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domingo, 28 de enero de 2018
09:29:20 a.m.
 

Por Mercedes Rodríguez García 

Quiso la Naturaleza más occidental de Cuba hacerle un monumento bello y misterioso al Héroe Nacional. Parece a muchos obelisco natural a la muerte, porque tendido mira al infinito, pero en lo infinito siempre lo he visto renacido, viniendo al mundo cada enero.

Formación rocosa de Viñales. Paisaje fascinante, caprichosa geografía. ¿Por qué no cuna y sí tumba? 

 

Para divisarlo solo es posible desde la distancia, desde un punto singular donde crecen un pino y una palma. Entonces aparecen la frente, la nariz, el bigote, la barbilla... «Y la alfombra es puro helecho / Y los muros abedul, / Y la luz viene del techo / Del techo del cielo azul». 

Homenaje natural y magnífico a Martí, en una húmeda colina, entre orquídeas, donde crece un híbrido que florece cada mayo. Único en el mundo, de sus pétalos magnos y de blancura extrema emana una fragancia leve. Cruzamiento de color y olor logrado por un horticultor japonés que vio en la novísima flor lo distintivo oriental símbolo de pureza, clarividencia y libertad. Lirio José Martí, le llamó aquel admirador venido del país del Sol Naciente a tierra pinareña.

¡Lirio perpetuo!

 

Grandioso percibir al Héroe en la coloración-efluvio de la singular flor, divisarlo en las cumbres del  intramontano valle alcanzando su profético deseo. «Duermo en mi cama de roca / Mi sueño dulce y profundo / Roza una abeja mi boca / Y crece en mi cuerpo el mundo».Obvio.

Espléndido sentirlo en esa comunión botánica-mineral de esencias afianzadas en fincas y cantera, bajo soles distintos de paseo y tormento, de río y caballo, de cadena y grillete.  

Hombre genial, animado por un espíritu creador que nunca se detuvo, Martí es perdurable, naciendo cada día, más allá del lirio y de la roca, por su condición pura y encendida, por esa humanidad formidable capaz de engendrar y generar unidad en patria para todos y por el bien de todos. 

Él asombra, más allá del lirio y de la roca, por su mundo interno, inmenso y refulgente, universo de vivencias e intuiciones ante el cual palidecen eruditas cavilaciones enjuiciadoras y desdibuja el mejor de los lenguajes.  

   

Convence el caballo blanco, de crin rubia, grande, brioso, elegante, regalo del General José Maceo, pero ya es jinete sentenciado. Mejor de niño, en Hanábana, donde todas las tardes monta y pasea su caballo, y lo enseña a «caminar enfrenado para que marche bonito». 


Convence el Martí, con el brazo acusador extendido al Norte, pero dispuesto a ayudar, a curar, a alertar. En México, en Guatemala, en Venezuela.

Martí raigal. Hijo también del Libertador, el de la estatua que visitó el viajero sin quitarse el polvo del camino, sin preguntar antes dónde se comía y se dormía.

Como todo individuo superior, Martí, desde el primer grito a la vida, irradiaba luz de faro; luego, su palabra, en voz y en tinta, sería lumbre, fuego ardiente y sabio.

 ¿Por qué sabía tanto este escritor, poeta y orador?

Genio de la política, de la literatura y del pensamiento universal, bebió y disfrutó, sorbo a sorbo todo lo que en su tiempo le rodeó. Vibraba, temblaba, conmovíase ante lo bello y frágil: zunzunes, sinsontes, jilgueros, una hoja de caimito, un pétalo de rosa, una mariposa, un pájaro carpintero, una bijirita... «No hay detalle pequeño en un hombre grande».

Brillante discípulo de la carne propia, este hombre, «el hombre más puro de la raza», ha de seguir naciendo día tras día. ¡Muchos Martí nos hacen falta!, y no en los entresijos de las circunstancias. 

Martí es uno, en alma y en intento por la fijeza de su idea, por la firmeza de su carácter: umbilical, genético, heredado.


Nada lo detuvo en el trayecto. Ni su Carmen que «no comparte mi devoción a mis tareas de hoy, pero compensa estas pequeñas injusticias con su cariño siempre tierno y con una exquisita consagración a esta delicada criatura que nuestra buena fortuna nos dio por hijo...» Junto a la esposa tejió una vez ensueños del paraíso, pero su porvenir «es como la luz del carbón blanco, que se quema él para iluminar alrededor». 

  

Martí es perdurable, más allá del lirio y de la roca, porque el ímpetu de sus ideas y la fuerza de su ejemplo continúan siendo compás de los revolucionarios en su nueva horneada. Héroe entre héroes; Apóstol único, Martí asombra, más allá del lirio y de la roca, porque él resume el hálito de quienes fueron padres fundadores, y en muchos otros, lo que él mismo fuera, hijo sumo de la historia y de la vida.

En este aciago transcurrir del siglo XXI, tan lleno de temores, de asechanzas y de peligros reales, el conocimiento se transmuta en valor, y urge levantar en la conciencia colectiva el ánimo martiano, los denuedos de Bolívar.«La frecuencia de los grandes hombres da un deseo invencible de imitarlos. Si no se les ve de cerca, ni se les sospecha. ¿Cómo ha de nacer en el alma el andar que sólo despierta el estímulo? Estudiándolos se ve el lugar a que llegamos y la manera con que llegaron a él. Así dueños de sus mismas alas». Diríase que a Bolívar y a Martí todos les debemos.


Y si es tremendo percibir al Héroe Nacional cubano en la coloración-efluvio del singular lirio, o divisarlo en las cumbres del  intramontano valle, envuelto en abedules y helechos, bañado el rostro pétreo de azul iluminado, colosal sería legitimar su gloria, no tanto en el acto exuberante de la Naturaleza, sino en un abrazo fecundo de humanidad, que no es el mero sentimiento fraterno de comunidad e idioma...

¡Qué el rostro de José Martí se vislumbre desde cualquier punto de su Isla! ¡Qué el Maestro emane de la nación misma!  En cuerpo y alma. En la piedra lanzada al cíclope imperial por el hace medio siglo David reivindicado. En la flores del «vivir humilde», y el «trabajar mucho», perdurará el Maestro. Nadie nos lo impedirá. Y como a él, nada nos abatirá.

Martí, más que roca, honda; más que lirio, hombre, Héroe, Apóstol renaciendo a toda hora.