiento y solidez de sus principios.

 


Raúl Quispaya, un boliviano intenso

Raúl Quispaya, un boliviano intenso


06/08/2012 8:32:18

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Es 29 de julio de 1967. Los guerrilleros venían extenuados de la larga marcha tras el combate sostenido con el ejército, dos días antes. Miguel, (Manuel Hernández Osorio) el jefe de la Vanguardia, eligió un lugar para acampar situado entre dos caminos, a la orilla de uno de ellos y en las márgenes del río Rosita.

 

La noche antes el Che apenas pudo dormir, además del asma, las preocupaciones lo mantienen sin pegar un ojo. A las 4:30 de la madrugada lo que viene pensando corre de verdad. Una sección del destacamento Trinidad que se desplazaba por la zona alumbrándose con una linterna,  detectó la columna guerrillera. No demoró mucho el  enfrentamiento armado.

En el diario de Pacho quedó recogido el dramático encuentro: « [...] No habíamos avanzado mucho cuando caímos en una emboscada, la mayoría llegamos al monte. Chinchu queda herido en el medio de la playa entre nosotros y el Ejército, Aniceto a su lado. Su hermano sale a buscarlo pero no puede con él ya que está herido [...] salgo a buscarlo y lo arrastro un trecho hasta que caigo herido. Nuevamente cubro mi posición para proteger a Aniceto y su hermano para que terminara de llegar hasta el lugar en que estábamos, matan a Raúl junto a mí [...]».

Al analizar el combate de ese día, el Che deja constancia en su Diario: « [...] Las cosas sucedieron así: Ricardo y Aniceto cruzaron im­prudentemente por el limpio e hirieron al primero. Antonio orga­nizó una línea de fuego y entre Arturo, Aniceto y Pacho lo rescataron, pero hirieron a Pacho y mataron a Raúl  [...]».

Raúl nació en la ciudad de Oruro, el 31 de diciembre de 1939, en la casa situada en la calle Sotomayor, número 116, esquina a Velázquez, donde vivió hasta su muerte con sus progenitores, Ramón Quispaya y Toribia Choque, y sus cinco hermanos.

«Era muy reservado e inteligente», refiere Antonio, uno de ellos. «Estudió primero en la escuela España y después en la Escuela Nacional Bolívar. A la muerte de nuestro padre pasó al curso nocturno y comenzó a trabajar junto a él como sastre. [...] necesitaba ganarse el sustento, pero continuó estudios universitarios y llegó a ser uno de los mejores alumnos de la Escuela de Economía, donde se mantuvo vinculado a las luchas estudiantiles». 

Héctor Palenque compañero inseparables de Raúl, lo recuerda dirigiendo los círculos políticos junto con Simeón Cuba Sanabria, (Willy) y Moisés Guevara, miem­bros de la célula de la Juventud Comunista.

«Raúl  comandó todo el grupo universitario armado que tomó la radio El Cóndor, situada a una cuadra de la escuela. Una muchacha puso una granada casera en la puerta de la emisora y al estallar, Raúl entró. Desde arriba nos tiraban con una ametralladora, pero él le disparó y penetramos», precisó  Héctor  a la periodista Elsa Blaquier, quien lo entrevistó en 1985.

Luego continúa Encarnación Nieto, esposa de Palenque : «Como el padre de Héctor era ministro de la Corte Suprema de Justicia y su familia tenía una buena posición económica, Raúl Quispaya le decía que de su salario tenía que reservar 25 mil pesos para comprar bibliografía política».

Héctor recuerda que durante mucho tiempo «guardó una libreta muy linda donde Raúl  hizo un resumen del materialismo dialéctico. [...] Él tenía muchas normas de fortaleza ideológica y de conducta moral. A mi juicio era de los hombres más intensos que he conocido».

Por su parte, Encarnación manifestó no poder olvidar el día que murió un camarada: « No había bandera del Partido, y la hicimos Raúl y yo. Él trajo la tela roja. Cosimos la estrella amarilla y la hoz y el martillo. No nos quedó perfecta, pero pusimos la bandera junto al féretro y después la guardé en la casa».

Raúl  Quispaya Choque fue miembro del Ejecutivo Nacional de la Juventud Comunista boliviana. Se incorporó a la guerrilla en el mes de febrero  de 1967, y pasó a formar parte de la Vanguardia.

Al morir tenía 27 años, aún le faltaba expe­riencia combativa, pero como expresara el hoy coronel Tamayo Núñez, «sí se le veía desarrollo ideológico».

No era un hombre de gran fuerza física, pero no dudó en ir a socorrer al compañero herido. Raúl murió instantáneamente. Su cuerpo nunca pudo hallarse. Durante el largo combate los militares tomaron toda ribera del río. Quizás no tuvo sepultura. Quizás los vientos húmedos lo devolvieron a las montañas. Quizás las aguas del Rosita decidieron esconder para siempre su cadáver.

