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Nació a inicios de los años 70 del pasado siglo, en un barrio popular de La Habana Vieja. La pasión de su madre por la música —y probablemente los sonidos de la ciudad— lo llevaron tempranamente a una escuela donde lo enseñaron a descifrar partituras. 

Descemer Bueno, ha alcanzado el respeto que se merece como músico en Cuba —profeta en su tierra con 41 años—, aunque ya era Bueno antes. Y no solo por su apellido, que lo dice todo, sino porque, hoy por hoy, constituye una referencia como compositor e instrumentista aferrado a la vigorosa sonoridad de su bajo. 

A continuación la entrevista que concedió a Cuba Contemporánea: 

—¿Qué rasgos caracterizan la llamada música cubana contemporánea y en qué medida se inserta en ese contexto tu producción? 

—La música cubana contemporánea es lo que podemos brindar a partir de todo un periplo de conocimientos, de muchas influencias que vienen desde lo primero que empezamos a escuchar cuando estábamos en el conservatorio. La música cubana es una de las que más se ha abierto a las influencias del mundo, y cuando me refiero a la actual hablo de esa mezcla con los argentinos, el Caribe, Jamaica con el reggae, la música dominicana... Elementos de otros países que nuestra música arropa y acepta muy bien. 

—En toda esa mezcla, ¿qué es para ti lo cubano? 

—Somos nosotros, los que la hacemos. Es Kelvis Ochoa, es David Torrens... Y te menciono estos nombres porque a través de los artistas se empieza a hablar de una música cubana diferente. Si buscas una música cubana cuya historia termina en 1959, bueno…, pero desde entonces hemos evolucionado mucho. 

«Si fuera por la música como tal, estaríamos tratando de resolver un sello que se ha defendido por más de un siglo y, realmente, no tiene mucho sentido para mí y creo que tampoco para otros artistas como yo, defender algo que ha estado pasando durante mucho tiempo. Un ejemplo puede ser Buenavista Social Club, que respeto mucho, y cuyo gran momento debió llegar mucho antes, porque incluso nos permite a nosotros respirar un poco el ambiente del éxito. Tuvieron que envejecer para que sucediera. Siempre he querido violentar el proceso, que no tengamos que envejecer para subirnos a los escenarios del mundo». 

—Tu vida ha sido, de algún modo, un peregrinaje. ¿Qué te han aportado y qué has dado tú a otros sitios donde estuviste? 

—Cuando me fui en el año 2000 a los Estados Unidos nunca pensé que iba a vivir 14 años allá. Estuve por primera vez en 1997 para impartir unas clases en la Universidad de Stanford, donde compartimos con muchas personas interesantes. Creo que ocurrían cosas en aquella época que ya no suceden. Tuve la oportunidad de encontrarme con importantes jazzistas norteamericanos. Allí me di cuenta de algo que había escuchado antes: el gran nivel de nuestra música. Cuando llegas a un lugar así, la gente te empieza a mirar como si fueras un marciano. 

«Por allá se encontraba Xiomara Laugart, y regresé a ese país para hacerle un repertorio. Entonces surgió Yerba Buena. Llegamos a vender como 250 mil copias; poco para los Estados Unidos, donde se vendía y todavía se vende mucha música, pero visto desde 2013 no está nada mal». 

—Tuviste éxito. Aquí llegaron los ecos. 

—Pasaron muchas cosas importantes, como el comercial de la Pepsi Cola del año 2002, para la televisión nacional de los Estados Unidos. Y muchas películas de Hollywood que empezaron a venir a través de eso. Entonces me di cuenta de que tenía que permanecer ahí, porque, sobre todo la ciudad de Nueva York, es la meca, y en aquel momento todavía más. Al final todo está escrito, y es el destino el que te escoge. Me escogió el destino de ver cómo se caían las Torres, cómo cambiaba una ciudad de lo claro a lo oscuro. Ver cómo la música, todo, de repente se para. Y verla llena de militares, camiones por ahí y un olor bien extraño. Abandonar Nueva York fue una de las decisiones más grandes que he tomado. 

