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6:32:39 p.m. 

Por Mercede Rodríguez García

En 2009 el presidente Obama declaraba su voluntad de buscar «un nuevo comienzo con Cuba». «Creo que podemos llevar la relación entre EEUU y Cuba en una nueva dirección», subrayó. «Estoy aquí para lanzar un nuevo capítulo de acercamiento que continuará durante mi mandato», concluyó. Fue durante V Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, dominada por el tema Cuba.  Leí e interioricé la noticia, y me alegré profundamente. Digamos que por entonces se me hizo más próximo el tercero de una trilogía de grandes deseos con relación a mi patria.

El primero comenzó a germinar —de manera inconsciente tal vez— en 1967 del pasado siglo, y se cumplió 30 años después; el segundo —acariciado desde mi infancia— se hizo realidad en enero de 1998. Y el tercero, que arraigó en agosto de 1994, me anunció certeza el 17 de diciembre de 2014.

Todos parecían lejanos y difíciles, pero no imposibles. Solo tendría que vivir lo suficiente —y aguantar firme— para verlos materializar, por muy chiflada  y librepensadora que me tildaran. Sí, antes de mi «despegue» definitivo al más allá, debían aparecer los restos del Che, un Papa venir a Cuba, y ver bajarse en el aeropuerto José Martí, a un presidente de los Estados Unidos. (Tenía otros deseos muy personales, pero ninguno con las implicaciones y significados de los descritos).

Para el número tres —que es el caso—  muchas cosas tendrían que suceder, la mayoría ajenas a la voluntad de mi país que, por más de medio siglo, se ha visto sometido a un impiadoso aislamiento por parte de la nación del presidente que el 21 de marzo próximo pisará la tierra «más fermosa que ojos hayan visto», como la describiera en su bitácora el genovés Cristóbal Colón, sin imaginarse la trascendencia y perdurabilidad de sus palabras, anotadas el domingo 28 de octubre de1492; y mucho menos, que pasados 18 años un cacique quisqueyano llamado Hatuey se levantaría y resistiría hasta la hoguera los desafueros del conquistador don Diego Velázquez.

Esa es la génesis, el ADN presente en los cromosomas cubanos, derramados y yacentes en la sangre mezclada y rebelde de todos los cubanos. No importa donde estén, ni por qué. A todos, por mucho que traten de ocultarlo, el  orgullo les brota por los poros, o por los ojos, que hablan por el alma cuando la boca blasfema. Aunque los hay con demasiada rabia y odio todavía aposentados en sus corazones.

Barack Obama será el primer presidente estadounidense en visitar Cuba desde que lo hiciera Calvin Coolidge en 1928, con Gerardo Machado en el poder. Pero Coolidge viajó a Cuba en un barco de guerra de EE.UU., por lo que esta será una visita de una clase muy diferente, tanto como lo fueron las de los sumos pontífices Juan Pablo II (enero de 1998), Benedicto XVI (marzo de 2012) y Francisco (septiembre de 2015). En Cuba apenas el 5 % de la población —de casi 12 millones de habitantes— se declaran católicos, y fueron cientos de miles los que acudieron a recibirles y a escuchar humildemente sus palabras.

Existen hitos, puntos neurálgicos que en el devenir de cualquier nación resultan imprescindibles para comprender o acertar las dificultades, incluso, que obligan a variar los medios para la consecución de un objetivo. Y Cuba los tiene, y Estados Unidos, los tiene, implícitos o explícitos en mensajes y conversaciones cursadas por diferentes vías, sin que pasen desapercibidos para hackers ni para quienes, en la contemporaneidad mediática, tratamos de percibir el futuro en el trasfondo de las noticias, que nos informan —o desinforman— a la velocidad de la luz.

Ya todo el mundo lo sabe. A lo largo de muchos meses, se establecieron negociaciones secretas —recepcionadas por el gobierno de Canadá y apoyadas por el papa Francisco y el Vaticano—, para que el 17 de diciembre de 2014, el presidente Obama anunciara ─junto con el presidente cubano Raúl Castro─ que Estados Unidos y Cuba iniciarían un nuevo capítulo y darían pasos para normalizar sus relaciones.

