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Por Farhad Manjoo
(Publicado en The New York Times, 10/11/2016)

Donald Trump ganó la presidencia. Nadie sabe qué ocurrirá ahora. ¿Los
estadounidenses, en general, reconocerán la legitimidad del nuevo presidente? ¿Seremos capaces de limpiar la pila de mentiras, engaños y demás suciedad que se ha acumulado en esta elección hipercargada y sin hechos?
 

Hay una ausencia de claridad, porque internet distorsiona qué tanto nos apegamos a la verdad. Las encuestas muestran que muchos de nosotros estamos metidos en cámaras de información con eco. En una encuesta reciente del Pew Research Center, el 81 por ciento de los participantes contestó que los partidistas no solo difieren en lo que respecta a las políticas, sino también en lo que respecta a los “hechos básicos”.

Durante años, los tecnólogos y otros utópicos han argumentado que las noticias en línea serían una bendición para la democracia, lo cual no ha sucedido.

Hace más de una década, como joven reportero que cubría la intersección entre la tecnología y la política, observé lo opuesto. Internet estaba plagado de personas que habían descubierto la verdad del 9/11, y partidarios que creían, contra toda evidencia, que George W. Bush le había robado la elección a John Kerry en 2004, o que Barack Obama era un musulmán nacido en el extranjero (Obama nació en Hawái y es cristiano practicante).

No hay duda de que, desde siempre, las teorías de conspiración son bienvenidas en Estados Unidos. Sin embargo, los engaños en línea y las teorías alternativas parecen ser más virales que sus predecesores fuera de internet. Además, tienen mayor número y son más persistentes. Durante la campaña presidencial de Obama en 2008, cada intento de desacreditar el rumor de su lugar de nacimiento parecía aumentar su predominio en línea.

En un libro que publiqué en 2008 argumenté que internet marcaría el inicio de la era “posterior a los hechos”. Ocho años más tarde, cuando el candidato electo mintió durante la campaña sobre el lugar de nacimiento del presidente Obama, hay más razones para perder las esperanzas de conocer la verdad en la era cibernética.

¿Por qué? Si estudiamos las dinámicas de cómo se mueve la información en línea actualmente, casi todo conspira contra la verdad.

No somos racionales

La raíz del problema de las noticias en línea es algo que en un principio suena genial: tenemos más medios de dónde elegir.

 

En los últimos 20 años, internet ha rebasado al periódico matutino y al noticiero nocturno con una variada selección de fuentes de información, que incluye revistas electrónicas bien fundadas, verificadores de información que sacan los trapitos al sol y los tres conocidos de tu club social cuyo grupo de Facebook alega tener pruebas de que Hillary Clinton y Donald Trump son en realidad la misma persona.

Se supone que una mayor variedad de fuentes de noticias debe ser el baluarte de una era racional: “el mercado de las ideas”, como le llaman sus adeptos.

Sin embargo, esto no funciona así. Los psicólogos y otros científicos sociales han demostrado reiteradamente que cuando la gente tiene ante sí distintas opciones informativas, rara vez actúa como autómata racional de mentalidad cívica. En cambio, nos vemos movidos por preconcepciones y sesgos, y por lo general hacemos lo que nos parece más fácil: llenarnos de información afín a nuestras ideas y evitar información opuesta.

Esta dinámica se vuelve en especial problemática en un paisaje noticioso en el que las opciones son casi infinitas. Ya sea que naveguemos por una aplicación para dispositivos móviles de Facebook, Google o The New York Times, tenemos la decisión final: si vemos algo que no nos gusta, con un clic podemos cambiar a algo más agradable. De tal modo que compartimos todo lo que nos parece acorde al pensamiento compartido en nuestras redes sociales, y es así como creamos, en internet, círculos cerrados en los que nos damos palmadas al hombro mutuamente.

Por lo menos así es la teoría. La investigación empírica en las así llamadas cámaras de eco es mixta. Los científicos de datos de Facebook han llevado a cabo grandes estudios sobre la idea y les ha parecido insuficiente. La empresa de redes sociales dice que si estás expuesto a más personas, Facebook añade diversidad a tu régimen noticioso.

Otros disienten. Un estudio publicado el año pasado por investigadores de la Escuela IMT de Estudios Avanzados Lucca, en Italia, descubrió que las redes cibernéticas homogéneas ayudan a que las teorías conspirativas continúen y crezcan en línea.

“Esto crea un ecosistema en el cual el valor real de la información no importa”, explica Walter Quattrociocchi, uno de los autores del estudio. “Todo lo que importa es si la información encaja en tu narrativa”.

Las evidencias carecen de fuerza

La tecnología digital nos ha bendecido con mejores formas de capturar y diseminar noticias. Hay cámaras y grabadoras de audio en todas partes; apenas algo sucede, automáticamente aparece evidencia de primera mano en línea.