«En 2002, 2003, empecé a sentir una necesidad muy grande de conectarme con Cuba de nuevo, porque nunca ha habido una justificación para estar lejos. Le decía a la gente de Yerba Buena que me quería ir. 

«Ahora estoy haciendo una canción con Gente de Zona, con Desiguales, pensando más en educar a un público. No puedes hacerlo hablando mal del reguetón, porque no te llevará a ninguna parte». 

—Sigue siendo bastante raro el proceso inverso, como si no fuera muy lógico regresar… 

—En aquella época pasaban cosas raras. Una vez me llamaron de Radio Taíno para hacerme una entrevista por teléfono. Y me dije: están pasando cosas… Llevaba fuera cerca de dos años, no tenía la residencia norteamericana, que me dieron en 2008. Entonces inventaba razones para viajar, historias… Tenía que estar cuatro horas en cualquier aeropuerto de los Estados Unidos cada vez que regresaba. 

«Hubo instituciones en Cuba, como la Casa de las Américas, a las que les interesaba lo que estaba haciendo. Ya tenía el disco con Fernando Álvarez, y se daba ese pasa-pasa de discos. Algo que les había sucedido antes a Silvio y a Pablo, me empezó a ocurrir a mí con un disco que tuvo su edición aquí después». 

—Pero ya estaba circulando. 

—Sí, ya estaba circulando. Intentaba hacer un poco de música bailable y tenía un público que me decía: “A nosotros no nos gusta eso, queremos que cantes los boleros”. Y canté muchos boleros, me fui conectando con gente que me seguía. Sentí que se comenzaron a romper barreras. Violenté muchos procesos para intentar que no se me negara tocar y compartir mi música con mi público. 

—Si tuvieras que localizar geográficamente un espacio o espacios puntuales donde tiene lugar lo mejor de la música cubana, más allá de Cuba, ¿cuál o cuáles serían? 

—En la ciudad de Nueva York, que es muy difícil, sigue habiendo excelentes músicos cubanos haciendo cosas sorprendentes. Hay músicos impresionantes defendiendo lo nuestro. No sé qué está pasando en Europa, pero sigue habiendo creadores importantes en Madrid, España. 

—¿Y en Cuba? 

—Ahora mismo, La Habana es la capital musical del mundo a nivel de música cubana. Si la música fuera un cuerpo, algo físico, se sentiría muy feliz. Se le está empezando a dar importancia a mucha gente. Voy bastante a la radio en Cuba y me entero de que había cosas que no se podían poner, y ya ese veto se levantó. Las personas que están dirigiendo la cultura cubana lo están haciendo muy bien. Y que la gente pueda venir de cualquier parte del mundo a tocar me parece muy significativo. El hecho de que se pueda hablar de muchas cosas en las canciones también ha refrescado la atmósfera. Es muy bueno que la gente empiece a regresar. 

—¿Descemer versus reguetón? 

—La juventud estaba muy metida en el reguetón, hasta un punto que llegó a molestarme. Luego me di cuenta de que al reguetón no había quien lo parara. Y no solamente eso: los cubanos lo estaban haciendo mejor que los puertorriqueños, lograron una fusión magnífica. Cuando hice el disco Bueno, nunca esperé que compitiera con el reguetón, porque hace unos años era impensable. Alguna gente pensó que había aprovechado la colaboración con Baby Lores. El concepto está mal llevado, porque no se trataba de usar. Las cosas se fueron dando de ese modo. 

—Por otra parte, las colaboraciones son bastante típicas de tu carrera, ¿no? 

—Sí, sí. Al principio, por ejemplo, cuando empecé a cantar las canciones que componía para Enrique Iglesias, al primero que le daba un poco de pena era a mí, porque se salían del margen de mi gusto personal, pero me di cuenta de que ese gusto estaba también en mi mente. Se trata, sencillamente, de distintos estados de ánimo, y hay una canción que puede llegar a millones y millones de personas, y otras que no. El público me ha dado respuestas de eso que yo manejo de una manera un poco inconsciente. Cantan Tus luces sobre mí, pero también Cuando me enamoro o Lloro por ti. 

