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jueves, 27 de diciembre de 2018
11:34:52 p.m.

«La toma de Santa Clara fue un acto supremo de audacia. […] El éxito de la misión dependió de las experiencias acumuladas por los comandantes, de la confianza absoluta que teníamos todos en el cumplimiento de la orden de Fidel, de la inteligencia y las dotes militares y políticas del Che y de Camilo […]»

General de División de la Reserva de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Rogelio Acevedo González 

Por Mercedes Rodríguez García

Por aquellos días, como sucedía cuando se avecinaba un ciclón o un temporal, comenzó en la casa un desacostumbrado avituallamiento de velas, cajas de fósforos, pilas, alimentos en conserva, galletas, barras de dulce de guayaba y tabletas de chocolate, que mis previsoras tías iban colocando, como piezas de un rompecabezas, en cajas de cartón que ataban con cabuya.

Debió haber sido a principios de diciembre de 1958, cuando las vidrieras de las tiendas lucían motivos navideños y gran variedad de juguetes para el Día de Reyes. Y lo recuerdo muy bien porque ya casi tenía terminada mi cartica para Melchor, Gaspar y Baltasar con un largo pedido de regalos que debían traerme el 6 de enero.

Pero además, porque las cajas arrinconadas en el comedor iban mermando con los días, sin que pudiera haber realizado aún «el asalto al convoy» que había planificado en solitario cuando todos durmieran, tentada por las golosinas que mi no menos golosa imaginación calculaba dentro, y a contrapelo del «no se te ocurra tocarlas, Merceditas», advertido una y otra vez por tía Teresa.

Para esta fecha apenas cabíamos en la casa de la calle Anderson no.14 e/ Síndico y Caridad, ocupada itinerantemente por mis padres y hermano, y algunas veces por ciertos «tío de Oriente» o «primo del campo», susodichos que siempre llegaban y partían misteriosamente a «algún lugar de Cuba», y nunca con las manos vacías.

Y no lo he olvidado porque esperando a los Reyes Magos se me habían espabilado los ojos, que a la edad de siete años ya alardeaban de fisgones, inquisitivos y soñadores.

Elfos y dragones

Fue un mediodía en que hacía mucho frío cuando abuela, con el farol en una mano y un paquete de velas bajo el brazo, nos llevó a su cuarto y nos pidió estarnos tranquilos porque «la cosa está que arde». Y enseguida, como si se tratara de un comunicado, informó.

—Viene la guerra y van a bombardear, así que nos iremos para otra casa, porque a la Shell le van a dar candela.

¿Guerra?¿Bombardeo? ¡Candela..!, palabras que no precisaba muy bien, pero que entendí como la llegada de una legión de elfos cabalgando sobre dragones y disparando bolas de fuego y gases sobre el servicentro del fondo.

Ya no había luz, ni agua, y según escuchaba decir a mi papá, ni carreteras, ni líneas, ni puentes. Por eso Lidia —mi prima nefrótica—no había podido viajar por tren a su turno con el doctor Galán, en La Habana. Y tampoco habría Nochebuena en la finca de los tíos políticos, en Sagua la Chica; ni excursión a Casilda, ni Parrandas en Remedios, ni paseo dominical en coche. Todo por culpa de la guerra, la guerra, la guerra…

«¿Y qué es la guerra, Tata?», me preguntaba Lidia, siempre tan obediente y apocada.

¡Y qué sabía yo de guerra más allá de las que armaban mi hermano y mis primos
—con sus pieles rojas y cowboys, arcos y flechas, pistolitasde agua y revólveres de chirampín— contra mis rubias «Lily», de plástico y vinil, y una sola, una sola y rara negrita de la misma fábrica nacional de muñecas, regalo de una amiga jamaicana de tía Erundina, hermana de mi abuela.

La guerra, la de verdad, llegó a Santa Clara antes de lo esperado, y a mi casa, cuando se aparecieron dos policías a registrarla. No me parece que buscaran mucho, pues luego de abrirles tía Mary el librero y uno de los escaparates, se marcharon no sin antes «cruzar espadas» con mi padre, quien les recriminó el no dar las buenas horas y entrar armados donde había niños.

