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lunes, 20 de mayo de 2019
6:39:27 p.m. 

Por Mercedes Rodríguez García 

Un verano, empezando el siglo xxi, lloré a Martí. Fue en Santiago de Cuba, un mediodía terrible de luz. Desde hacía rato ya sentía ganas. No llanto numeroso, apenas un nublarse de los ojos. Desde el lucernario de la tumba más gloriosa de esta isla, su vida entera cobró escenarioen mi cabeza. Tres disparos: dos mortales en el cuello y en el pecho —por donde corren arterias mayores—, y el otro en el muslo. Lo vi caer mientras cabalgaba. Terminaba su drama. A nadie se le da la vida hecha. 

La historia se ha contado muchas veces. ¿Cuántos le dispararon? ¿Desde dónde? ¿Cayó aún vivo? ¿Fue rematado? ¿Suicidio? Abundan las versiones. En un final su muerte fue divina, celeste, encandilada. Tal vez apetecida. De cualquier modo, muerte indócil, muerte osada. En Dos Ríos, ya se sabe. Muerte fértil para este siglo de transcurrir aciago, tan lleno de temores, de asechanzas y de peligros reales. 


Tiempo ha pasado. Tiempo vital para revivir al Héroe más allá del bronce, del mármol, del yeso, del lienzo y la policromía. Y ahora, 124 años después de los disparos letales, falta nos hace levantar en la conciencia colectiva el ánimo martiano; enseñarlo niño, adolescente, joven, ya maduro. Para que se vea bien el lugar al que llegamos —y sostenemos—, dueños de sus mismas alas, en un abrazo singular y fecundo de humanidad y trabajo. 

No hay tiempo para el llanto, ni en gota ni en torrente, ni siquiera en azul iluminado. Al Apóstol todos le debemos. Mejor llevarlo adentro, como escudo protector de la nación misma. Martí necesario, imprescindible, entrañable, enraizado, avizor, eterno, perdurable, cotidiano. 

Nadie nos lo impedirá. Y como a él, nada nos abatirá.