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viernes, 23 de diciembre de 2016
4:03:24 p.m. 

Hace dos días despedimos de la vida laboral activa al fotorreportero más experto de cuantos han pasado por el periódico Vanguardia.  Le pusimos «el ingeniero», pero se llama Manuel de Feria García. 

Por Mercedes Rodríguez García
Ilustración: Linares 

Ni yo ni nadie joven en el periódico le llamaba Manolo hasta mucho después en que el tiempo nos colocó en peldaño biológico semejante. Mejor, De Feria. 

Con un apellido tan sonante y castizo radiqué sus ancestros en alguna ciudad real de la Madre Patria, suponiéndole también familiar de una santiaguera que por entonces redactaba notas en Radio Enciclopedia y terminó siendo poetiza .

De Manolos traía llena mi cándida cabeza: el bodeguero y el casillero, un vecino, el padre dos compañeras del pre, un amigo íntimo de mi padre, un músico, una pieza teatral… Pero ninguno fotorreportero como él, que es como nombramos a quien tira fotos para la prensa.

A punto de los treinta, de Feria parecía un galán de novelas. Su físico deportivo y verticalidad al andar, ademanes corteses y elegante manera de comportarse y de hablar, lo convirtieron en paradigma del gremio juvenil, tan proclive al desenfado, la chanza y las informales pláticas.

En mi caso, su profesionalidad, su hablar sin pruritos —de expresar lo que verdaderamente sentía—, me anotaron el primer punto para ganar la confianza que dispenso hoy con él y con su familia de tres hijos, cinco nietos, dos bisnietos (uno en camino), en la cual Tere sigue siendo la esposa modeladora, la misma dama tierna y matriarcal de siempre.

Salir con de Feria era aprender en el camino. Desde meteorología hasta electricidad y estadísticas, pasando por aeronáutica, conducción, salvamento, deportes de combate y, por supuesto, fotografía de todos los tiempos habidos y por haber.

Le pusimos «el ingeniero». De Feria sabía de todo, por lo que frívolamente le tildaban de autosuficiente. Hasta que la vida demostró que se traba del más suficiente de los autosuficientes conocidos. Por su mente innovadora y disposición para resolver «problemas» de la más variada índole, siempre ha sido el mejor consultante a la hora de enfrentar cualquier proyecto.

Porque no es lo que sabe De Feria, sino lo que ha demostrado saber. A contrapelo de expertos en pronosticar el rumbo de los ciclones y de peritos en desechar equipos digitales y analógicos, él acierta con precisión meridiana, o se erige en rescatador ejemplar.

Para quienes hemos caminado, corrido y tropezado juntos en los avatares del Periodismo, De Feria es una institución, una catedral, una montaña de «cosas» que, sumadas, conforman un tipo muy especial de persona, de ser humano consecuente con el paso por esa línea imaginaria que lo sitúa en el año 72 de su existencia, llena de historias sabias, aleccionadoras y de divertidas anécdotas.

Como para hacer un libro, en él abundan coberturas periodísticas especiales o de primer nivel, sin contar aquellas que con la impronta de lo cotidiano o, lo coyuntural, signan el trabajo de los misioneros de la noticia gráfica, o de los virtuosos del lente, que mucho tiene de arte y de ciencia.

Pero Manolo rompió récords de competitividad y talento natural un día del año 2001, cuando le propuse formar parte del claustro de la carrera de Periodismo que, al curso siguiente, abriría en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villlas.

Al principio titubeó, mas le reté en profundidad: «¡Qué no se diga: así que tiraste fotos bajo las balas en Angola y no puedes pararte delante de un pizarrón a enseñar al futuro!».

No fue fácil otorgarle una categoría docente. Por esas formalidades de la academia, no tenía un título universitario. (Más allá del de Ingeniería otorgado por nosotros). A puro expediente se ganó el escaño que más debe haberle aportado en su itinerario efectivo: la docencia.

Por las redacciones de Vanguardia y de otros periódicos de la región central,  andan sus genes. Tampoco le dicen Manolo. «Profe» le viene mejor.

Pues hace dos días despedimos de la vida laboral activa al colega  que decidió acogerse a la jubilación. Ideal la oportunidad  para abrazarlo o darle unos cuantos toquecitos retentivos de memoria. Golpecitos de quererlo siempre. Manotacitos de que no le vamos a olvidar.

Y aunque lleva apellido de abolengo afirmado en Córdova, en Sevilla o en Granada, viene más al caso el linaje criollo de Manolo —como digo ahora—, muchos años después de conocer a Manuel Isauro de Feria García. Ese hombre que mientras tenga vida —lo sé, aún hecho un fantasma— no se ausentará por mucho lapso del periódico, donde ha fundado su mejor y más prolífera biografía.

Al colega, maestro y amigo Manuel de Feria García, le seguiremos viendo en pasillos, oficinas y demás áreas del periódico: delante de la PC, «trasteando» los aires acondicionados, componiendo autos, buscando sobrecargas eléctricas y, de ser preciso, solícito y amable, cámara en ristre, saliendo como antaño.

Por ahora, Manolo, ¡hogar, dulce hogar!