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viernes, 20 de abril de 2018
8:45:21 p.m. 

Apostillas necesarias a una crónica escrita en 2003 y que refleja al líder que siempre fue Miguel Díaz-Canel Bermúdez.  

Por Mercedes Rodríguez García

La posibilidad era certísima y creo que la gran mayoría de los cubanos pensaba como yo. Y no lo digo ahora «consumados los hechos», ni lo escribí hace 15 años —cuando «se lo llevaron para Holguín»—, asistida por Nostradamus o por una de esas pitonisas contemporáneas que tanto en Facebook como en YouTube se disputan un «Me gusta».

El asunto, además de genético y de educación familiar, apuntaba en 2003 a lo que desde 1994 demostraba en Villa Clara un hombre de apenas 34 años, en un cargo político complejo y en un período crucial para el país.

 

No sé cuántas despedidas le dieron por entonces en su natal Santa Clara, y si todas fueron pertinentes y sentidas. Pero la que concebimos en Vanguardia —cuya redacción gustaba de visitar cada vez que se le presentaba la oportunidad— debió haber sido de las más naturales y expeditas por cuanto comprendíamos la importante misión en la provincia hermana.

De aquella ¿tarde? quedó una crónica que me encomendaron y se le entregaría luego impresa en el fotolito de una plana, acompañada creo de una caricatura personal de alguno de los Melaítos. No se publicó en el periódico. No quiso. Poco le gustaba la lisonja al entonces primer secretario del Partido en la provincia. Mas porque sí, la «subí» a mi weblog desde donde alcanzó otras dimensiones, y hoy la rescato.

Debía yo escribir lo que sentía, lo que como a tantos otros del terruño nos inspiraba de aquel dirigente que, casi siempre en jean y pulóver, salía día y noche, acompañado de periodistas de los distintos medios, a recorrer lugares y establecimientos de la ciudad capital y localidades municipales para ver como andaban las cosas sin aviso.

No me resultó nada fácil encontrar los sustantivos, los adjetivos, los adverbios convenientes, la sintaxis adecuada, para expresar ideas que no sonaran falsas ni improvisadas, para no pecar de lo que nunca he sido y decirle inmoderadamente lo que pudiera agradar a otros, aunque a decir verdad,  nunca supe si aprobó o desestimó aquellos juicios, valoraciones y reflexiones.

Con leves retoques, la transcribo. No hay miedos ni desazones. No se es de adulto lo que no se inculcó de niño ni se fue de joven. Dotado de energía positiva, y no siempre tan formal y serio como se le ve en las fotos; educado, culto y respetuoso, se ha mantenido:

«Su carácter, su fisonomía, toda su psicología individual caminan junto a su temperamento, su sociedad, su país.

«Algo superior parece animarle: convicciones sinceras, amor a la patria, a la libertad, e incluso, un probado desinterés. Al pueblo que lo sigue le inspira, le da una disciplina, le alza el heroísmo. Y seguro de sí mismo, avanza.

«Conductor de hombres, este jefe revolucionario es también estratega y, a la vivacidad de espíritu, une la firmeza de juicio, de ahí que emprenda y saque adelante misiones políticas a veces complejas y sutiles. 

«Con sorprendente facilidad capta todas las posibilidades de los hombres y los mueve a batallas cotidianas, los convierte en centro de sus operaciones estratégicas, y, con sus potencialidades humanas y profesionales, planifica la táctica adecuada.


«En la ciudad, en los bateyes, en cualquier comunidad rural; en una escuela, en una fábrica, en un hospital o en una casa de cultura, este hombre mide con exactitud la realidad, los trances del momento y los por venir. Inspira y  asegura con frecuencia la victoria.

Para este revolucionario —al que sabemos le contraría el sustantivo jefe—, la obra decide y fecunda, crece fermentada por una levadura nueva. Empuja. 

«En su bregar partidista considera esenciales las ideas, que  interpreta y defiende con ánimo de abeja y corazón de león. Él siente como nadie la necesidad de unir, de comunicar sus temores, sus alegrías y esperanzas y, sobre todo, de debatir para  mejorar y reformar.