—Algunos ni siquiera saben que son tuyas. 

—Sí. Mucha gente me criticó, se movió un poco el público. Ahora estoy haciendo una canción con Gente de Zona, con Desiguales, pensando más en educar a un público. No puedes hacerlo hablando mal del reguetón, porque no te llevará a ninguna parte. Vas a terminar odiado por la mayoría, que es la que lo consume. Al final son grandes músicos, grandes personas, gente linda, con la que la pasas de maravilla. Cuba siempre fue de músicos populares. Benny no fue a la escuela, Celeste no fue a la escuela, Celia tampoco… 

—Pero tú no eres un músico de la calle... 

—Estudiaba guitarra en la escuela. Mi mamá hizo dos carreras: Arquitectura y Geografía, e iba a la escuela Amadeo Roldán porque estaba en el coro. En una época empezaron a insertar gente que tenía muy buenas condiciones, y en eso mi mamá estuvo allí, y parece que fui un poco el conejillo de Indias para canalizar el deseo que ella tenía de, si volvía a nacer, estudiar música. Era muy duro, porque crecí en un barrio donde ahora son “damos y caballeros”, pero antes podía pararme en el balcón de mi casa y ver dos broncas distintas sucediendo en el mismo momento… 

—¿En qué barrio? 

—Belén. Y de pequeño recuerdo cosas que… Ahora tengo 41 años. La gente se quita la edad pero yo digo que si no tuviera 41 años, me hubiera perdido una cantidad de cosas... Me acuerdo de ver entrar las comparsas del barrio Jesús María a Belén con cuchillos en la mano, y salir gente con machetes y fajarse por aquí, y salir gente por allí, y gente por allá. Yo, mirando y diciendo: “Pero esto qué cosa es, Dios mío”. 

«En el medio de aquello tenía que estudiar guitarra frente a un espejo y ver cómo todos los niños estaban jugando. Yo lloraba. Tengo esa imagen de verme llorando en un espejo tocando la guitarra. Hay que ser duro, hay que estar bien fuerte para no dejarte mover de allí». 

—¿Cuántas horas de práctica? 

—Llegaron a ser cuatro horas diarias, pero si no las hacías, no competías, los muchachos te pasaban por delante, y además, fuera de la escuela de música había que estudiar matemáticas y todo lo demás. 

«Una parte de mí se dio cuenta de que no tenía mucho que ver con la música clásica. Cuando entré al conservatorio Amadeo Roldán iba a comerme el mundo. Venía de la escuela Manuel Saumell. Si hay alguna mejor en el mundo, me gustaría verla. Llegué al Roldán y me encontré con que eran unos locos, unos “barcos”, nadie estudiaba nada, todo el mundo iba a su rollo. Y empecé a convertirme en uno de aquellos muchachos que no estudiaban la guitarra, que sacaban bajas notas. Pero era por algo bien positivo. En los pasillos lo que se escuchaba era jazz, todo el mundo tocaba otra cosa, y sentí que aquello me gustaba. Música popular». 

—No se veía muy bien este tipo de inclinación en un estudiante de música clásica, ¿no? 

—La profesora Marta Cuervo, a quien quiero mucho, cogía tremenda lucha conmigo y me recomendaba irme para la ENIA (Escuela Nacional de Instructores de Arte, ya desaparecida), “donde hacen música popular”. Fue dura conmigo, pero me gradué. Saqué 85 puntos en guitarra, una nota muy mala, pero hice cosas muy importantes. Me gradué con un tema de mi autoría, una guajira. Algunos profesores me apoyaron y otros no. Llamé, para acompañarme al piano, a Ramoncito Valle, el de las trencitas, ¿te acuerdas? Era muy conocido porque daba conciertos en todas partes. Estaba en la televisión. 

