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6:04:47 p.m. 

Por Moisés Mayán
(Tomado de El Caimán Barbudo) 

Como la gran mayoría de los lectores cubanos no estoy buscando nada en específico, sino simplemente echándole un vistazo a las ″novedades editoriales”. La librería está organizada de manera sobria y hasta atractiva…

No se advierten las típicas aglomeraciones de volúmenes, unos encima de los otros (como si se tratara de la mesa de trabajo de Albert Einstein), o la amalgama entre títulos de diversos géneros y editoriales colocados al azar en los estantes. Un póster de la pasada Feria del Libro cuelga de la pared, y un Premio Nacional de Literatura sonríe desde una fotografía enmarcada. Además, han colocado algunas sillas, distribuidas intencionalmente en el espacio libre, que permiten sentarte y hojear con detenimiento el libro que planeas llevar a casa.

Ciertas portadas me seducen. Aunque no podemos afirmar que nos hemos convertido en ases del diseño editorial, sí creo que estamos avanzando en la dirección correcta, sobre todo del brazo de varios artistas jóvenes que se esfuerzan por romper convencionalismos, y pasan buena parte de su tiempo libre navegando por los perfiles y colecciones de prestigiosas editoras europeas. Es lamentable advertir una niña con su muñeca en la cubierta de una edición de Casa de muñecas del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, o ilustraciones que se repiten en libros de distintos autores, o el abuso del arte figurativo como referencia obvia al título de un texto que el diseñador no ha tenido interés de leer, y donde el editor no impuso su criterio.

El eje de la tierra traquetea de manera audible como las bielas de mi bicicleta, cuando impresionados por una cubierta volteamos el libro para enfrentarnos a su prospecto adjunto, las palabras de contracubierta. Es una disposición psicológica de algo que pudiéramos denominar “sistema elemental de reconocimiento del lector”. Una suerte de mecanismo de sonar determinado por la siguiente metodología: Primero, examen de la ilustración de cubierta, (en caso de pasar esta fase inicial que guarda una relación directa con la visualidad); segundo, lectura de la nota de contracubierta, y de ahí al desencanto, la persuasión definitiva, o la reacción más terrible: una certeza insondable de que no comprendes nada de lo que te están queriendo decir.

Horror. Un escalofrío te recorre la espina dorsal, temes no ser lo suficientemente culto, cuestionas tu nivel académico, tu hábito de lectura, y en un acto liberador y casi fóbico, restituyes el libro a su sitio. Respiras aliviado y te alejas rápidamente de la librería, punto de ventas, kiosco, carpa o local de presentaciones. ¿Te ha sucedido alguna vez? Toma una bocanada de oxígeno antes de continuar leyendo, porque no eres tú el culpable.

Aleatoriamente, como un dispositivo electrónico, selecciono cuadernos de poesía de los anaqueles. Los dispongo bocabajo, o al revés, o de espaldas, del mismo modo en que un mago acomoda sus cartas para el principal truco del espectáculo. Realizo mis lecturas preliminares:

″La obra de este autor se inserta por derecho propio en el corpus de la literatura cubana. Empleando recursos inherentes a la poesía, elabora una propuesta intimista donde la subjetividad alcanza niveles insospechados, asumiendo temas como el amor, la muerte, la patria, la sensualidad, y la escritura misma. Cuaderno de una rara belleza, con un lenguaje provisto de múltiples significados. Bitácora personal que es a la vez símbolo y testimonio”.

¡Qué no cunda el pánico estimados poetas! ¡No corran a voltear sus cuadernos! Esta nota no pertenece a ningún texto en específico, corresponde a (casi) todos nuestros libros. Es la lectura entrelíneas, el resumen de las palabras que han escrito nuestros editores, nuestros amigos poetas, un fragmento del acta del prestigioso jurado, y lo que es peor, en ocasiones lo que nosotros mismos luego de rompernos la cabeza toda una tarde, terminamos enviando por e-mail a la editorial.

Nuevamente entresaco algunos libros, pero me limito al género cuento. Aquí les va el prospecto:

La siguiente entrega es un conjunto armónico de relatos que comparten marcadas superficies de contacto. En sus páginas, el realismo más cotidiano se complementa con una dosis de fantasía que no perturba al lector. Personajes psicológicamente complejos y otros no tanto, desarrollan existencias al límite, y conflictos como la emigración, el suicidio, la marginalidad y la violencia, dialogan con el erotismo y el humanismo a ultranza. Su lectura nos aportará una visión otra de nuestra realidad.

¡Quietos narradores! La indicación para los poetas también les funciona a ustedes. Contemplo con recelo los libros bocabajo y me pregunto: ¿Qué pretenden esas notas de contracubierta? ¿Por qué no me motivan a comprar el texto? ¿Por qué me perturban, aturden y anestesian?

Estamos perdidos en la selva gnoseológica, y transformamos en circunloquio la frase que debe traspasar como flecha el caparazón del lector. Queremos que en la escueta nota de cubierta asome nuestro intelecto compendiado, confundimos para no asumir la obligación de expresar (como bien dijo Víctor Fowler), vagamos en los arduos territorios del lenguaje, somos más líricos que el poeta que presentamos, más narradores que el narrador que sugerimos, más académicos que el doctor que proponemos, y lo esencial queda fuera del cerco que teje la palabra. Si las primeras oraciones de un libro, o los versos iniciales de un poemario, establecen un contrato con el lector, entonces las palabras de contracubierta lo sientan en el departamento de personal y le despliegan todas las planillas que necesita firmar.

En una librería atiborrada en Ciudad de Guatemala, donde podías comprar en la misma caja registradora, una novela de Leonardo Padura y un e-book, me encuentro frente al poemario Completamente viernes. Ni siquiera tiene palabras de contracubierta pero en la nota de solapa leo:

De verdadero regalo para los lectores puede considerarse este nuevo libro de Luis García Montero, en el que sus versos abordan ―como cabría de esperar de uno de nuestros mejores poetas contemporáneos―, el sentimiento amoroso, un tema al que la poesía última parecía hacer renunciado…

No sigo leyendo, sencillamente lo dejo caer en mi bolsa. Desde la cubierta irradia el sello de Tusquets Editores. Más adelante descubro una novela de José Saramago, que hasta donde tengo conocimiento no ha sido publicada aun por Arte y Literatura. Fíjense en este brevísimo guiño firmado por Eduardo Lourenço: Todos los nombres es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos. ¡Al fondo de la bolsa Alfaguara!

La recomendación para decidirme a comprar la trilogía Millennium me llega en la voz de Mario Vargas Llosa:

Acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Víctor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página “¿Y ahora qué, qué va a pasar?”

¿Qué nos está sucediendo? Las palabras de contracubierta, o las notas de solapa, o la sinopsis, o como quiera que se definan, son el prospecto adjunto del libro, y el lector necesita justificar su compra antes de deslizarse la mano en el bolsillo.

Los convenios poligráficos nos garantizan vistosas cubiertas, pero ¿qué o quién nos garantiza unas legibles palabras de contracubierta? Estoy consciente de que una vez más hurgo con la punta del dedo en la llaga, remuevo la costra para que fluya la sangre limpia, quizás no exista otra fórmula. Voy a decirlo en medio de un gran silencio:

Nos urge redactar notas de contracubierta que tomen al lector del gaznate, que lo hagan palidecer mientras pisa perplejo la trampa del libro, palabras que le suenen convincentes y sinceras, y que definitivamente lo catapulten a la fase tres: COMPRAR.