Y según me contaba tía Mary, papá «se salvó en tablitas» porque abuela les brindó café y les enseñó su cédula de votación a los guardias, y a «Anael le dio por tragarse la lengua». Y es que a mi padre lo tenían entre ceja y ceja «por bocón y agitador». Y aunque siempre lo consideré un hombre de pocas palabras y más bien tranquilo, molesto era muy intempestivo.(Lo comprobé la única vez en la vida que le solté una palabrota, y la única vez en la vida que me levantó la mano).

En definitiva, los policías solo pidieron permiso para subirse a la frondosa mata de mangos trinitarios que crecía en el patio, de cara a la Carretera Central, y así desde la altura, controlar cualquier movimiento en el área.

«¡Solavaya!, llévatelos, viento de agua!», comenzó a gritar tía Mary luego de asegurarse de que ya habían doblado la esquina, y de pasar lospestillos a la puerta y los postigos.

—¡Solavaya, solavaya, solavayaaaa!, la imitamos mi hermano y yo, dando brincos y tirándole del vestido.

Esa noche nadie pegó los ojos. Al otro día por la mañana, «armados hasta los dientes», vinieron y plantaron atalaya en la mata de mangos. Abuela les había llenado un termo con café, y antes de acomodarse lo más arriba que pudieron trepar, se los alcanzó. Rápido —muy ágil para su edad— cerró puertas y ventanas del portal trasero, y corrió para el baño donde estábamos encerrados junto con papá. Ya afuera, otra orden, esta vez en boca de mi madre, tan divertida y práctica como tía Mary.

—Tropilla mía, levantamos campamento, orinen y hagan caca antes, que nos largamos para la tintorería, cojan todas las almohadas y se las ponen en la cabeza.

—¿Para qué?, pregunté.

—Está lloviznando. Tú, María Mercedes, lleva la bolsita con las medicinas de Lidia y no la sueltes por nada del mundo; Anaelito, ¡ni un juguete!, nada más; en un cartucho,los colores y una libreta…

—Y las bolas, los palitos chinos de Tata y los yaquis de Lidia.

—Está bien, pero rápido, que ya no queda casi nadie en la cuadra, se fueron para el sótano de Monagas.

Habían esperado demasiado. Era domingo 28 de diciembre y la guerra anunciada la viviríamos en familia.

Escapada y campamento

Por la calle Caridad subimos loma arriba cinco cuadras hasta La Elegante, el más grande y moderno establecimiento de lavado y planchado de ropa en Santa Clara, propiedad de tío Eliseo, esposo de tía Ramona, hermana de mamá. Al lado, la cafetería de Consuelo y Redondo, y haciendo esquina, una bodega de chinos. Todo cerrado a cal y canto.

Íbamos corriendo, y a mi prima, atacada en llanto, tuvo que cargarla mi papá. Sus padres no habían podido salir de Remedios, donde se encontraban «varados en casa de los Torres». La mamá, tía Olga, era maestra rural en un lugar que le decían El Bajo, y tío Gonzalo, el papá, colono, el más chico de 11 hermanos cultivadores de caña y frutos menores. A Santa Clara llegarían dos o tres días antes que los Reyes Magos, y sin regalos.

Lo peor de aquella escapada loca sucedió cuando cruzábamos la calle Villuendas, con la cárcel y la Audiencia a pocos metros. De dónde salió la bala, no sé, pero atravesó una lata de leche condensada que llevaba mi mamá en la mano. Enseguida mi hermano y yo nos tiramos para recogerla y chuparla, pero creo que fue tía Mary quien nos levantó en peso y nos metió por una tronera en la pared de una gallería que había rematando la acera contraria. Años después —de fabuladora que era—, mi mamá engrandecería los hechos diciendo a todos que a ella la habían ametrallado durante la Batalla de Santa Clara.

Nos faltaban casi dos cuadras para llegar a la tintorería, de modo que pasado el susto arrancamos en tres grupos: delante, mi abuela con tía Teresa y Lidia, que tenía ganas de vomitar; después, papi, mami y mi hermano, y finalmente, tía Mary y yo, con dos o tres cosas de las que habíamos recuperado de la jaba tiroteada.

Al fin, sanos y salvos llegamos a la tintorería. Aquello era un campamento. Además de tía Ramona, tío Eliseo y mis tres primos —Eliseíto, Sonia y Nerelys—, y tío Felipe, el más chico de mis tíos maternos, se había quedado el Chino, un planchador amulatado con bíceps y espalda de levantador de pesas, muy comprometido con los rebeldes; y la familia de Blanca, la otra hermana de mi mamá; tío Alberto, el esposo, y mis primos Rafaelito y Albertico. En total 19 personas.

