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jueves, 16 de enero de 2020
8:42:07 p.m.

A casi cien años del nacimiento del poeta, narrador y dramaturgo, la fundación Mario Benedetti reúne textos y fotos inéditas sobre su vida y obra.

El 14 de setiembre de 2020 Mario Benedetti cumpliría 100 años. Su obra, y su vida también, aunque en menor medida, es conocida y aprehendida por miles de lectores en todo el mundo.

Autor de poemas como Hagamos un trato o Semántica práctica y novelas como La tregua, las palabras de Benedetti trascendieron las fronteras de Uruguay, llegando y dejando huella en Cuba, España y Francia, por nombrar solo algunos de los destinos donde lo llevó el exilio y la escritura. En su casa recibió más reconocimiento que críticas, aunque por momentos las segundas se hicieron sentir con fuerza.

Ahora, cuando ya pasaron más de diez años de su muerte, ocurrida en mayo de 2009, la fundación que lleva su nombre editó Cien veces Benedetti, una investigación que reúne en un bellísimo libro-objeto, además de su ya más que conocida biografía, fragmentos de las cartas que intercambió con figuras de la literatura como Julio Cortázar o Ángel Rama, de la política como Líber Seregni y Wilson Ferreira Aldunate, fotos inéditas —producto, seguramente, de que la fotografía era una gran afición en su familia— y apuntes sobre su vida y su obra. 

A lo largo de sus casi 120 páginas, se cuenta por qué el autor llevaba cinco nombres (Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno), cómo fue su infancia jugando en el Parque Capurro, su pasaje por el Colegio Alemán y el ascenso del nazismo, su amor adolescente y matrimonio por más de 60 años con Liropeya Luz López Alegre, el comienzo de su militancia desde el Estadio Centenario (el mismo en el que iba a ver al Club Nacional de Fútbol), sus varios exilios, su meticulosidad al escribir cartas, a las que hacía con carbónico para siempre conservar una copia, y muchos detalles más, de esos que construyen a la persona detrás del personaje. 

Bajo la batuta de Hortensia Campanella, presidenta de la Fundación Mario Benedetti, el recorrido por la historia de este poeta, narrador, dramaturgo, crítico, periodista y defensor de los derechos humanos viene acompañada por textos de figuras como Luis García Moreno, Diane Denoir, Sergio Ramírez, Claudia Piñeiro y Mario Vargas Llosa, agregando datos pintorescos que forman parte más del anecdotario que de la historia oficial.

"Con su habitual sinceridad, Benedetti ofrece un paisaje compartido, no solo geográfico de un Uruguay querido, que con el tiempo se hace latinoamericano, sino sobre todo —y eso es lo que le da proyección universal— un paisaje espiritual, de preocupaciones, de humor, de nostalgias y esperanzas, tan humano todo ello. Del diálogo constante que mantiene el hombre y el creador con su contexto extrae temas, personajes o tonos, y también algo mucho más trascendente: la búsqueda, el éxtasis, la incertidumbre en la que cada uno se reconoce. Su prosa y su verso interiorizan esa realidad y la ofrecen como espejo", dice Campanella en su texto, que oficia como prólogo de todo lo que vendrá después.

A continuación, algunos de los fragmentos de libroCien veces Benedetti, Fundación Mario Benedetti, 117 páginas.

 

Había muchos motivos para que la gente de mi edad comprometida con la izquierda admirase a Mario Benedetti, autor querido que llenaba los salones de actos de Madrid o de cualquier ciudad española, y que formaba parte de la educación sentimental de numerosos jóvenes. Su poesía y sus narraciones, atentas a la vida cotidiana de la gente normal, formaron enseguida parte de mis lecturas, igual que sus ensayos de crítica literaria. Detrás de su figura humilde y de su simpatía pacífica había un carácter germánico que le hacía tomarse con rigor cualquier tarea. Era meticuloso a la hora de organizarse, de estudiar e incluso de perseguir la sencillez. Después pude comprobarlo en diferentes ocasiones, ya fuese en la organización de un curso de verano, la presentación de un libro o la participación en un acto político. (Luis García Montero, poeta español y director del Instituto Cervantes)  