Uno pensaría que esta documentación de primera mano conduciría a un mejor consenso cultural en cuanto a la “verdad”. De hecho, ha ocurrido lo opuesto.

 

Consideremos la diferencia en los ejemplos del asesinato de John F. Kennedy y el 11 de septiembre. Aunque es probable que hayamos visto el único video que hay de la escena en la Plaza Dealey en 1963 cuando el presidente Kennedy recibió un disparo, cientos de cámaras de televisión y de aficionados grabaron lo que sucedió el 9/11. Sin embargo, ninguno de estos temas está zanjado para los estadounidenses; en una encuesta reciente, casi el mismo número de personas opinó que el gobierno estaba ocultando la verdad del ataque a las Torres Gemelas así como del asesinato de Kennedy.

Las pruebas documentales parecen haber perdido valor. Si las conspiraciones sobre Kennedy se basaran en la ausencia de evidencias documentales, las teorías del 9/11 se beneficiarían de un exceso de pruebas. La cantidad de imágenes del 9/11 que inundaron internet fue tal, a menudo sin mucho contexto de lo que estaba ocurriendo, que los teóricos de la conspiración tenían mucho de dónde elegir para sustentar la narrativa de su preferencia. Además está el fantasma de Photoshop al acecho: ahora, debido a que cualquier imagen digital se puede manipular, la gente puede desechar sin ningún reparo cualquier prueba documental inconveniente diciendo que fue alterada.

Con esto llegamos al meollo del asunto: todos tendemos a filtrar evidencia documental pasándola por nuestros propios sesgos. Los investigadores han demostrado que dos personas con puntos de vista opuestos pueden ver la misma imagen, video o documento, y sacar conclusiones asombrosamente opuestas.

Esta dinámica se ha visto en repetidas ocasiones a lo largo de este año.

Algunas personas ven las revelaciones de WikiLeaks de la campaña de Clinton y piensan que son una prueba irrefutable, en tanto que otras dicen que no es para tanto y que, además, se han manipulado, fueron robadas o que están fuera de contexto. Las encuestas muestran que los seguidores de Trump consideraron que la cinta de Access Hollywood en la que Trump dice sin ningún tapujo que toca inadecuadamente a las mujeres era “una charla entre hombres”; los que no apoyan a Trump creen que es nefasta.

Las mentiras como institución

Una de las ventajas aparentes de las noticias en línea es su continua corroboración de hechos. Ahora cuando alguien dice una falsedad, los periodistas pueden demostrar que miente y si los sitios que verifican hechos hacen bien su trabajo, es probable que aparezcan en búsquedas en línea y redes sociales, lo que dota de referencias a aquellos que quieren corregir.

Sin embargo, esa no ha sido la norma. Decenas de canales de noticias verificaron los hechos que mencionaban los candidatos todos los días, la mayoría de las veces en línea; no obstante, sus esfuerzos han probado ser bastante ineficaces para contrarrestar la marea de falsedades.

 

Es por ello que mentir también se ha institucionalizado. Ahora hay sitios web cuya única misión es publicar noticias en línea totalmente falsas e indignantes (al igual que las noticias reales, las noticias falsas se han convertido en un negocio). Las páginas de seguidores de Facebook también han puesto manos a la obra; un reciente análisis de BuzzFeed de las principales páginas políticas de Facebook demostró que los sitios de derecha publicaron información falsa o engañosa 38 por ciento del tiempo, mientras que los de izquierda lo hicieron el 20 por ciento del tiempo.

“Antes era tu tía abuela, que no entendía bien internet, la que publicaba engaños; ahora la información que circula en línea se ve reforzada por campañas políticas, candidatos políticos o grupos amorfos de tuiteros que comentan sobre las campañas”, explicó Caitlin Dewey, reportera de The Washington Post, quien alguna vez escribió una columna que se llamaba “What Was Fake on the Internet This Week” (“Qué fue falso en Internet esta semana”).

Dewey comenzó a escribir su columna en 2014, pero para finales del año pasado, decidió colgar su traje de verificadora de datos porque dudaba que convenciera a alguien.

“El desprestigio solo reforzaba de varias maneras el sentido de aislamiento o indignación que tenía la gente en torno al tema y al final se acaba haciendo más mal que bien”, comentó.

Otros verificadores de datos son más optimistas y reconocen los límites de exponerse a los engaños en línea, pero están a favor del esfuerzo.

“Siempre hay más por hacer”, manifestó Brooke Binkowski, directora editorial de Snopes.com, una de las páginas que corroboran rumores de mayor antigüedad en internet. “Siempre hay más. Es como el mito de Sísifo: todos estamos empujando esa piedra colina arriba, solo para verla rodar hacia abajo de nuevo”.

Sí, aunque sospecho que esa piedra nos va a aplastar a todos pronto.

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