 

 

 

 

 

 

 

 

Nacido para la guerra

Nacido para la guerra


06/08/2012 8:28:08

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Gustaba decir Lucía Tamayo, que cuando lo trajo al mundo «en Mayarí rugieron los leones». Efectivamente,  aquella noche del 31 de mayo de 1936, «llegaron los del circo». Y mientras ella se retorcía de dolor, «armaron la carpa» bajo la cual acróbatas, malabaristas, payasos y domador, trajeron por unos días la felicidad a los habitantes del caserío del Guaro, en el oriental poblado Santa Isabel de Nipe.

 

Después, «casi recién nacido fue lo de la pistolita» que le trajo José Ramón Martínez, el padre. Con ella inició sus «fingidas cacerías infantiles de gatos, perros,  chivos, y  que de adolescente se volvieron casi reales encima del caballo y con la escopeta calibre 22 que le regaló el abuelo paterno».

Decía Lucía que José María siempre fue  «audaz, agresivo.  Yo le llamaba mi Antonio, por lo de Maceo. Y a su hermano, René, que escribía versos y leía a toda hora, mi Martí. Incluso, entre ellos mismos se gritaban “¡Oye, Maceo!”, “¡Oye, Martí!”. Entonces,  ¿cómo mis hijos no iban a ser revolucionarios si desde niño se identificaban con tan grandes patriotas?».

En una conversación recogida en el libro «Seguidores de un sueño», de Elsa Blaquier, Lucía cuenta: «Papi  creció sano y fuerte, pero solo asistió a la escuela hasta el cuarto grado. Mi hija más pequeña enfermó y tuve que llevarla a La Habana. Papi quedó con el abuelo y cambió el aula por el trabajo en el campo. [...]  A través de los años continuó estudiando de forma autodidacta y yo misma le daba clases de gramática. En realidad aprendía con mucha facilidad».

Muy joven, uno de sus amigos, el jamaicano Zili Hubert,  le enseñó a manejar un tractor, así que se hizo tractorista. Araba y tiraba caña en el central Preston, hoy Guatemala.

Cuando se enteró que en Guaro existía una célula, Papi se sumó al Movimiento 26 de Julio, «hasta que un día cogió su fusil 22 y salió rumbo a las montañas». Sobre el tractor dejó una nota manuscrita que decía: «Me voy para la Sierra. Libertad o Muerte».

Falló en su primer intento y marchó hacia la capital, donde de inmediato buscó contacto con el Movimiento 26 de Julio hasta que regresó a las montañas orientales, incorporándose al Se­gundo Frente Oriental «Frank País», dirigido por el comandante Raúl Castro.

Raúl Tamayo, quien fungía como jefe del campamento rebelde de la Güira, conocía a Papi del pueblo. «Tiraba bien. Cuando llegó pidiendo integrarse a la lucha, de inmediato lo acepté y con él estuve hasta el final de la guerra. [...] Era poco conversador. [...] Planteaba las cosas tal y como las veía y sentía. Era exaltado, pero sabía analizar y aceptar una crítica. [...] Mostraba una especial inteligen­cia, arrojo y valentía a la hora de combatir».

Termina la guerra con el grado de sargento. Al triunfo de la Revolución integró la tropa del entonces comandante Abelardo Colomé Ibarra,  Furry, designada para la unidad de tanques de Managua. Aprendió a pilotar aviones y a conducir carros de carreras. Realizó entrenamiento en el curso para oficiales en la escuela de Tropas Especiales del MININT y recibió preparación en distintas disciplina del trabajo secreto operativo. habilidades que ampliaron su horizonte a favor de una brillante hoja de servicios afianzada en su vocación solidaria e internacionalista.

En plena Crisis de Octubre partió hacia Guatemala a cumplir la difícil misión de trasladar hasta Cuba a los dirigentes Turcios Lima y Yon Sosa, quienes se entrevistaron con Fidel y el Che, regresándolos posterior­mente hasta su país con grandes medidas de seguridad. A esta tarea sucedieron otras que lo ligaron al comandante Guevara, por quien sintió gran respeto y admiración.

Su probada trayectoria hizo que este lo escogiera como el tercero al mando durante la misión internacionalista en apoyo al Consejo Supremo de la Revolución Congolesa, dirigido por Gaston Soumialot y Laurent kabila. En tierra africana demostró un notable dominio de la lucha guerrillera y clandestina. Combatió bajo los seudónimos  Mbili  (en lengua swahili, el dos)  y Chinchu.

Bajo documentos colombianos, en marzo de 1966, es el primer cubano que arribó a Bolivia, donde se dio a la tarea de crear las condiciones idóneas para facilitar la llegada del Che. Sin tomar un descanso de la campaña en el país africano, Mbili asume el nombre de Ricardo, en honor al periodista Jorge Ricardo Massetti, con quien colaboró durante 1963  en la creación del foco armado en la Argentina.