"Benedetti, yo no entiendo cómo ha hecho usted para meterse tan a fondo en el libro y decir de él un montón de cosas que yo no conseguiría jamás articular coherentemente. (No es falsa modestia; supongo simplemente que si fuera capaz de entender del todo el libro, no habría conseguido escribirlo; la parte del balbuceo, de la imposibilidad de objetivar las corrientes profundas, se convierte en la obra, pero jamás puede situarse en el plano de la explicación de la obra). Pero esa frase entre paréntesis lo alcanza también a usted, porque sólo desde adentro se podía ver con tanta claridad el móvil de Rayuela, y en usted el poeta y el crítico son uno solo frente a la obra que primero padecen y después elucidan". (Carta a Omar Prego y María Angélica Petit, La Habana, 26 de junio de 1979).

  

"Estoy contento de haberte conocido, de que seamos amigos, de haber leído tus libros. Anoche terminé los cuentos, que me gustaron tanto como tus poemas y tu ensayo. Pero lo que más me entusiasma es tu novela: la leí de un tirón, en una noche. Es un magnífico libro, hombre, muy pocos en América Latina manejan una lengua tan exacta, rica e inteligente. Es una novela honesta y auténtica, en la que nada está de más y que va contra la corriente, porque a los subdesarrollados nos gusta contar historias tremendas, excepcionales, y eludimos lo rutinario y lo banal que, sin embargo, ocupan sectores más anchos de realidad. Es formidable cómo gracias al estilo riguroso esa historia trivial y esos personajes mediocres adquieren grandeza y cómo en ese universo de burocracia mesocrática brotan de pronto la ternura, la pasión. Es un trabajo que me hubiera gustado escribir y que lamento no haber leído antes. Me ocurrió algo curioso leyendo tus poemas. Encontré de pronto un verso que me hizo dar un brinco: ‘cuando la casa verde envenenaba el aire´. Parece mentira. Lo he puesto como epígrafe de un fragmento de la novela que ahora corrijo, que envié a una revista limeña. ¿Sabes que la mitad de esa novela cuenta la historia de una casa verde, que existió hace ‘quince o veinte años’ y que precisamente ‘envenenaba el aire’ de una ciudad que se llama Piura? Carajo, "parece mentira". (Carta de Mario Vargas Llosa, París, 5 de agosto de 1964 sobre La Tregua y algunos poemas).

  

Lo empecé a conocer como escritor con el estreno de La Tregua. Primero vi la película, pero inmediatamente quise leer el libro. Necesitaba saber más de Laura Avellaneda. No se podía morir así, no era justo. Martín Santomé no merecía quedarse otra vez solo y sin amor después de haberla conocido. Sin embargo, leyendo la novela entendí por qué el autor había elegido ese destino irremediable para sus personajes. Mario Benedetti había elegido contar la historia a través de un diario, entonces, en aquella lectura no sólo pude escuchar la voz de Martín Santomé sino meterme en su cabeza, algo que solo permite la literatura. "No quiero un Dios que me mantenga, que se decida a confiarme la llave para volver, tarde o temprano, a mi conciencia; no quiero un Dios que me brinde todo hecho, como podría hacer uno de esos prósperos padres de la Rambla, podridos en plata, con su hijo pituco e inservible. Eso sí que no. Ahora las relaciones entre Dios y yo se han enfriado. Él sabe que no soy capaz de convencerlo. Yo sé que Él es una lejana soledad, a la que no tuve ni tendré nunca acceso. Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos". Después de leer este párrafo supe quién era aquel conocido que me susurraba palabras desde los posters pegados en las paredes, y me lamenté que lo mejor de él no cupiera en ellos. (El que nos susurraba palabras. Claudia Piñeiro, escritora argentina; ganadora de los premios Sor Juana Inés de la Cruz y Rosalía de Castro).

