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domingo, 30 de abril de 2017
1:34:33 p.m. 

Por Osmaira González Consuegra* 

Julia Labrada Portillo, una mujer de pueblo que decidió echar raíces su Sagua la Grande natal, acaba de recibir el título honorífico de Heroína del Trabajo de la República de Cuba, de manos del General de Ejército Raúl Castro Ruz, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, presidió este sábado en la noche la ceremonia de condecoración. 

Con 74 años Julia todavía trabaja como cabillera en la Unidad Empresarial de Base (UEB) Gran Panel Sandino, de ese municipio villaclareño. Con manos fuertes como el acero, es también buena cocinera, la labor hogareña que más le fascina, sobre todo cuando se trata de hacer congrí y carne de puerco. 

 

 Nunca deja de ponerse su colorido pañuelo. A veces alrededor del cuello, otras en la cabeza. A esta mujer le agrada sonreír porque, como dice, es un bálsamo para la salud. 

Ni con la pérdida de su hijo mayor flaqueó: «El golpe fue duro. Él era deportista y no supo hacer bien el desentrenamiento», recuerda mientras dice que «en la vida hay que aprender a echar p'alante». Y ahora que vive con su nieto Jesús, le inculca el amor al trabajo, la honestidad, el sentido del sacrificio... valores aprendidos por ella en el transcurso de su vida. 

De su infancia no guarda gratos momentos, pues fue la etapa más difícil de su existencia: tuvo que dejar los estudios para ponerse a trabajar en una casa como empleada doméstica y así ayudar a su mamá. El noveno grado lo alcanzó gracias a la campaña por la superación que se hizo tras el triunfo de la Revolución.   

Con destreza, Julia moldea los trozos de alambrón hasta convertirlos en aros de columna. Cada día hace alrededor de 120, hasta completar las tres o cuatro mesas de cabillas. Junto a su compañero Wilber Suárez Rodríguez comparte cada faena. Es una de las pocas mujeres que realizan esta labor en el país. 


—¿Cómo es un día de trabajo en la vida de Julia? 

—Me levanto a las cinco de la mañana. Adelanto algo de los quehaceres de la casa y salgo a esperar la carreta que me trae al trabajo. Enseguida que llego empiezo a picar alambrón y a moldearlo. Permanezco aquí hasta las cinco de la tarde o más si hace falta. 

—¿No la cansan tantas horas de pie? 

—¡De eso nada! A ratos camino, como ves este es un lugar espacioso. Solo somos dos y nos llevamos como hermanos. Lo que me cansaría sería estar sentada. 

—¿Por eso no ha querido jubilarse? 

—No tengo mucho que hacer en la casa y sí demasiado que agradecerle a esta Revolución. Si no fuera por ella mis hijos no hubieran estudiado. El televisor que tengo me lo regaló Fidel. Con el Comandante en Jefe coincidí varias veces: en las tribunas abiertas, en la inauguración de la textilera. Lo recuerdo siempre. Por eso asistí al tributo que se le hizo cuando falleció. Estuve por la zona de Santo Domingo. 

—¿Con cuáles otros dirigentes de la Revolución ha estado? 

—Imagínate, cada vez que he recibido una condecoración ha estado alguno de ellos. Pero a la que más recuerdo es a Vilma Espín. Gracias al llamado que ella nos hizo en 1974 para que nos incorporáramos al trabajo de la construcción, estoy aquí. No lo dudé, aunque los hombres me miraban con recelo porque yo era muy flaquita, pesaba  entonces 105 libras, parecía un fideíto, pero me impuse. Hasta me eligieron como secretaria del sindicato, cargo que ocupo hasta hoy. 

   

—¿Cómo logró imponerse? 

—Con en el ejemplo. Eran tiempos duros. Mis hijos chiquitos, pero mi esposo, ya fallecido, me ayudaba mucho. En esa época era la región de Sagua la Grande y tenía que recoger el dinero de la cotización en Corralillo, Lutgardita y otras zonas alejadas. Aprendí a coger botella y subirme al primer transporte que me paraba. Siempre cumplí a tiempo con la entrega del dinero. Había que llevarlo a Santa Clara. 

—¿Por cuántas construcciones han pasado las manos de Julia? 

—Trabajé en la construcción del Memorial del Che, específicamente donde está la llama eterna. También soy fundadora de la Cruz Roja, y no te puedo enumerar lugar por lugar porque son muchos en los que he trabajado como miembro de esa organización humanitaria. 

—También ha dedicado su tiempo a acciones solidarias… 

—Si hablamos de solidaridad, mi mayor aporte fue durante los años de lucha por el regreso de los Cinco Héroes. Aquí en Sagua la Grande funcionó un Comité de Solidaridad coordinado por la Federación de Mujeres Cubanas y el día 5 de cada mes realizábamos una actividad. Eso era ley. Después tuve la oportunidad de conversar con Antonio Guerrero y se tiró fotos conmigo. Conocí a René y a Olguita, su esposa, y a Fernando. Eso me hizo muy feliz, porque luché por su liberación. 

Ahora Julia trata de cumplir con una encomienda dada por el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, a quien también le dio un abrazo durante una de sus visitas al municipio. 

«Tengo las manos fuertes y sin callos», dice sonriente y dispuesta a seguir moldeando el acero.

* Periodista del periódico Vanguardia, de Villa clara