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domingo, 17 de febrero de 2019
8:35:25 p.m.

Al escritor Eduardo Heras León está dedicada la Feria Internacional del Libro de La Habana de este 2019 Como parte de los homenajes dedicados a Heras, el pasado sábado 9 de febrero se celebró un panel en la Sala Nicolás de Guillén de la Fortaleza Morro-Cabaña, para celebrar la vida y obra del escritor.

Heras, Premio Nacional de Edición 2001 y Premio Nacional de Literatura 2014, además de varios lauros en otros países y distintos libros memorables, hasta un total de once, “nos ha entregado —al decir del crítico y narrador Francisco López Sacha— una obra múltiple e insoslayable en el ámbito latinoamericano como cuentista, crítico de arte, teórico de narrativa y maestro de varias generaciones de escritores cubanos”.

A compartir con el Premio David 1968 y Mención Única de Cuentos en el Premio Casa 1970, acudieron también el trovador Silvio Rodríguez, el escritor y cineasta Víctor Casaus, el narrador y periodista Germán Piniella, las escritoras Dazra Novak y Elaine Vilar, ambas alumnas de Heras, y los críticos de ballet Pedro Simón y Miguel Cabrera.

Por haber conocido al Chino Heras cuando “su disciplina y tesón le dieron la entereza y dignidad para soportar los embates del Quinquenio Gris”, por haber sido él tanto como yo miembro de la “generación de la fidelidad”, no encuentro mejor manera de reconocerle y honrarle en vida, que reproducir el texto escrito por Germán Piniella Sardiñas, en Progreso Semanal. Para Eduardo Heras, de quien mucho aprendí en los talleres y encuentros literarios en Santa Clara y La Habana, mi admiración y respeto.

Mi hermano, Eduardo Heras 

Por Germán Piniella*

 

Hace algunos años, tantos como llevan de casados Eduardo Heras e Ivonne Galeano, nuestro común amigo Pablo Vargas me pidió que hiciera, en víspera de la boda, la presentación de la segunda edición de Los pasos en la hierba. Lo hizo, creí entonces como ahora, no porque yo fuera capaz de hacer un exhaustivo análisis literario de esa obra, sino porque esa edición se convertía en un hito de justicia, después de los años de ostracismo de Heras, y yo había sido testigo y cómplice de ese y su libro anterior, La guerra tuvo seis nombres, acompañante en la concepción de ambos libros, su escritura, la Mención única de Cuento en el concurso Casa de 1970, la crítica despiadada primero y luego la cacería de brujas a la que fuimos sometidos en la Universidad de La Habana, los años de no publicar, su resurgir y su posterior ascenso y reivindicación.

Había conocido a Eduardo en 1966, a mi llegada a la entonces Escuela de Periodismo, donde ya él era estudiante de segundo año de la carrera, a pesar de ser más joven que yo. Ambos habíamos llegado tarde a la Universidad, yo con 31 años, el con cinco menos, por razones similares: habernos dedicado a tareas que pensábamos más urgentes en aquellos primeros tiempos de la Revolución. Los dos tempranamente fuimos milicianos, Heras artillero, yo miembro de un batallón de combate, y en una crónica que publiqué en un número de la Gaceta de Cuba por un aniversario de la batalla de Girón, y que dediqué a Eduardo, conté que pudimos habernos cruzado por aquellos lares en algún momento, sin conocernos. El Chino escribió más tarde de una anciana que a la salida de Jagüey Grande saludaba y arengaba a los milicianos que pasaban en camiones rumbo a la zona de combate. Yo también la vi, aunque con una visión distinta. Debe haber sido la misma en dos momentos diferentes. Uno de los dos —no recuerdo cuál— la describió agitando un pañuelito; el otro la recordaba gritando carajo y acaben con esos hijueputas. De alguna manera, ya estábamos emparentados. Luego Eduardo fue oficial del ejército, yo en las fuerzas blindadas y más tarde, ya como civiles, nos encontramos en la Universidad.

Nada de esto fue la razón para el inicio de nuestra amistad, aunque sí la cimentó más tarde. Había un pequeño grupo de jóvenes estudiantes de Periodismo fanáticos de la literatura: el propio Eduardo, Rogerio Moya, Renato Recio y Raúl Rivero. Los dos últimos ya no están con nosotros. El primero lamentablemente falleció; el otro peor que si lo hubiera hecho. Fue Moya quien se me acercó y me presentó a los demás. Yo había publicado mi primer cuento en la revista Bohemia y Onelio Jorge Cardoso, sin conocerme, tan generoso siempre con los jóvenes, lo había elogiado en una reseña en el periódico El Mundo. Ellos, ingenuamente, pensaban que ya yo era todo un escritor. Nos hicimos inseparables. Junto a otros compañeros, Vicente Carrión, Rosa Ileana Boudet, Gladys Egües y quizás algún otro, hicimos de la revista Alma Mater nuestro cuartel general. También lo fue mi casa, lugar casi diario de reuniones de lectura de cuentos y poemas, de canciones de trovadores, de ron y escasos café y cigarros, y de fervor revolucionario que se complementaba con las blasfemas e hilarantes coplas de Roque Dalton. Éramos jóvenes, hermosos, inmortales e íbamos a cambiar el mundo por medio de la literatura y el periodismo. Y Eduardo, con sus cuentos, fue nuestro vocero, nuestro testimoniante.