  

"Bueno, aquí entre el tomillo y el ‘pastis’, con una gran ventana abierta sobre el Vaucluse y los montes de Luberon, me metí en ese Montevideo bastante aterrador de su libro, y no pude volverme al campo hasta llegar a la última página. Si una de las maneras de juzgar una novela rioplatense es su interés (y yo creo que es una de las maneras más importantes y menos tenidas en cuenta por los escritores), Gracias por el fuego tiene esa virtud en grado máximo. Mi mujer y yo la leímos en un día (...) Leyendo su libro medí una vez más eso de ‘mi destino sudamericano’, esa indecible combinación de recuerdos, nostalgias, rencores y pasiones que es ser argentino u oriental. A lo largo de muchos años me ha sucedido con Arlt, con Onetti, con Borges, con algún otro que olvido ahora. Gracias por el fuego me devuelve otra vez a esa dependencia indeclinable, que desde aquí es todavía más intensa, porque en el fondo uno la elige al decidir que va a leer una novela uruguaya cuando muy bien podría no leerla. No sé si me hago entender, porque lo escribo a toda máquina: quiero decir que cuando estoy en Buenos Aires sufro como un perro y no veo la hora de saltar al barco de vuelta, porque siento que eso que llaman la argentinidad me es impuesto con la conocida insolencia de mi capital; aquí, en cambio, sigo siendo argentino porque, en última instancia, se me da la gana. Una de esas formas de dárseme la gana es seguir leyendo nuestra literatura. Y cuando me cae en las manos un libro como el suyo, tengo como una profunda felicidad, y me alegro de que haya en mí todo lo necesario para entrar a fondo en ese libro, rehacerlo en mí y sentirlo como una experiencia de vida y no un mero placer estético".(Identidad. Carta de Julio Cortázar, Saignon, 12 de noviembre de 1965).

  

El mundo que Benedetti construyó no hubiera sido posible sin la experiencia uruguaya que lo marcó con fuego, aunque, ya hombre grande, viviera en el exilio muchos años. Pero, no hay duda, se llevó consigo cuando fue ciudadano del mundo, la memoria de su pequeño país, la excepción a la regla en América Latina por sus instituciones representativas, su amor a la libertad y a la cultura, y por haber representado durante tantos años la civilización en un continente que parecía haber elegido la barbarie. Su gran mérito fue haber mostrado que esa sociedad que se acercaba a la perfección, no era nada perfecta cuando se la exploraba de cerca con el cariño que a él le inspiraban esas gentes que sin saberlo ni proponérselo construyen un país mediante sus esfuerzos cotidianos. Cuando los jóvenes revolucionarios llamados tupamaros decidieron que allí también hacía falta una revolución a la cubana —el sueño ideológico de la época— e introdujeron la violencia, aquel país tolerante desapareció y se convirtió en otro país latinoamericano prototípico, con militares torturadores y revolucionarios terroristas. Uruguay pareció tocar fondo. Menos mal que se ha ido reconstruyendo y vuelve, poco a poco, a parecerse al de los poemas y narraciones de los grandes escritores uruguayos de aquella notable generación: Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Carlos Real de Azúa, Mario Benedetti y tantos otros. (Mario Vargas Llosa, escritor peruano y Premio Nobel de Literatura. Fragmento de su columna Piedra de Toque, en el El País de Madrid).

Mario iba a ser el padrino del hijo que esperábamos con Juan, mi pareja, pero no pudo ser. También Juan falleció repentinamente. A partir de ese momento que se me cayó la estantería en pleno exilio, Mario tomó el papel de un hermano mayor. Un día le conté que había tenido una especie de "alucinación consciente"; al día siguiente me trajo el cuento Transparencia que después publicaría en su próximo libro Con y sin nostalgia.

Amigazo solidario, siempre pendiente del estado de ánimo del día. Se propuso motivarme para que volviera a cantar y empezó a hilvanar un espectáculo de café-concert, basándose en una pareja que a través de canciones armadas con poemas musicalizados de diversos autores sudamericanos, plasmaran sus luchas, sus esperanzas, sus amores, sus fracasos, etc.: "La vida cotidiana". (Mi periplo y Mario. Diane Denoir, cantautora y miembro del Consejo de la Fundación Mario Benedetti).

(Fuente: galeria.montevideo.com.uy)