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domingo, 14 de julio de 2019
7:46:23 a.m. 

Por Mercedes Rodríguez García
Ilustración: Marirena 

No digo que hace 330 años la llevo en la sangre, porque entre quienes la fundaron el 15 de julio de 1689 no venía ni uno solo de mis ancestros. Sin embargo, desde tal fecha, puedo asegurarles que la amo. 

Nací, crecí y vivo en ella, como mismo lo hicieron mis padres, hermanos, tíos y primos. Fueron mis mayores quienes me enseñaron a quererla, de muchas maneras, pero la mejor, caminándola, indagándola en libros y artículos de coterráneos virtuosos que vivieron antes, mucho antes que yo: 

Dígase Dionisio, García-Garófalo y Florentino. O no tanto, como el honorífico García González, el de las Estampas —ya fallecido—; la estimadísima Marta, la de los Anido, y el respetabilísimo doctor Ovidio Cosme, que se mudó a La Habana pero que bien sé no se desprende de su dilecta urbe. Y otros más, maestros y profesores especialistas que se dan a la tarea de mantenerla viva, enseñándola, investigándola; o escritores y artistas que la perduran narrándola, dibujándola, cantándola, bailándola. 


Ella entera, con esa fealdad interesante de matrona profana, pletórica en verano de ardores y humedades, se ajusta perfectamente a mis reclamos. Y puedo asegurar —sin gota de quimera—, que cuando salgo y me hundo en otras noches más lumínicas, aristócratas y ordenadas, la extraño como extraño cierta ropa o calzado.

Honro su historia, sus leyendas, sus ancianos, sus jóvenes, sus niños; sus ya nada correntonas aguas del Bélico y del Cubanicay, que alguna vez —a falta de mar, en el estío—,  fueron pocitas refrescantes, andurriales de citas y escapadas, de flores y de verdes, de tomeguines, arrieros y palomas en bandadas.

No puedo asegurar que llovía el día llegaron al cuartón de Orejanos 37 remedianos, que emprendieron la marcha loma abajo hasta encontrar sitio apropiado para la nueva villa debajo de lo que dicen fuera un tamarindo. Pero como julio ha sido siempre estación lluviosa, quiero pensar que el cielo los bendijo. 

 

 

De eso ya hace tiempo, mucho tiempo. Corre pues mi crónica sobre textos que afianzaron otros pero que mi imaginación matiza. Lo acepta el género. Y a mi Santa, Clara y bendita ciudad le encanta mi atrevida frescura:

Me lo dijo en secreto, en un momento de poesía y licores del Mejunje, o de pasacalle y danza en la Casa del Trompo, o de dulces y flores en la Verbena de Gloria. Tal vez ocurrió hace ya 20 años, una madrugada metálica, bien heavy, ruidosa y agresiva. O ¿fue una tarde de trova del Longina o de tambor y cuerda del Caturla? ¡Puff!, me enredo en las memorias. 


Santa Clara creció lento: villa pobre, moradas de madera, palma y guano, con un maestro de origen jamaicano, y campos con ganado, y un activo comercio de cueros y de carnes, y un molino de trigo, y calles polvorientas con nombres patronales, iglesias y pila bautismal, y plaza, y cementerios, y patriotas, literatos, poetas, músicos, cronistas, no muchas damas de abolengo, bomberos voluntarios, ferreteros, albañiles, acueducto y alcantarillado, cafetines, hosterías y hoteles, cines, ayuntamiento, teatros y ferias, mercados y festejos.

Y pasó el tiempo y pasó… Demasiado longeva, bohemia, muy ruidosa, estrecha, mustia de agua, enrejada, sin donaire, menoscaban unos. 


Cosmopolita, anciana transgresora, dama memorable, dueña de la sabana, hija culta y elegante de la cruz del Puente, de la bota del Niño, ponderan otros. 

 

Ella es mi ciudad, habita mi cabeza y la parte izquierda de la caja del cuerpo. Adoro sus hedores, sus tonos despintados —el amor no impone condiciones. Por eso cuando viajo traspasando territoriales límites extraño sus sonidos, sus calles en penumbras, sus noches de luna ida, sus octubres de tímido celeste, su inédito verano de piletas inflables, su diciembre de pueblo y de Batalla. 

Gloriosa, y Santa y Clara como su patrona de Asís, es también la ciudad de doña Marta Abreu, la Benefactora, y de Ernesto Guevara, el Guerrillero, pero además, la de Hurtado de Mendoza,  Conyedo, Jerónino, Monteagudo, Carolina, Bonachea, Socarrás, Margot Chiqui y Julio Pino, Casitas, José Luis Miranda… 

Santa Clara, la muy a  mi manera bella, heterogéneamente bella: 


Con sus Universidades, sus museos, su Teatro, su Arcoiris, su malecón sin agua, su Boulevard y Sandino; sus barrios, repartos, avenidas, calles, callejas y perros callejeros; sus shoppings, tiendas, bodegas y mercados; sus Marquesina, Disco Isla, Venecia, Vista Hermosa, Mil Ochocientos y Mandarín; sus peñas, tertulias y retreta; parques hoteles, cafés y paladares; estrambótica de tránsito, abigarrada de naturales, paisanos y turistas. 

 

 


Santa Clara la muy a mi manera centro y estrella visible desde la más distante catedral del Planeta. Cosmopolita, bohemia, desprejuiciada, nocturnal, armónica y diversa. 

Ciudad crecida que ha de continuar creciendo renovada hasta llegar a ser, más que urbe y campiña, ciudad alborada. Y sobre sus huesos y cenizas raigales, saberse más que concreto, tejas y rasilla; mucho más que mármol, piedra, losas y recuerdo.