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El 11 de septiembre de 1973 el Presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, y el general chileno Augusto Pinochet consumaron en Chile el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende. Pero el golpe había empezado mucho antes. Casi desde que el ilustre médico se convirtió por cuarta vez en candidato presidencial de la izquierda chilena.

Por aquel entonces cobraron celebridad los “cacerolazos”. Estos eran marchas y concentraciones públicas para protestar contra el gobierno por el artificial desabasto de alimentos y productos de primera necesidad, orquestado por el empresariado chileno y la tenebrosa Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos. 

La misma estrategia pusieron nuevamente en marcha Washington y la derecha criolla para derrocar al gobierno del presidente Hugo Chávez desde su ascensión al poder y hasta su muerte. Y la historia se ha repetido, hasta ahora sin éxito, contra Nicolás Maduro. 

Tampoco están teniendo éxito los esfuerzos de Washington y de la derecha brasileña encaminados a derrocar a la presidenta Dilma Rousseff. Y hasta el momento también han fracasado los intentos desestabilizadores, insurreccionales y golpistas contra Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Cristina Fernández en Argentina. 

Tanto en el caso de Allende como en los de Maduro, Correa, Morales y Fernández es notoria una causa común: la insumisión de esos gobiernos a los deseos, intereses y dictados de Estados Unidos. De modo que puede decirse con absoluto convencimiento que esas insumisiones llevan implícito el riesgo de un derrocamiento orquestado por Washington en alianza con los sectores más derechistas de esas cinco naciones. 

El asunto, desde luego, es completamente distinto en aquellos países de la misma Sudamérica que han decidido someterse a los dictados e intereses del imperio: Chile, Perú, Colombia y Paraguay. Y habría que agregar, pero en Norteamérica, a México, y en Centroamérica a Guatemala, Honduras y Costa Rica, sin descontar, desde luego, a Panamá, que si políticamente no es parte de América Central, sí lo es desde el punto de vista geográfico. 

Este, pero exacerbado, ha sido el caso de Cuba durante los últimos cincuenta años. La insumisión cubana a los dictados de Washington fue respondida con guerra económica, guerra bacteriológica, incursiones armadas, propaganda negra, terrorismo e incontables intentos de asesinato de Fidel Castro. 

Versiones más o menos semejantes de estos llamados golpes blandos también se han visto en Europa, Asia y África. Allá han sido nombrados “revoluciones de colores”: en Yugoslavia en el año 2000, Georgia (patria de Stalin) en 2003, Ucrania en 2004, Kirguistán en 2005, Líbano, también en 2005, y en Túnez en 2010. 

Como en el caso de Chile en 1973, estas “revoluciones de colores” con clara marca estadounidense, resultaron triunfadoras. Pero otras no cuajaron: Bielorrusia, Birmania, Irán, Egipto, Moldavia y Panamá. 

La lección es diáfana: los esfuerzos desestabilizadores con fines de ulterior derrocamiento de gobiernos insumisos no necesariamente resultan exitosos. Pero hacerlos abortar requiere claridad sobre su verdadero y determinante origen. Una vez teniendo claro que a esos movimientos aparentemente populares y democráticos los guía el largo brazo de Estados Unidos, es más fácil derrotarlos. 

Por ello hay que denunciar su origen extranjero, espurio y manipulado. Así lo ha hecho Cuba desde 1959. Y evidencias, documentos y probanzas no le han faltado. Así también están procediendo Rafael Correa, Maduro, Dilma, Evo y Cristina. Y Salvador Sánchez Cerén en el Salvador y Daniel Ortega en Nicaragua. 

El segundo paso, desde luego, es la movilización popular contra los intentos desestabilizadores y finalmente golpistas. Contra las movilizaciones, aparatosas pero realmente escuálidas de la derecha autóctona, las movilizaciones de las clases populares. 

(Fuente: teleSURtv.net)