En la nación andina retoma los contactos iniciados en aquella época con los hermanos Coco e Inti Peredo Leigue y comienza a dar los primeros pasos organizativos de la guerrilla, además de cumplir la encomienda dada por el Che durante su estancia clandestina en Praga, de ser el enlace con el Comandante en Jefe para esta operación. También es el encargado de recepcionar a los compañeros que conformarán el foco insurgente. Busca armas, casas y las posibles zonas de asentamiento.

Con apenas 30 años el capitán Martínez Tamayo acumulaba ya una amplia experiencia de labor clandestina nunca detectada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

Como guerrillero cumplió múltiples y complejas misiones como la señalada por el Che en su Diario durante el análisis de noviembre: « [...] los principales  colaboradores de Ricardo se alzan contra viento y marea (...)», o las del  11 de diciembre, cuando expone: «Se discutió con Papi, resolviéndose que todavía tiene que hacer dos viajes para traer a Renán  (o Iván, aparecen indistintamente) y Tania [...]».

De su actuación como combatiente el hoy coronel Leonardo Tamayo Núñez, (Urbano) reseñó:

«He participado en numerosos combates al lado de cientos de compañeros, pero de la estirpe de Ricardo no he visto otro. Era de los hombres que había que aguantar para que no saliera de su posición y avanzara hacia el enemigo. [...] Recuerdo muchas veces al Che recomendándole que no hiciera eso, y tantos otros pedidos de él al jefe, para que lo dejara avanzar y coger prisioneros a los soldados. Olía la pólvora y ya estaba en pie tirando, era intrépido y también de corazón noble, desprendido de todo bien material. Pasó la caminata inicial cargando un par de botas y cuando el primer compañero quedó descalzo, se las dio».

El 30 de julio, junto al río Rosita, Ricardo cayó luchando con la intrepidez de siempre. Él y Aniceto (Aniceto Reinaga Gordillo, boliviano) estaban haciendo la guardia en el camino que bordeaba el río Rositas, por donde avanzó el enemigo. Ricardo quería ganar tiempo, por lo que despreció el trillo indicado y corrió por el playazo en dirección a la corriente de agua.

El enemigo abrió fuego directo, Ricardo cayó al agua. Raúl  (Raúl Quispaya Choque, boliviano) lo levantó para ayudarlo a seguir, pero recibió un balazo en la boca. Fue Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca) quien logró sacarlo del charco  a Papi e introducirlo en la manigua. Estaba herido de muerte.

Sobre los últimos momentos del héroe, Urbano relató;

«Yo jamás había visto un moribundo tan sereno y valiente. « [...] Estaba tan tranquilo que pensé no moriría, pero el médico opinaba lo contrario. [...] Poco antes de morir dijo que tenía frío y yo le hice dos hogueritas, una a cada lado, para que le dieran calor. [...] Pidió un poquito de café y Che ordenó que le hiciéramos casi el único café que nos quedaba. Y cuando se lo hice, y fui a dárselo, ya estaba tan mal que tuve que coger un tubito y por el tubito dejárselo caer dentro de la boca  [...] dijo que estaba caliente  y me pidió que lo pusiera a enfriar... [...] Preguntó por su hermano. Olo (Orlando Pantoja Tamayo) lo había puesto de guardia y, como es lógico, el Che lo reprendió por ello y mandó a buscarlo. Cuando René llegó puso la cabeza de Papi sobre sus piernas. Papi se quitó el reloj y se lo entregó diciéndole que se lo diera a Jorgito, el mayor  de sus dos hijos. “Ayúdalo porque es fuerte con la abuela”, le pidió».

A René, su hermano menor, el Arturo de la guerrilla, le aconsejó lo mismo que en una vez le recomendó Massetti,  « [...] Que Fernando (el Che) nunca tenga que llamarte la atención y si te toca caer hazlo como los hombres, combatiendo».

Similar consejo Papi lo recibió de su madre, antes de partir «a otras tierras del mundo». Relató Lucía en una oportunidad: « [...] No disponía de mucho tiempo y solo pude decirle que no se dejara coger preso para que no lo torturaran, pues nadie sabe como va a comportarse un hombre torturado. Le pedí que guardara una última bala pues prefería verlo muerto a que me dijeran que mi hijo hizo algo que no debía hacer. Se mantuvo en silencio por unos instantes pero después, mirándome fijo a los ojos, me respondió: “Vieja, por mí siempre vas a poder caminar con la frente muy en alto”. Me lo dijo con ternura pero con mucha firmeza. [...] Sabía que si ese momento le llegaba, no lo volvería a ver. Papi prometía nada que no cumpliera [...]  Papi  nació para hacer la guerra».