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miércoles, 09 de enero de 2019
5:15:28 p.m.
 

Por  Ciro Bianchi Ross y Perfecto Romero* 

La Habana vivió una semana de espera apasionada. Desde el 2 de enero careció de día y hora fijos la entrada de Fidel a la capital. Parecía que su arribo ocurriría en cualquier momento y las agencias de prensa contribuían no poco a la confusión, pues las noticias que transmitían lo daban indistintamente a bordo de un avión que haría inminente su llegada o, al frente de la Caravana de la Libertad, lo situaban a las puertas mismas de la ciudad. (…) 

Llegó así el 8 de enero. Los habaneros, inmovilizados frente a los televisores, esperaban el momento de volcarse a la calle para saludar a los rebeldes. De balcones y ventanas colgaban banderas cubanas y la enseña roja y negra del Movimiento 26 de Julio. Las mujeres lucían en su vestuario los mismos colores, perseguidos hasta poco antes. El Cotorro, a unos 30 minutos del centro de la ciudad, depara a Fidel una sorpresa enorme. Allí está su hijo Fidelito, vestido de verde olivo, y el comandante Juan Almeida lo alza hasta el vehículo militar en que viaja el Comandante para que padre e hijo se fundan en un abrazo.

 

En automóvil va Fidel desde el Cotorro hasta la Virgen del Camino. Aborda allí un yipi para internarse en la ciudad. Lo acompaña el comandante Camilo Cienfuegos y en rastras, autos, camiones y vehículos militares de todo tipo lo sigue su tropa. Son gente joven en su mayoría. Muchachos del campo que nunca antes estuvieron en La Habana y que contemplan rascacielos y avenidas con ojos de asombro, como cohibidos, con una sonrisa tímida esbozada tras las barbas legendarias. 

Fidel está en la ciudad y repican las campanas de las iglesias, suenan las bocinas de los vehículos, los barcos surtos en puertos dejan escuchar sus sirenas. A todo lo largo del camino, a un lado y otro de la calle el pueblo se agolpa para saludarlo. Toma la caravana victoriosa la Avenida del Puerto. Frente al Estado Mayor de la Marina de Guerra permanece fondeado el yate Granma y el Jefe de la Revolución ordena un alto y aborda la embarcación. Disparan salvas las fragatas Máximo Gómez y José Martí. La comitiva se pone de nuevo en movimiento. A la altura de la Avenida de las Misiones dobla. Hará una segunda parada frente al Palacio presidencial para saludar al presidente Manuel Urrutia, que, junto a todos sus ministros, lo espera en la puerta de la mansión.


Suben a la segunda planta. Desde la terraza norte Fidel saluda a los que se han congregado frente a Palacio. Es una multitud compacta que se extiende desde los bordes mismos del edificio hasta el Malecón y el Castillo de la Punta.

 


             PERFECTO ROMERO RAMÍREZ, EL HOMBRE AL QUE EL CHE  LE DIO UNA CÁMARA FOTOGRÁFICA EN LUGAR DE UN FUSIL 

 (Tomado de Lente Cubano)

Perfecto Romero nació en Cabaiguán, Cuba, en 1936. Su afición por la fotografía vino de la mano de sus ideas y empezó a trabajar como fotógrafo cuando se unió a los Rebeldes (barbudos) en la Sierra del Escambray. 

Romero pensaba que el fusil era la única forma de hacer la revolución, hasta que el Che Guevara le demostró el poder de la imagen y desde aquel momento se convirtió en el fotógrafo oficial de la Revolución Cubana en la lucha insurrecta en el Escambray. 

Amigo de ese otro gigante de la fotografía de la Revolución Cubana, Alberto Díaz (Korda), y admirador sin reservas de Camilo Cienfuegos, el Che y Fidel Castro. 

Perfecto Romero ha dejado a través de sus imágenes en blanco y negro el testimonio de una revolución. Por ello, Romero pertenece ya a ese exclusivo grupo de fotógrafos que a través de una cámara consiguieron capturar ideas y hacerlas eternas. 

Principalmente conocido por sus fotos históricas sobre el Che y Camilo, Romero, forma parte del colectivo humorístico del semanario humorístico PALANTE, y esto le ha dado la posibilidad de participar en todas las Bienales del Humor, en el habanero poblado de San Antonio de los Baños, a partir de la quinta edición. 

Y como era de suponer, Perfecto asistía con su cámara y la usaba para retratar a todos los que le pasaban por delante, durante las exposiciones, o en las conferencias, o conversando, o bebiendo en la Taberna del Tío Cabrera; lo mismo cuando caminaban que cuando estaban parados o sentados hasta cuando andaban regados por el suelo. 