Fue allí donde pasamos las horas más duras de cuatro días de asedio a la ciudad. Además del bombardeo, golpeaba la carencia de alimentos que, no obstante los acopiados por mi familia —trasladados en cajas desde antes—, resultaron muchos los estómagos a calmar.

Entonces los hombres del «campamento Elegante» —así le puso tía Mary a la tintorería— y unos cuantos rebeldes que se encontraban envasando combustible para llevárselo en latas de aceite de carbón, empezaron a romper las paredes hasta alcanzar la bodega de los chinos, de donde trajeron un saco de arroz, uno de garbanzos, algunas latas de puré de tomate, manteca, sal, azúcar prietay muchos paqueticos de nailon con camarones «secos», que no recuerdo llegaran a cocinarse.

Lo que nunca escaseó fue el agua potable, pues la del pozo era de muy buena calidad. Para el aseo personal —el elemental, y siempre la misma ropa— se utilizó la acumulada para el lavado en dos enormes tanques de cemento bajo la vigilancia restrictiva de tío Felipe.

Rebusco en mi memoria y lo último que comí ¿caliente?, en una lata —al lado de mi prima Lidia, que llevaba una alimentación especial, sin sal y sin grasa—, fue un poco de raspa de arroz con frijoles negros, y para colmo no pude terminar porque en eso apareció el Chino con su «comunicado» número…

—Vamos, vamos, ¡para abajo de las camas todos!, vuelven los aviones, aprieten la boca y métanse los dedos en los oídos.

Aquel debió haber sido el día que tiraron una bomba en la cercana Audiencia, porque me pareció como si las paredes se abrieran y el techo viniera abajo.

—Tata, ¿cuándo se van los aviones?, me preguntaba sollozando, con su naricita colorada, mi pobre prima Lidia.

Y ¡qué sabía yo de B-26, F-47 y Sea Fury! Pero la consolaba: «mañana, Lili, mañana, junto con la luna».

El ametrallamiento desde el aire «sonaba» distintoy era peor porque duraba más y había que permanecer unos contra otros sobre el frío y húmedo piso, debajo de aquellos polvorientos colchones y colchonetas. Cuando los aviones dejaban de volar, salíamos estornudando a soplarnos la nariz en la ropa que no había sido entregada a los clientes y que colgaba por todas partes.Y de ahí, al traspatio, a recoger los casquillos de las calibre 30 y 50.

En realidad la aviación no pudo hacer mucho daño a los rebeldes, pero hostigaba a todo lo que se moviera en las calles de la ciudad fuera de las posiciones del ejército batistiano, lo cual causó varios muertos entre civiles y destruyó casas.

Tampoco pudieron causar el efecto deseado los tanques y tanquetas, impedido su avance por las barricadas que formaban todo tipo de vehículos atravesados enlas calles principales. Fue en un Chevrolet que estaba parqueado por el Paseo de la Paz a despecho de los francotiradores donde el Chino y mi papá se encontraron un reloj de pulsera nuevecito y una billetera con 100 pesos, que eufóricos trajeronpara la casa.

Y perdonen si en la distancia del tiempo transcurrido he desordenado hechos y situaciones, o los he «adornado» con adjetivos inapropiados.

Quienes cuestionen mi memoria infantil, son injustos. Mientras vivieron, mis mayores se encargaron de mantenérmela viva. Principalmente mi padre, que lo anotaba todo, y Zoila, mi madre fabuladora que, muy pintorescamente, me contaba sus «hazañas protagónicas» y la de sus «valientes» cuñadas y hermanas durante la guerra.

¡Ah!, la guerra. O al menos aquella, la mía, que fue también mi Batalla, terminó con el año nuevo.

Felices y dichosos por encontrarnos vivos, salimos todos para la calle Colón a recibir a los rebeldes que, victoriosos, avanzaban hacia la plaza central. Iban sobre jeeps, autos y camiones, con sus fusiles en alto o asomados por las ventanillas, barbudos, vestidos de verde olivo, llenos de collares de semillas de Santa Juana y de peonías rojinegras, de crucifijos, medallas y rosarios; cruzadas al pecho las cananas, tocados con cascos, boinas, gorras y sombreros.

Créanmelo. De todas las imágenes de la Revolución, es la más vívida, romántica y sublime que retengo.