La Casa Blanca presionó a Juan Pablo II de varias formas para que no viniese a Cuba. Y si lo hacía, que condenase al régimen revolucionario. Wojtyla vino y permaneció en la isla cinco días.  Fidel rompió el protocolo y asistió todas las noches a la nunciatura, donde estaba hospedado el pontífice. Allí mantuvieron largas conversaciones. Con Benedicto XVI Raúl, tuvo la suerte de que el viento y la lluvia impidieran que el avión papal despegara a la hora prevista, gracias a lo cual fue posible una extensa plática entre ambos. Recién —tras siglos de desencuentros y un largo proceso de diálogos—  acaban de cruzar sus caminos en el aeropuerto internacional José Martí, su Santidad Kirill, Patriarca de Moscú y de toda Rusia, y el Papa Francisco. Cuba sirvió de puente antes de seguir sus respectivas giras por Latinoamérica.

De algún modo podía presagiarse lo cerca —más temprano que tarde—, de esa normalización a la que Cuba nunca se ha opuesto, y que alcanzará plenitud cuando se extinga el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Washington desde hace más de cinco décadas. Cuba pide también que se le devuelva el territorio que ocupa la base naval estadounidense en Guantánamo, que cesen las transmisiones ilegales de radio y televisión, así como los planes subversivos contra la mayor de las Antillas.

A mi juicio, ello llevará como mínimo un par de años más, y por supuesto, serán otras dos de mis grandes esperanzas por materializarse en medio de una vejez próspera y sostenible. Y si no alcanzara a disfrutarlas, al menos sí las disfruten las nuevas y futuras generaciones de compatriotas, en quienes la Revolución ha cifrado su futuro. Me impulsa cierta dosis de optimismo y confianza, no exenta de una prudente cota de realismo por lo que representa un proceso electoral en Estados Unidos, que no sabemos a dónde va a parar cuando otro ocupe la silla en la que ahora se sienta Barack Obama.

En lo adelante —y pase lo que pase— nos tocará a los cubanos asumir y transformar con cerebro, manos y brazos propios, —y como dice la canción: con alma, corazón y vida— nuestra ya menos lánguida economía nacional, subyacente en un mercado interno perturbado, y una sociedad donde se ha perdido el hábito de sudar el pan de cada día, y por algunas esquinas asoman cabezas de lobos, que todos saben lo ágil y astuto de su comportamiento.

«El proceso de las reformas ha sido lento y ha habido reveses. Pero en conjunto, estos cambios demuestran que Cuba se está preparando para una era postembargo», escribió Fidel el 13 de octubre de 2014, en respuesta a un artículo del día anterior publicado en la edición dominical en Internet del The New York Times, con opiniones sobre lo que debía seguir nuestro país donde una serie de reformas «han hecho que sea políticamente viable reanudar relaciones diplomáticas y acabar con un embargo insensato».

Obama vendrá a Cuba y hará que se enfoque más el telescopio mundial sobre este pedacito de tierra cenital por su geografía, glorias y memorias. Es su gran oportunidad para aproximarse en directo a nuestra realidad.

Mi Patria vale mis sueños. No siempre los sueños, sueños son. Los míos no lo fueron. Parecían lejanos y difíciles. Y aunque otros no pudieran imaginárselo, los restos del Che se alzan paradigma de amor y de heroísmo. Desde mi ciudad epicentro, ajetrean, no descansan. Y no ya uno, sino tres pontífices dieron sus bendiciones a la isla en una sabia reconciliación de fe y patriotismo. Ahora, en medio de una centuria confusa y convulsa a escala planetaria, llegará Obama. Podré verlo, por primera vez, sentado de «igual a igual», sin pueriles fascinaciones ni juveniles deslumbramientos.

Respetuosamente, pero con la herida de La Coubre todavía despierta, con la afrenta de los marines yanquis a la estatua del apóstol José Martí, todavía viva; con Maceo en Baraguá más titánico que nunca; con el Martí y el Gómez del Montecristi vigentes. Y junto a mí, todos hijos de la tierra «más fermosa que ojos hayan visto». A los que, como Hatuey, no podrán someter. ¡Jamás!