 

Como nuestra escuela compartía aulas con la de Letras, por razones literarias y políticas nos unimos con otros jóvenes estudiantes de Literatura: Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez Rivera y Wichy Rodríguez Nogueras, quienes nos descubrieron a Silvio Rodríguez con los recitales que organizaban en la Escuela de Letras. Ellos, que ya venían de El Caimán Barbudo y habían demostrado su talento, y pagado un precio por ello, nos acogieron como iguales, y no como los advenedizos que muchos estudiantes de Letras consideraban a unos aprendices de periodistas interesados en la narrativa y la poesía. Sabemos por qué Guillermo y Wichy no están en este panel, como hubieran querido con todo derecho. Pero siguen, como en aquellos años, formando parte del grupo.

De la tropa de Periodismo, Eduardo era el líder indiscutible, ni elegido ni anunciado, sino de manera espontánea por su carisma, su disciplina, sus conocimientos enciclopédicos de cosas que para nosotros eran esotéricas. Además de haber sido maestro normalista, profesor en la Escuela de Artillería, teniente del ejército en una época en que pocos milicianos alcanzaban ese grado y estudiante en la Escuela Superior de Artillería de la antigua URSS, donde se dice que había una placa con su nombre, Eduardo había sido limpiabotas en la Esquina de Tejas, campeón juvenil de ajedrez, escribía críticas de ballet, era un melómano cultísimo y conocedor de no recuerdo cuántas cosas más. Para nosotros era lo más parecido a un hombre del Renacimiento. Alguien del grupo decía que, si en vez de ser narrador o artillero o escribir críticas de ballet el Chino hubiera sido carpintero, sería una estrella de la profesión. De haber seguido por ese camino, hoy podría ser Premio Nacional de Carpintería, como también lo es, de Literatura, algo que Eduardo no hubiera dejado, como demostró más tarde, a pesar de sufrir persecución y ejercer otros oficios.

Admiro a Heras por todo lo anterior, por su talento coral que le permitió sobresalir en tantos campos de la vida, que lo hicieron llegar de lustrar zapatos para ganarse unos centavos siendo niño hasta ser el hombre que homenajeamos hoy. Lo hizo a fuerza de disciplina y tesón que le dieron la entereza y dignidad para soportar los embates del Quinquenio Gris.

De ser lo que retóricamente se llama “una promesa de la literatura” con solo dos libros de cuentos, ambos premiados, y que junto con su obra posterior Francisco López Sacha considera “consecuente con la renovación de un género”, Eduardo pasó al ostracismo editorial, cambió el aula universitaria, donde era tanto estudiante como profesor, por un puesto de obrero del acero, y sufrió que algunos quisieran convertir la “promesa” en escarmiento. Todo eso en nombre de lo que Eduardo y los demás habíamos había defendido desde que tuvimos conciencia de la injusticia social.

Hay muchas maneras de soportar la adversidad, pero una de ellas, la de ser víctima, no fue la que escogió Eduardo. No estaba en su naturaleza ni en su currículo. El Chino no se echó en un rincón a lamerse las heridas lamentándose de su suerte. No se amargó por la injusticia porque, al igual que un amigo común que hoy se encuentra aquí, no se creyó más importante que el país. Enfrentó lo que la vida había puesto en su camino con la misma disciplina y tesón que lo habían hecho ascender anteriormente. Y con la misma o mayor dignidad. Fue, como nos gusta considerarnos, miembro de la “generación de la fidelidad”. Y después de un tiempo de recuperación, aún en la fábrica “Vanguardia Socialista”, volvió a escribir. Su libro Acero no trataba el tema de sus dos primeras obras, pero estaba enraizado con ellas porque sus personajes enfrentaban su destino de la misma manera, librando una batalla con la vida y consigo mismos, motivados por las mismas razones que La guerra tuvo seis nombres y Los pasos en la hierba. En todos ellos, los hombres probándose a diario. Eduardo seguía escribiendo de lo que había vivido.

            

No voy a seguir enumerando la obra literaria de Eduardo o su otra obra fundadora, como la del Centro Onelio. Otros lo harán mejor que yo. Solo quiero mencionar que cuando el tiempo de persecuciones había terminado, Eduardo, fiel y consecuente con la misma actitud hacia la literatura y la vida, ganó el Premio UNEAC en 1983 con su libro Cuestión de principio. Si los censores hubieran seguido al mando, al Chino lo habrían tronado otra vez.

Esa persistencia, esa negativa a considerarse un perdedor ante la persecución, ese levantarse de la lona como un boxeador que se niega a ser derrotado son, para mí, rasgos fundamentales del carácter de Eduardo Heras. Por eso creo que junto a su Premio Nacional de Literatura, a su Premio Nacional de Edición y a los otros que debiera recibir por su labor en la enseñanza artística y el periodismo cultural, y que aún no le han llegado, Eduardo Heras León merece, con toda justicia, el Premio de la Vida.

*Germán Piniella Sardiñas (La Habana, 1935) es escritor, periodista, traductor y crítico musical. Sus cuentos y comentarios han aparecido en prestigiosas revistas cubanas como Casa de las Américas, La Gaceta, Bohemia, El Caimán Barbudo, La Jiribilla y otras, así como en publicaciones en el extranjero. También ha escrito notas para la mayoría de los sellos discográficos de Cuba. Ha publicado el volumen del cuento Otra vez al camino (Editorial Pluma en Ristre, 1971), finalista del Premio David en 1969; Punto de partida (Pluma en Ristre, 1970), una antología de jóvenes escritores y poetas de ficción, junto con Raúl Rivero; y el libro sobre cultura culinaria Comiendo con Doña Lita (Arte y Literatura, 2010), en colaboración con su esposa, psicóloga y crítica de alimentos Amelia Rodríguez. Varios de sus cuentos han aparecido en antologías en Cuba y en varios países. Actualmente trabaja como editor asociado de Progreso Semanal, revista bilingüe de Internet.