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miércoles, 26 de julio de 2017
10:36:45 p.m.

Por Mercedes Rodríguez García 

Fue a la hora martiana de los hornos, cuando un puñadito de jóvenes villaclareños asumió el deber que los obligó al sacrificio, y al combate como una posibilidad de crecimiento total, el verdadero, que insufla a salvaguardar la Patria para levantar sobre ella alegrías, no dolores.

Nadie lo dude, sus corazones se habían vuelto temerarios —¡tanta era la afrenta!— que por Cuba oprimida morir sería deleite, y la gloria, aureola apetecida.


Difícil imaginarlos en la distancia, que no se acorta debidamente en las clases de historia, y amenaza con perderse entre los líos actuales.

   

Difícil pensarlos coterráneos un tiempo, en una villa solo de postales antiguas, dolorosas representaciones huérfanas de color, pero pobladas de luces y de sombras que aúllan en los rostros el desamparo, la incertidumbre, la miseria y desolación de entonces.

Sin embargo, 64 años después, hemos de saberlos ciudadanos magníficos, héroes de carne y hueso, cuya heroica resistencia, en silencio y sin arrancar palabra, los perpetuó para siempre.

El más el más generoso, querido e intrépido —dicho así por Fidel— tenía azules los ojos, fanales increíbles de dulzura que a Haydée, la hermana, estremeciera uno de ellos, removido, quieto, frío, esférico, matado. Salido de su casa natal en el central Constancia, no puso más excusa que el compromiso de emprender otros caminos. Abel soñaba con justicia y fue a buscarla en el Moncada, «a la luz precisa de urgentes disparos».

  

Haydée, quien lo acompañó, le sobrevivió 27 años, hasta aquel día del suicidio en que dicen vio por última vez al niño que un día confesó tenerle miedo a los fantasmas.

Como Abel, tampoco reveló ninguna información. «Morir por la patria es vivir», nada más dijo. Y desde entonces hizo del dolor silente su cualidad de vivir, para de morir, ya puesto en alto —lo dijo Fidel— el heroísmo y dignidad de la mujer cubana, esa que en justísimos y generosos versos Fina García Marruz redime:

Pónganle a la suicida una hoja en la sien /Una siempreviva en el hueco del cuello. /Cúbranla con flores, como a Ofelia. /Los que la amaron, se han quedado huérfanos /Cúbranla con la ternura de las lágrimas. /Vuélvanse rocío que refresque su duelo. /Y si la piedad de las flores no bastase /Díganle al oído que todo ha sido un sueño. /Ríndanle honores como a una valiente /Que perdió solo su última batalla. /No se quede en su hora inconsolable /Sus hechos, no vayan al olvido de la hierba. /Que sean recogidos uno a uno, /Allí donde la luz no olvida a sus guerreros. 

“¿Qué hay delante de la vida, /por detrás de la muerte, /al lado del amor?/” dice una canción de Noel Nicola.

     

Lo sabían con seguridad otros cuatro hijos del centro de la isla: el santaclareño Osvaldo Socarrás Martínez; los sagüeros Roberto Mederos Rodríguez y Elpidio Sosa González, y el caibarienense Pablo Agüero Guedes, que como Abel y Haydée Santamaría Cuadrado, tampoco dejarían morir al Apóstol en el año de su centenario. Nos falló —después de Enero triunfante— Gustavo Arcos Bergnes, por traidor juzgado y condenado. Su bizarría de ayer, trocaríase empaque humanitario hasta morir no mártir, al margen de la estrella solitaria: innombrado.

Entonces, los nobles, los justos, los íntegros, los virtuosos no deberán olvidarse en la distancia del tiempo, malamente ordenado en medio de tantos precarios materiales.

Difícil conformarlos más allá de sus nombres —y de lo escrito— en un terruño que los lanzó a la calle, o con dos camisas y un bocado apenas a rumbos ajenos y distantes. Pero de eso, ya se ha hablado. Urge no quede en desmemoria, ni en papelería de archivo, ni en añejos fotogramas de Bohemia.


A Osvaldito —por ejemplo— le cortan sus sueños de un tirón. A los 13 años se le acabó la escuela, las canicas, las postalitas Susini, el bate y la pelota... ¡A trabajar! Y ni una queja, aunque de vez en cuando pregunta a Felicia, su hermana, si la pobreza, que ya lo tenía aburrido, se acabaría algún día. 

Roberto, ha debido mentir. La noche del 24 de Julio de 1953, salió de su casa con el pretexto de un viaje con unos amigos a la playa. La madre lo hace en Varadero, pero va en un auto conducido por Abel rumbo a Santiago de Cuba. El "Saturnino Lora, es su destino. Qué cosas más dispar, de la playa más linda del mundo a la realidad más cruel. Ninguno sobrevivió. En las caballerizas del Moncada fueron asesinados. 

A Elpidio le decían Sosita. En él resaltan el pelo negro y ondulado, y unos espejuelos de marco oscuro que atemperan la miopía, pero a la vez le endurecían el rostro. Es uno de los pocos que saben a dónde y a lo que van. También ocultó a la madre el rumbo cierto; al hermano, no pudo: «Voy a la muerte, tengo la seguridad de que voy a morir, pero la causa que defendemos no admite demoras...»

  

La víspera del asalto no se le nota ni serio, ni triste, ni preocupado; tampoco, alegre en exceso. En La Granjita se pone el uniforme del ejército que iban a combatir, la gorra le queda bailando en la cabeza. Los demás bromean, él ríe. No tiene miedo de que le maten, quiere luchar, participar en la historia. Su presentimiento se cumple.

Pablito fue el noveno hijo de una escalera de chiquillos que junto con la madre parten en tren de Caibarién hacia La Habana, donde creció, estudió y aprendió albañilería. Solo dos días antes conoció que debía partir de la capital para cumplir una tarea del movimiento. Salieron del barrio Pocito, en Marianao.

En las primeras horas de la mañana del 26 de julio el grupo realiza el ataque al cuartel de Bayamo. La acción fracasa y los jóvenes se dispersan hasta hallar un bohío abandonado a unos 10 kilómetros de Bayamo. Al parecer fueron delatados, capturados y asesinados sin poder ofrecer resistencia.

Como lo había escrito el poeta Gómez García, cayeron en la lucha, como  héroes dignos… Por defender la idea de todos los que han muerto. / Para arrojar a los malos del histórico templo/ Por el heroico gesto de Maceo, / Por la dulce memoria de Martí.


Con hidalguía, entereza y valor inscribieron al terruño en la histórica gesta. Todo lo brindaron. Clamorosos han de alzarse sus sueños, venerarse la sangre derramada. Y si no resulta pedir mucho, que todo el mundo tenga su Moncada, sus nuevos coloridos fotogramas. Más o menos, en Cuba, siempre es julio. Hay un almanaque lleno de días 26. La cuestión es mostrarse afines, parejo, similares.


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