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9:12:42 p.m.

No hay algoritmo para cuantificar el daño que nos ha causado y causa la guerra económica más larga de la historia. Nadie que viva en tierra cubana y quiera ser feliz en ella escapa de ser víctima, tenga la edad que tenga, elija la vida que elija. Así es hace ya más de 50 años, por la clara y profundísima razón de haber querido ser un país con derrotero propio.

En la lógica de sucesivos Gobiernos de la nación más intimidante del planeta no se acomoda —ni encajará nunca— la elección de un pueblo patriota, que adora la paz y el bienestar para sus hijos. Cuba, su libertad, es una espina que duele, tanto, que ha sido sometida a un desgaste sistemático para que colapse como pez fuera del agua.

La pretensión de aniquilar el ejemplo humanista de la Revolución ha llevado a los gendarmes mundiales a negarnos los beneficios más insospechados. Día tras día sentimos la ausencia de todo cuanto se nos niega en la dimensión de lo material. Pero algo ha fallado todo el tiempo en ese apretón de cuello: ¿Por qué aquí seguimos intentando ser felices? ¿Por qué el gran apagón que sobrevino con la caída del Muro de Berlín no apagó todas nuestras luces de soñar y de amar?

Cuba es un pueblo rebelde por naturaleza, que no entiende lo que es cumplir con un edicto imperial.

Niños, ancianos, mujeres, estudiantes, jóvenes profesionales, rechazan el carácter injerencista de la directiva presidencial emitida recientemente por el presidente estadounidense, Barack Obama, y dicen No al bloqueo, No a la guerra, No a tener amos, Sí a existir tal han anhelado sus hijos desde aquellas horas iniciales en que los mejores padres se levantaron en armas por una libertad que no se negocia, que nada mancha, y que ni siquiera el cerco más cruel conocido jamás puede ablandar.

(Fuente: JR)