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viernes, 23 de diciembre de 2016
5:50:45 a.m. 

Por Madeleine Sautié 

El narrador y ensayista camagüeyano falleció en La Habana, a los 78 años de edad. Nacido en Nuevitas, en 1938, es considerado entre los más significativos escritores cubanos contemporáneos. 

Definitivamente no encuentro lo que tanto he buscado desde que supe el lunes de la muerte de ese relevante escritor cubano que es Enrique Cirules. Digo «que es», así en presente, porque  quien deja para los amantes de la literatura una obra como la que ha firmado este camagüeyano nacido en Nuevitas en 1938, tiene ya garantizada la vida para la posteridad. 

No me perdono no haber hallado la entrevista inédita que le hice hace algunos años a propósito de su incursión en la narrativa destinada fundamentalmente al público adolescente, cuando me propuse hacer un trabajo investigativo que por varias razones quedó varado. 

Y siento en lo más profundo de mi compromiso con sus lectores el haber leído entonces y no poder compartirles, hoy que ha partido, las apreciaciones que entonces leí, en las que refirió criterios acerca del momento de la inspiración, la emoción de la entrega y las modulaciones  peculiares de su escritura, exquisita hasta la saciedad de la expresión y la investigación, para que el mensaje llegara lo más claro posible a quienes tenían pocos años de experiencia frente a un libro. 

Para precisar la entrega que debía hacerme vía correo electrónico, pude hablar con él por teléfono. Inolvidable para mí resulta la humildad de su voz, la disposición fácil para el acuerdo, la dulzura del hombre que tiene mucho que decir. 

En todo eso pensaba cuando supe que el pasado domingo cerraba definitivamen­te sus ojos, que tanto vieron y supieron dictar —primero a su corazón y después a sus manos— los horrores de la mafia en la Cuba prerrevolucionaria, convertida en la falsa tacita de oro que el gobierno yanqui pretendía difundir y gozaba en sórdido provecho. 

Sus novelas El imperio de La Habana —distinguida con el Premio Casa de las Américas y el  de la Crítica Literaria— y La vida secreta de Meyer Lansky en La Habana, dos entre las muchas otras obras de ficción a su haber, ponen sobre el tapete acuciosas investigaciones en torno a la organización criminal en los escenarios capitalinos.   

Impresionado con su lectura de El Padrino, de Mario Puzo, Cirules movía ya sus ideas en torno al hampa cubano. A las historias que ya conocía «a través de nuevos amigos que conocieron a la deslumbrante Habana en los días en que Meyer Lansky inauguraba el hotel Riviera», se sumaron sus obsesiones por investigar incansablemente el tema de marras. 

El resultado fue la entrega de estas formidables obras que descorren para quienes no la vivieron, las cortinas de una época triste y corrupta que laceró al pueblo de la Isla y es preciso conocer al detalle para que nunca más se reediten historias de este tipo, en las que Cuba mostró su faz de estado delictivo, donde el «poder real se concentraba  en la mafia norteamericana, los servicios secretos estadounidenses y el poder de los gobiernos cubanos». 

Después de infructíferas gestiones para recuperar la entrevista de Cirules, me decidí a escribir esta nota, a la que me gustaría agregar las impresiones de un ferviente lector suyo, un médico cubano que cumple hoy misión internacionalista. 

Con dolor le escribí: ¿Viste?, murió Cirules. «—Ay, no me digas eso. Ese es el que más le sabía a Meyer Lansky en Cuba. Su otra obsesión era Hemingway… Me gustaba su forma de historiar, era rigurosamente científica pero muy amena. Lo recuerdo entretenido para contar, implacable en la investigación y siempre con la verdad por delante». 

Esas palabras, sentidas con toda seguridad por quienes bebieron historia a pulso en la explanada  de su escritura, son mucho más homenaje, que ofrecer una larga lista de datos que recuerden cada una de las  aventuras literarias que emprendió este escritor nuestro de resonancia universal. 

(Fuente: Granma)