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martes, 30 de mayo de 2017
9:02:41 p.m.
 

Por Mercedes Rodríguez García 

Equivocada de profesión y algo “quemada” por trasnochar meses y meses con libros de Medicina, me vi sumergida de pronto en el mundillo periodístico, y un día de julio de 1975, frente a frente con uno de los escritores más famosos del momento, a quien —lo juro— jamás había visto en fotografías. Pero de él sabrán más adelante, pues constituye el motivo central de esta crónica.

Sin antecedentes sociales ni genéticos al respecto, mi probada y apasionada afición por la Literatura resultó la primera carta de triunfo para, desde el humilde puesto de secretaria del director del periódico Vanguardia, “colar” de vez en cuando en la página dos del diario villaclareño crónicas del acontecer cultural y alguna que otra reseña de libros que, por aquel entonces, dormían el sueño de los invendibles en los estantes de las librerías.

Pues fue en aquel ambiente de franquezas y zancadillas donde me convencí de que nada me afiliaba ya al bisturí, si no a la incansable y autodidáctica lectura de la Teoría y Práctica del Periodismo, amén de toda la poética, cuentística, novelística y ensayística que caía en mis manos. Por eso seguí el consejo de quienes me apreciaban y disfrutaban mis escritos: “Mercedes, matricula un curso para trabajadores en la Universidad Central de Las Villas”. 

Y sin pensarlo dos veces, en 1974, integré la nómina de los pioneros en la especialidad de Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana, al tiempo que asistía cada lunes por la noche al Taller Literario bajo el patrocinio de dos escritores locales: Félix Luis Viera y Roberto Orihuela, con el devenir prestigiosos poeta y dramaturgo, respectivamente.

Un día de julio de 1975, ya pasaban las cinco de la tarde y yo, dale que dale, a las desgastadas teclas de la máquina de escribir del no menos desgastado colega Otto Palmero, maestro y amigo hasta los últimos días de su vida. Inspirada, danzando junto con las mil musas que llegan a los 24 años, rescribía un cuento titulado “Por donde caminan las jutías”, el cual pensaba enviar —y mandé y gané— a un concurso auspiciado por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Con el ojo izquierdo y la mente en el Olimpo de la creación, vislumbro tres figuras a contraluz. Sin dejar de “machucar” a la deteriorada Underwood contesto a las preguntas que me hace alguien del grupo:

—Buenas tardes, ¿qué escribes?

—Nada, un cuento.

—¿Te gusta la Literatura?

—Sí, soy miembro del Taller Literario y estudio Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana.

Y les juro que lo dije como si se tratara de un sueño cierto del que podía mostrar pruebas irrefutables, o del más arduo magisterio en humanidades.

—¿Que has leído de los escritores latinoamericanos?

Y relacioné una extensa lista que incluía a todos los del llamado boom sin excluir, como es lógico, a los clásicos del continente.

—Pero ¿a quién tienes entre tus preferidos?

—Pues… Rulfo, Borges, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, ¡y por supuesto, a García Márquez. 

—¿Qué has leído García Márquez?

—La mala hora y Cien años de soledad, la novela que ahora lee fascinado todo el Mundo.

—¿Te gusta Cien años...?

—Sí, algo extenso, con un final metafísico; creo que se le pueden quitar unas cincuenta cuartillas…

El personaje no comentó nada más, y junto con Ángel Álvarez, el director y Arturo Chinea, el jefe de información, se marcharon del local donde yo, imperturbablemente, continué la escritura de mi cuento, sin percatarme si reían o conversaban.

    

Para mí se trataba de uno de los tantos visitantes que concurrían a diario al periódico, entre ellos artistas de la televisión y la radio, políticos extranjeros, cantantes, trabajadores destacados y militares de alta jerarquía.

Minutos después, cuando casi estaba en los finales de mi creación, regresaron. Recuerdo que un joven alto y fuerte, sacó de su estuche un rollo de película Kodak de 1000 ASA, lo puso en la cámara, y sin flash, apretó el obturador. Solo entonces les bien a todos la cara.

—Bien, muchacha, sigue escribiendo tu cuento, que cuando yo vuelva a escribir Cien años de soledad, te prometo que le voy a quitar algo más de cincuenta cuartillas. Ahora deja que Gabito nos saque una foto.  

Treinta y dos años después,  el domingo 6 de mayo de 2007, mientras leía el artículo del colega Luis Raúl Vázquez Muñoz “El libro que cambió al mundo en dos instantes”, confirmé que yo no estaba muy desacertada.

Según relata el propio García Márquez, el escritor argentino Jorge Luis Borges le comentó en una oportunidad: “Le sobran cien páginas”.

En eso de eliminar yo había sido más piadosa. Ahora, 45 años después, frente a la Pentium 4, a medio siglo de publicarse Cien años de soledad*, recordaré el día que conocí al Gabo y la Mala hora en que no pude recuperar aquella foto que nos tomó Gabito.

* En Mayo de 1967 se publica la primera edición de Cien años de soledad, en Buenos Aires a cargo de la Editorial Sudamericana.

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