«En aquellos tiempos yo iba a ser el bajista de Santiago Feliú, que me volvía loco, y para mí era más importante eso que graduarme. Me iba a los ensayos, tocaba el bajo con Santiago, me ponía uñas plásticas y empezaba a estudiar para mi concierto de graduación. Hoy pienso que hice lo correcto. Todo estaba escrito. Santiago es uno de mis grandes amigos, uno de los tipos que más me han influenciado. Si no hubiera pasado por allí, nunca me hubiera interesado escribir canciones. 

«Escribir canciones es como desangrarse y volver a nacer. Cuando haces la primera, la segunda, todo es tan malo, y tú dices: “¡Qué malo soy!” Empiezas a perfeccionarte, y un día, ya está. Vuelves a nacer. Es muy bonito». 

—¿Cuándo te das cuenta de que una canción está en la cuerda que andas buscando? ¿Hay algún momento o te lo confirma luego el público? 

—Cuando empecé hubo momentos en que no hacía la letra. Comencé a componer muchas cosas a través de las posibilidades que me daba la guitarra, y hubo algunas tan difíciles de tocar que nunca las escribí. Perdí un repertorio muy grande que compuse para guitarra clásica. Después, cuando me metí en el jazz, hubo mucho repertorio que sí está grabado, registros viejos del grupo Estado de Ánimo, de los experimentos que hacíamos con la música. 

«El otro día le compré el CD Bueno a un señor de esos que venden discos en la calle, y tenía otras cosas que yo me pregunto de dónde las habrá sacado. Grabaciones piratas de hace más de 20 años. Me quedé impresionado. Pensé que no me convenía que eso saliera a la luz, porque es muy diferente a como hago las cosas ahora y qué va a pensar la gente... Pero si en algún lugar el público tiene cultura para asimilar todo eso, es en Cuba, y me alegra constatarlo». 

—¿Sientes que has alcanzado un punto importante de tu carrera con el disco Bueno? 

—Constantemente quieren saber qué viene ahora. Hace poco, en Dominicana, me preguntaron en la radio, y dije algo de lo que me arrepentí luego: que me gustaría ser el Juan Luis Guerra cubano. Si bien es cierto que siempre me ha gustado, nunca hubo un disco suyo en mi casa. Tuve de Silvio y de Pablo, y antes oía a Juan Gabriel y a Bob Marley, que era lo que entraba por la ventana. Tenía unos primos que no dormían y ponían a Bob Marley toda la madrugada; estabas durmiendo y soñabas con Marley. Entonces yo decía: “Este Bob Marley me gusta”. Llegaron Silvio y Pablo, y luego seguí con Serrat y otros cantautores españoles y argentinos. Después la música brasileña. Ya me perdí… 

—Me debes varias respuestas. Por fin, ¿cuándo sientes que algo te quedó bien? 

—Lo experimenté con aquel repertorio un poco clásico, de música contemporánea y cosas bien guitarrísticas. Sentí como un éxtasis, bien bonito. 

—¿No hay un elemento que puedas describir, algo tuyo que te guste por un detalle en particular? 

—Me gustó mucho la música instrumental. Pero algo en mí quería pararse en un escenario y cantar para más gente, no quedarme como un bajista de jazz. Ya después, con las canciones, empiezo también a sentirme feliz. 

—¿Por qué el bolero? Hubo una resurrección de los viejos boleros, pero tú los hiciste nuevos. 

—Eso fue lo que me vino a la mente, me dije que no había por qué cantar los mismos. Hubo una época en que compuse canciones en lengua yorubá, porque decía: “Ahora que se cantan canciones a los santos, ¿tienen que ser las mismas?” ¿Te imaginas si no hubiera ocurrido el boom de lo que llamaban la timba? Se hubiera seguido cantando la misma música tradicional. Como mismo Van Van hace una música bailable nueva, se puede hacer un bolero nuevo. Lo que envuelve al bolero es muy sencillo. Al final, es una canción. Estás escuchando una canción lenta, con una tremenda carga emocional. El bolero es un recipiente perfecto para verter en él cualquier tipo de emociones. 