De esa copiosa colección se percató y se dijo: "¡Caramba, lo que yo tengo aquí es un tesoro de recuerdos!" Y convencido de esto, comenzó a registrar las 89 gavetas, cajas, cajitas y cajones, en las que conserva celosamente sus miles de fotos impresas y negativos, en el más imperfecto orden alfabético, hasta armar una selecta selección de lo más representativo de estos eventos. 

Y mirándolo bien, tenía razón, pues nos monta en la máquina del tiempo y nos lleva a hacer un recorrido por los callejones del recuerdo. 

Gracias a esta iniciativa perfectísima desfilan ante nuestros ojos algunas figuras queridas de este terruño ariguanabense que nos sirve de sede, y colegas del humorismo gráfico que en estos momentos andan pintando caricaturas a San Pedro y a las Once Mil Vírgenes, para el Heraldo Celestial u otro órgano del "más allá". 

Que si bien siguen haciendo de las suyas en el "más acá", lucen ahora algo diferentes a como aparecían en las fotos de marras: tienen más canas, más arrugas y menos pelo; pero todos muestran un buen ánimo. 

Pudiéramos decir que Perfecto ha sido un privilegiado testigo de nuestras Bienales del Humor, y no ha desaprovechado la ocasión para enriquecer la memoria colectiva, para que hoy, los que estuvieron se regocijen o sufran con el sabor de la nostalgia, y los que no estuvieron sepan lo que se perdieron. 

Sus Exposiciones de fotografía de un buen humor son una oportunidad para reencontrarnos con aquellos años menos convulsos, en los que la risa costaba menos trabajo y la paloma de la paz tenía más plumas. 

Pero, bueno, ¡nada es perfecto en la vida! 

Sus fotografías se expusieron en la Galería Proud de Londres como parte de un libro fotográfico titulado "Habana en mi corazón", en el que varios fotógrafos cubanos hacen un recuento de la historia de Cuba desde la Revolución hasta nuestros días. 

De esos avatares durante muchos años, Perfecto Romero nos conversa. 

—Usted ha recogido en sus fotografías algunos de los personajes que forjaron la historia reciente de Cuba: Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro... ¿Cómo fue su relación con ellos? 

—Yo estuve con ellos desde el principio. Conocí al Che en el año 1958 y permanecí con él hasta finales del1964. “Era un enamorado de la fotografía y tomar buenas fotos de él no era difícil pues su personalidad era tan fuerte que se reflejaba en las fotos. 

“Camilo vivió menos —vivió sólo 10 meses con la Revolución— pero fue muy activo. La gente no lo conoce tanto pero fue un personaje tremendo como político y también como persona. 

“Era un personaje de pueblo que se ganó el cariño de la gente. Todo el mundo lo aclamaba y lo quería mucho: el pueblo estaba loco por Camilo”. 

—¿Y su vinculación con Fidel Castro? 

—También una gran personalidad y bastante fotogénico. Nunca le importó que le tomaran fotos, tanto cubanos como extranjeros; se situaba en la tribuna y nos dejaba hacer nuestro trabajo. 

—¿Cómo se siente al ver que hoy sus fotos junto con las de Korda representan la esencia misma de la Revolución Cubana?

—Korda y yo, junto con Liborio Noval, éramos grandes amigos. Nuestras fotos han viajado a muchos países en exposiciones y se han publicado en muchos libros. Me siento muy bien y muy orgulloso de ello. 

—Cuando estaba con los "Barbudos", ¿tuvo la sensación de que era testigo de un acontecimiento histórico? 

—Yo no sentía eso. Sabía que tenía que tirar la foto porque era mi trabajo. Lo que sí hice fue guardar los negativos como un tesoro. Los conservé y cuando luego con el paso de los años los rescaté de nuevo,alcanzaron la importancia que hoy tienen. 

“¡Mi verdadero mérito fue guardar aquellos negativos como mi vida! Porque entonces yo era joven, tenía 23 años, y nunca pensé que el Che y Camilo iban a morir tan pronto. 

“Esas cosas uno no las piensa... pensé que íbamos a vivir más, pero bueno, sucedieron las cosas que sucedieron. 

—De entre sus muchos momentos compartidos con aquellos personajes, ¿hay alguno que guarde con especial cariño? 

—¡Imagínate! ¡Son tantos y tantos! Quizá el día en que el Che me acepta como corresponsal en la columna. Yo fui simplemente a combatir a su lado y él me cambio la vida: en lugar del fusil, me dio una cámara. 

“Camilo, desde el día en que lo conocí, me trató como si me conociera de toda la vida y se convirtió en mi amigo. Siempre que necesitaba un fotógrafo me mandaba llamar estuviera donde estuviera. 

“Esas son cosas que no se olvidan y cuando pienso en ellas todavía me emocionan.