«Anda o recorre con sencillez las calles de su pueblo. Disfruta sus progresos, propugna e impregna que cada cual sea recompensado según sus obras y talento. 

«La gente le cree, le agrada su figura y esa manera suave pero firme de llamar la atención. Su ejemplo contribuye al éxito.

  

«Ama lo bello del mundo, aunque escasos hayan sido los  minutos que sus deberes sociales y políticos le dejan libres para disfrutar una canción de los Beatles, de Silvio, de Pablito; un poema de Benedetti, de Neruda, y hasta  un beso o un reproche de su esposa, una travesura de sus hijos. Importante le resulta existir intensamente…» 

Al final la crónica sonaba contundente y atrevida:

«Con hombres así mi país avanzaría más rápido. Si existe algún parecido con un líder real, no es pura coincidencia».

Y ha sido Raúl —que debe ser como un padre para él— quien acaba de expresar que este hombre «a lo largo de los años ha demostrado madurez, capacidad de trabajo, solidez ideológica, sensibilidad política y fidelidad y compromiso hacia la Revolución», y que su ascenso «no ha sido fruto del azar ni del apresuramiento, sino de su preparación integral, lo cual junto a sus características personales, le permitirá asumir la responsabilidad de jefe de Gobierno».

A solo un día de cumplir 58 años, con 603 votos de 604 posibles —el equivalente al 99,83 por ciento— el ingeniero electrónico graduado en la Universidad Central de Las Villas, acaba de ser electo Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba por la recién constituida Asamblea Nacional del Poder Popular en su Novena Legislatura.

Nada ha sido intuitivo, el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, ha afirmado que Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez no es un improvisado, que «su promoción gradual a cargos superiores se aseguró con intencionalidad y previsión, no cometimos el error de acelerarla como en otros casos».

Ahora Presidente, en su primer discurso como tal,  en otras coyunturas no menos desafiantes, cuando cumple «con honor y emoción la nueva responsabilidad», este hombre ya maduro, fruto de la sucesión lógica, ha dedicado su primer pensamiento, «a la generación histórica que con su consagración y humildad nos acompaña». 


Y muy contentos y orgullosos andan sus coterráneos del Bélico y el Cubanicay. No porque vaya a dar palabra de algo o a concedernos pequeñas dispensas de paisano conocido —ya expresó que no prometerá nada—, sino porque haya sido Villa Clara cuna y forja de su primera formación, y porque ahora, desde su altísima posición política, continuará salvaguardando la unidad de los revolucionarios y del pueblo.

O dicho del mismo modo que el General de Ejército en su discurso ante la Asamblea al informar que continuaría como primer secretario del Partido Comunista hasta 2021. «Después si la salud me lo permite, seré un soldado más junto al pueblo defendiendo esta Revolución».

Y aunque la política es hija de las circunstancias, mucho ayudan las previsiones. Decisiones habrá que tomar en el día a día. Cambios y transformaciones continuarán dándose, a veces de manera imperceptible, y siempre sobre la base de un modelo bien trazado y definido por las máximas instancias del país, bajo un mando único, sin olvidar las raíces, sin concesiones que comprometan soberanía e independencia nacionales.

En lo adelante,  Raúl y él, continuarán defendiendo realidades y derechos conquistados, la obra de un pueblo heroico que ha enfrentado los mayores peligros y soportado dolorosos sacrificios sin perder la alegría, la confianza, la fe y la esperanza.

Como ha insinuado cierta prensa detractora, Miguel Mario no lleva el apellido Castro. Y aunque no es solo cuestión de sangre, por las venas sí le corren sus ideales, ejemplos y enseñanzas. En persona como él poco valdrán los oscuros intentos para destruir. Fruto neto y consecuente de la Revolución, el actual presidente de la República de Cuba clasifica en el linaje de los continuadores. Y no es engarce sino eslabón, y no es saludo, sino abrazo para la historia.