—¿No te preocupa estar compartiendo emociones demasiado íntimas? 

—Es verdad, pero esas cosas enseñan a la gente. Ayer estaba con un señor y me dijo: “Oye, la canción de Siete días me da una sensación extrañísima, porque me parece que me la hiciste a mí y a mi esposa”. Mientras lo oía, yo trataba de buscar algo en la canción que se pudiera reducir a la historia de una pareja y no lo encontré rápidamente. Pero es verdad lo que tú dices. Con los boleros me pasó eso. Nunca los hice pensando que te estaba hablando a ti. Era más bien una necesidad. 

«El primer bolero que compuse fue para una película mexicana del año 1996, que se llamaba Violeta. Tenía en mi casa discos de Fernando Álvarez, el conjunto de Roberto Faz... Cuando me hablaron de hacer la música para la película pensé que tendría que llamarse Violeta, tener determinadas características y un peso emocional muy fuerte. “Déjame ver dónde está ese señor Fernando Álvarez, si está vivo, si todavía sigue cantando, porque me gustaría que cantara esa canción”, me dije. A la gente le gustó mucho la voz de Fernando. Vinieron otros que querían un disco entero con él. Entonces compuse Sé feliz, que tenía otra luz. Me di cuenta de que se podían hacer boleros con otro tipo de acordes. 

«Hay un disco que hice con varias gentes cantando boleros, en el que están Gema (Corredera), Xiomara, Anaís Abreu, Manolo del Valle y otros que ya empezaban a darle a mi carrera un matiz diferente. 

«Con Estado de Ánimo había una época tan linda... Nos subíamos a tocar dondequiera, o en los jardines del ISA. Los músicos con los que toco hoy eran niños entonces. No sé si hay un puente que une a mi generación con el nivel musical que tiene ésta, pero en parte nos debe mucho a nosotros, porque esos eran los muchachitos que iban a los conciertos de Estado de Ánimo. Ruy Adrián López-Nussa era un niño, igual que su hermano Harold. Ahora el nivel ha subido considerablemente, y creo que nosotros, como Gonzalo Rubalcaba y mucha otra gente, somos en parte responsables de ese nivel que no existe en ninguna otra parte del mundo. No sé si se lo achacarán a la crisis, pero aquí siempre hemos vivido con lo justo y no ha afectado nuestro nivel musical». 

—¿Cuál es el lugar de la música en el mundo? 

—Ha sido tan subvalorada, que muchas personas se han sentido por encima de los músicos. Mi mensaje viene a ser que la música es tanto o más importante que el deporte, que la política. 

«Soy sacerdote de Ifá, y veo que hay órdenes que hablan de la transmisión de sonidos como lo primero. Me encanta la cultura oriental, y los grandes maestros del yoga hablan del Om como la transmisión del sonido, que es lo más elemental, lo primero. 

«Estemos donde estemos debemos defender lo mismo: la música es intocable. Convirtiéndome en un defensor de la música por los años que me quedan, seré un cubano más auténtico, mejor persona, enseñaré mucho a mis hijos, que han nacido en los Estados Unidos pero son cubanos. No son cubanoamericanos: hablan español y no van a tener problemas con la clave cubana. No tienen ningún tipo de desarraigo». 

—¿Descemer? 

—Son las sílabas de Mercedes al revés, y lo bonito es que hay varios Descemer ahora. Niños que se llaman Descemer… Y yo digo: “Caballero, no le pongan ese nombre al chiquito que van…”. 

—¿Tu nombre te hizo sufrir? 

—Sufrí. Ya no, pero sufrí mucho, porque era el tipo de los nombretes. Una colombiana me auguró que con ese nombre no llegaría a ninguna parte. Omara Portuondo dijo una vez: “...el que se llama deséame bueno” (risas).